Todos a la cárcel! O expulsados del país, o al reformatorio, cadena perpetua, manicomio, vallas...
El populismo punitivo vuelve con fuerza, aunque tampoco es que se haya ido nunca.
Como todos los discursos ultras tiene que ser simplón y no presentar alternativa posible. Lo que no está de moda es reflexionar y, menos aún, aportar razones de peso que justifiquen el castigo.
El castigo al otro, al diferente tiene muchas caras.
Este fin de semana es la Marcha contra la macrocárcel de Zuera y habla del extremo del castigo como es el encierro. Una cárcel que, aún dentro de esos muros, también tiene grados y dentro de esos grados niveles de dureza que culminan en los llamados FIES: 23 horas al día en la celda, comunicaciones intervenidas y nula interacción humana.
Como las cárceles ahora son una especie de polígono industrial alejado de toda población da la sensación de que no existen.
Pero tenemos otros niveles. Porque menos aún se sabe de los centros de internamiento de extranjeros, donde cientos de personas permanecen en un limbo legal a la espera de una repatriación que no tiene ni por que ser a su país de origen.
En el Estado español por lo menos aún no se ha propuesto llevar a las migrantes y refugiadas a terceros países, una deslocalización de la producción de sufrimiento, como ya se hace en otros estados que luego sacan pecho de sus democracias. Campos de concentración pero renombrados con algún cínico eufemismo.
También son invisibles los centros de menores, espacios a caballo entre el talego y toda una serie de problemas que pueden ir desde el delito común a la patología mental, las adicciones o el abandono. Solo salen a la palestra, como la cárcel, cuando se lía, en general azuzado el problema por la falta de medios y personal, como sucedió recientemente en Juslibol.
Lo importante es la invisibilidad, que no se sepa de ellos, que la conciencia social pueda permanecer ignorante y así no hay problemas. De lo que no se habla no existe y lo de menos es que haya alternativas al encierro.
Y en un escalafón más bajo están los que simplemente son pobres, sin techo, sin hogar. Para ellos también hay previsto castigo, aunque su único delito es existir.
Cuando las instituciones fallan y las precarias empiezan a verse hay que vallarlas, alejarlas, meterlas donde sea pero que no se vean.
Como sucede en el zaragozano Parque Bruil: se desalojó a las personas sin hogar que había allí y ahora se quiere vallar el parque para que nadie pernocte en él. Un vallado que afecta también al vecindario, pues el parque se cierra para todas.
Vamos a no ver la pobreza, que se les ignore, que hacen feo... Discurso aporófobo trufado de racismo.
Varias miradas, varias consecuencias, siempre el castigo pero un mismo nexo común: precariedad y exclusión.
Ah, por cierto, lector, lectora. No creas que estás libre de verte en estas situaciones. Seguro que ellas tampoco lo pensaron en su momento.
Acratorial semanal del programa El Acratador de Radio Topo, radio libre de Zaragoza.

