De cruces y cimas

Dado que la desaparición de la cruz del Aneto ha entrado en la esfera del vodevil mediático-social, sin animo de polemizar, queremos compartir siquiera dos ideas. Una relacionada con lo que supone la espectacularización constante, se trate de lo que se trate y otra el uso/abuso de los símbolos religiosos fuera de sus espacios de referencia. Vaya por delante que los librepensadores de este blog desaconsejan la violencia para retirar cualquier elemento que ya forme parte del paisaje, sean las clavijas de Cotatuero de 1881 o la cruz del Aneto de 1951. Bien es verdad que hubiera sido mucho más inteligente que …

Dado que la desaparición de la cruz del Aneto ha entrado en la esfera del vodevil mediático-social, sin animo de polemizar, queremos compartir siquiera dos ideas. Una relacionada con lo que supone la espectacularización constante, se trate de lo que se trate y otra el uso/abuso de los símbolos religiosos fuera de sus espacios de referencia.

Vaya por delante que los librepensadores de este blog desaconsejan la violencia para retirar cualquier elemento que ya forme parte del paisaje, sean las clavijas de Cotatuero de 1881 o la cruz del Aneto de 1951. Bien es verdad que hubiera sido mucho más inteligente que esos espacios nunca hubieran sido violentados con la imposición de unas representaciones ajenas al medio, sean cruces, corazones de Jesús, vírgenes o santos patrones. Las montañas, como elementos de conexión entre la tierra y el cielo, son espacios sagrados per se y la sensatez aconsejaría dejarlos inalterados para que cada quien viva su experiencia en esas cimas desde su propio corazón sin colonización anímica alguna. Pero esto parece mucho pedir, venimos de una sociedad nacional-católica y eso deja un poso que cuesta disolver cuando no se convierte en un falso elemento identitario.

Hay un dialogo antiguo, ambiguo y a menudo perverso, a vueltas con el respeto a las tradiciones. Una especie de bipolaridad entre "siempre ha sido así" y el razonable acomodo a los tiempos que nos traspasan en oleadas sin pausa. De esta forma falaz se considera obligatoria la aceptación de una serie de prácticas que, cuando menos, deberían ser cuestionables. Para eso la historia siempre es buena consejera y ayuda a dimensionar las cosas.

En demasiado aspectos de la vida la religión católica se ha erigido árbitro y símbolo por encima de cualquier otro valor de la convivencia humana y durante años, siglos más bien, ha impuesto su presencia como parte inseparable y rectora de la colectividad. De una u otra forma, el tiempo sigue teniendo la marca de la religión, en nuestro caso de un catolicismo que tiene de más nacionalismo que de espiritualidad. Las fiestas patronales definen el calendario y a pesar de las oscilaciones de lo que debería ser un estado laico (que apenas alcanza la aconfesionalidad) colectan en el cepillo de la Iglesia los tiempos, los modos y las modas de todos, creyentes o no.

Para el librepensamiento, el espectáculo de alcaldes y concejales en procesiones patronales dirigidas por la autoridad católica hace tiempo deberían ser  parte de la historia, pero no es así y nada parece augurar que vaya a serlo. Por lo visto, la repetición de un acto crea jurisprudencia social y esa visión pacata de la "tradición" encorseta comportamientos, explica la invasión de símbolos religiosos de las montañas y justifica una especie de santa ira y espíritu de restitución cuando estos símbolos son atacados.

Con su aquiescencia civil en la vida religiosa están naturalizando que los símbolos de la fe de una parte de la sociedad sigan colonizando la geografía física y anímica; el espacio de todos. Algo que podría entenderse en una España clerical e ignorante que la profundización en una sociedad plural debería haber desterrado.

No obstante y como contrapunto a toda la algarabía que la desaparición de la cruz del Aneto ha suscitado, convendría saber que estos alardes de indignación no lo fueron en otro tiempo. Un tiempo, curiosamente, mucho más marcado por esa religiosidad forzada.

La imagen recoge el testimonio de un día de escalada en el Mallo Firé de Riglos del año 1972. La cruz que aparece, según rezaba una grabación pirograbada, fue instalada en 1962 por escaladores del Frente de Juventudes.

Pocos años después esta cruz fue despeñada mallo abajo y nadie hizo un comentario más allá de los que se pudieran hacer en "La Mónica" de Riglos o en el Vodka de Zaragoza. A tal punto que encontrar referencia de su existencia es prácticamente imposible en estos tiempos con más inteligencia artificial que natural y a nadie parece importarle este pasado cruzado de esta joya de la naturaleza y paraíso del montañismo. Los Mallos son sagrados y no necesitan más bendición que la del viento, el relente, el sol y la fe de quienes se buscan en sus paredes. Sin embargo ahora que el espectáculo lo llena todo y lo banal se convierte en sustancial, no nos vamos a poder zafar de noticias y comentarios.

Puede que tal vez hiciera falta una profesión de fe por ambas partes. Los partidarios de la eliminación de símbolos artificiales en la naturaleza pudieran conformarse con una interpretación antropológica del espacio con sus añadidos y los partidarios de llenarlo todo de cruces y vírgenes debieran prometer dejar a los santos en el cielo.

La religión sirve para ayudarnos y consolarnos ante unos problemas que no tendríamos si no existiese la religión. Jaume Perich

Autor/Autora