En los últimos días se ha planteado con acierto la necesidad de dotar al Portillo de un equipamiento capaz de dar sentido a su futuro. Pero casi al mismo tiempo, Zaragoza ha asistido a una decisión que no puede pasar desapercibida: la denegación de la protección del edificio de Correos. No es la primera vez que ocurre algo así. Y quizá por eso la preocupación ya no es solo por un edificio, sino por algo más profundo: la forma en que estamos tomando decisiones sobre nuestra ciudad. Porque conviene decirlo con claridad: no estamos ante un debate estético. Estamos ante …






















