La Segunda República no fue un estado socialista, no vino como consecuencia de una revolución, aunque sí que la provocó. Lo hizo porque tocó la propiedad de la tierra. Ello desencadenó una respuesta violenta por parte de los propietarios contra el conjunto de las clases populares españolas. Abrió la caja de Pandora, hizo estallar la lucha de clases en su versión más nítida. Se tocó el sector del capital que nucleaba -que organiza y dirige políticamente- a la clase dominante. Quizá no fuera el más productivo, ni el más rentable, ni moderno. Pero políticamente era el que mejor representaba la opresión del capital sobre el trabajo. Lo que fue el rentismo agrario nacional hoy es el parasitismo sobre la vivienda de los fondos internacionales.
Los fascistas de ayer serán los fascistas de hoy. Si ayer el escuadrismo reprimía huelgas y ocupaciones de tierra, el de hoy expulsa a las capas más precarias de la clase trabajadora de sus casas. En el capitalismo decadente occidental, en un contexto donde el movimiento obrero ya no es capaz de presentar batalla franca y abierta, la especulación sobre los bienes esenciales -las casas principalmente- es el principal mercado de rentabilidad. Demanda permanente, no fluctúa, porque las personas no quieren dormir en la calle.
Frente a ello, el Gobierno apela a la solidaridad de los caseros. Esto es un insulto a la inteligencia y al más sencillo análisis objetivo de la realidad. Es creer en que el problema de la vivienda es una cuestión de ética individual, en el mejor de los casos. En el malo, mentir directamente. Y en el peor, lanzar bombas de humo para ocultar que las tibias medidas que establecen buscan prioritariamente asegurar los beneficios de los rentistas. Queremos certezas, no trolas ni discursos ilusionistas vacíos. Aunque estas certezas sean duras de asumir.
Porque si se toca la estructura de la propiedad se toca el sector que nuclea la clase dominante occidental -en la que están insertos los apellidos compuestos de siempre, esos que se sublevaron en armas contra la Segunda República-. Una oligarquía que está protegida por el mayor y más asesino ejército del mundo, por la más desarrollada -con respeto a los científicos de la RP China- y la más inhumana tecnología. Por el Imperio, por el emperador naranja. Las ruinas de Gaza tienen que ver con nuestro alquiler más de lo que parece.
No hay gobierno catalogable de progresista, no hay oportunidad alguna de cambio social a mejor si no se altera la propiedad de la vivienda. No hay, ni habrá agudización del conflicto social con potencial transformador. Cualquier actor político que aspire a representar el sentir de la clase obrera que, por acción u omisión, no denuncie esta cuestión urgentemente está condenado al fracaso o a reducirse a una expresión cada vez menor de las cada vez más exiguas clases medias definidas por un buen salario y patrimonio inmobiliario.
Después de seis años del “Gobierno más progresista de la historia” la deslegitimación de las instituciones, la desesperanza hacia las estructuras partidarias cuyo único objetivo es la representación institucional es difícil de sondear. Se estrechan los márgenes del camino y hacer lo que se puede ya no es suficiente. Las medidas “progresistas” se quedan en agua de borrajas ante una burocracia estatal ineficiente y voluntariamente enrevesada, una realidad dominada por el pensamiento único neoliberal y una inflación omnipresente. Esta desazón ha calado en lo más hondo de una nueva clase trabajadora a la que se le están negando las conquistas obreras del pasado siglo. Sin casa, con la sanidad pública en liquidación y la absoluta resignación a un futuro sin pensiones dignas. Condenados a la lucha permanente por la supervivencia vital y psicológica. Sin horizonte, hijos de la huida hacia adelante y adictos a los ansiolíticos.
Ante esta coyuntura solo hay dos caminos. El escapismo individualista que lleva a la construcción de sociedades enfermas -si a ese conjunto atomizado de individuos egocéntricos y egoístas se le puede llamar sociedad- como vemos al otro lado del Atlántico norte, o la organización colectiva.
Quizá está última no lleve mecánicamente a la victoria y seguro que tiene un coste personal, físico y material para los y las que planten cara. Pero desde el más sereno, crudo y frío análisis: no hay otra opción.
“Exageraciones…”, pensarán quienes afrontan el futuro con la seguridad que da tener las escrituras a buen recaudo. Y desde el malmenorismo devastador volverán a gritar “¡Que viene el lobo!”.
Pero es en los momentos difíciles cuando se encuentran a los verdaderos amigos.

