De pirámides, faraones y un estadio que no se mueve

Hace unos 4.600 años, cuando los mamuts todavía no habían pasado a la categoría de metáfora y el ser humano creía que la eternidad se construía a base de piedra y sudor ajeno, comenzaron a levantarse las pirámides de Egipto. Hay debate sobre los sistemas constructivos, sobre rampas, poleas o alineaciones astrales, pero hay consensos sólidos: se edificaron sin descanso, con mano de obra barata y bajo la firme convicción de que el ruido, el polvo y el agotamiento eran daños colaterales perfectamente asumibles. Mucho después, a finales de los años cincuenta del siglo pasado, Zaragoza decidió regalarse un estadio …

Diego Escusol.

Hace unos 4.600 años, cuando los mamuts todavía no habían pasado a la categoría de metáfora y el ser humano creía que la eternidad se construía a base de piedra y sudor ajeno, comenzaron a levantarse las pirámides de Egipto. Hay debate sobre los sistemas constructivos, sobre rampas, poleas o alineaciones astrales, pero hay consensos sólidos: se edificaron sin descanso, con mano de obra barata y bajo la firme convicción de que el ruido, el polvo y el agotamiento eran daños colaterales perfectamente asumibles.

Mucho después, a finales de los años cincuenta del siglo pasado, Zaragoza decidió regalarse un estadio de fútbol llamado La Romareda. Nadie pareció ver problema alguno en colocarlo pared con pared con un hospital público. Al fin y al cabo, ¿qué mejor acompañamiento para la convalecencia que el clamor de una grada en domingo? Sea como fuere, el estadio se inauguró y durante un tiempo fue el orgullo arquitectónico del fútbol español, cuando el Real Zaragoza aún vivía décadas que hoy se relatan con el mismo tono que las gestas medievales.

Han pasado los años y La Romareda ha entrado en esa peligrosa categoría de lo "pasado de moda", que es la antesala del derribo. Se abrió entonces una posibilidad sensata: replantear su ubicación. Buscar un lugar donde los enfermos pudieran dormir, los vecinos vivir y el fútbol hacer lo suyo sin interferencias sanitarias. Pero parecía que esa variable —el descanso— no cotizaba especialmente alto en la hoja de Excel de la remodelación.

Así que se decidió mantener el emplazamiento y levantar, mientras tanto, un estadio portátil. Portátil, eso sí, pero no ligero: millones de euros para una infraestructura efímera, destinada a desaparecer como esas obras de land art que solo existen mientras alguien las fotografía. Una obra cara, transitoria y perfectamente evitable si el nuevo estadio se hubiera construido, directamente, en otra ubicación. Por ejemplo, donde ahora se alza ese estadio portátil tan accesible y tan bien comunicado por tranvía.

La lógica —esa vieja conocida que ya no se invita a demasiadas reuniones— sugiere que se podría haber seguido usando la vieja Romareda mientras se levantaba la nueva, ahorrando dinero, ruido y prisas. Pero el ahorro, como se ha demostrado, tampoco parecía una prioridad. De hecho, el proyecto nació envuelto en la promesa de capital privado, pero ha acabado mutando en una de esas iniciativas que, misteriosamente, terminamos pagando entre todos los aragoneses. Para un estadio ubicado en Zaragoza y utilizado, de forma prioritaria, por un club deportivo privado.

No entraremos aquí en debates futbolísticos. Quien firma no distingue un fuera de juego de una jugada ensayada y observa la clasificación del Real Zaragoza con la misma preocupación con la que se observa el parte meteorológico en el desierto. Basta decir que no vivimos, precisamente, en la época en la que Zaragoza celebraba títulos subiéndose a la fuente de la Plaza de España.

Lo que sí parece urgente es construir. Y rápido. Tanto que vecinos y colegios de la zona han sido informados de que las obras serán continuadas: fines de semana, festivos y noches. Un non stop constructivo digno de una obra faraónica. Literalmente.

Porque, puestos a hablar de faraones, uno no puede evitar la sensación de déjà vu. Jornadas interminables, ruido perpetuo, decisiones incuestionables y la certeza de que el interés general siempre es el argumento final. Exactamente igual que hace 4.600 años, cuando alguien decidió que levantar una pirámide bien valía unas cuantas noches sin dormir... para el resto.

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