Muy propio un día de San Jorge para escribir de la realidad aragonesa, justo al día siguiente del pacto de gobierno entre PP y Vox que sitúa a la extrema derecha al frente del gobierno de la comunidad en una deriva preocupante, pero sobre todo esperpéntica. Es serio, pero darle pátina de seriedad a la tropa que va a gobernar Aragón es darle más papel del que merecen.
Para qué nos vamos a engañar, Aragón no importa mucho y pinta menos en el Estado español. Pero es que no le importa ni a sus propios representantes políticos que han firmado un pacto de gobierno que parece el exabrupto de un parroquiano tras ingerir unos cuantos carajillos de buena mañana.
Unos representantes que ni se han molestado en disimular. El pacto que se ha firmado para Aragón se ha cocinado desde Madrid por un partido como Vox que, siguiendo el símil gastronómico, es más madrileño que el cocido. También de Madrid vinieron los que negociaron por el PP y el par de secundarios que gobernarán aquí se limitaron a asentir.
Pero, al margen de la política electoral, está la realidad aragonesa.
Una realidad que, básicamente, sigue en la misma deriva desde hace décadas. Una capitalidad y alrededores que fagocitan población y recursos, un norte convertido en parque temático del esquí y turismo de montaña y un sur con la población en caída libre.
A los fachas de siempre (no es que hayan llegado es que nunca se fueron) les preocupan las personas migrantes cuando uno de los problemas reales de Aragón es que simplemente no hay personas que lo habiten.
El proceso de despoblación sigue inexorable y las cifras hablan por sí solas: en Teruel se han matriculado menos de 700 niñas y niños para 1º de Infantil en este curso o la provincia oscense lleva décadas perdiendo población con un saldo negativo en 2025 de 927 personas. Maquilla un poco los datos la capital, pero incluso el Pirineo, en apariencia en plena pujanza económica, es un desierto demográfico. Un precioso decorado vacío de habitantes.
El empuje industrial del entorno de Zaragoza y la Ribera Alta son la excepción. El precio a pagar es apostar todo a una producción de energía mediante renovables que han colonizado todo el territorio aragonés. En parte para alimentar centros de datos de capital extranjero que tienen impacto ecológico pero no tanto económico.
El paisaje actual de nuestra tierra es un bosque de molinos eólicos o llanuras de placas solares. Por supuesto es preferible a los pantanos que arrasaron con pueblos y gentes, pero son un pobre consuelo cuando vemos que seguimos atados a industrias sucias como la ganadería intensiva, mientras la agricultura tradicional sigue en declive y el modelo sigue basado en la centralidad de Zaragoza como polo logístico y en que los caciques de siempre sigan siendo los caciques de ahora.
Antes tenían determinados apellidos, que siguen siendo los mismos, pero ahora si decimos Ibercaja y amigos no nos equivocamos.
Difícil ser optimista con este panorama. Los payasos que estarán dirigiendo el circo de la DGA lo primero que han anunciado es arremeter contra aspectos de la propia cultura aragonesa como es el catalán de aquí o machacar cualquier apoyo económico a las organizaciones solidarias.
Mientras tanto la gente de a pie seguiremos a lo nuestro. Con unas viviendas impagables, un coste de la vida cada vez más alto y una tierra que se empeñan en convertir en irrelevante más allá del negocio que otros puedan sacar de ella.
Acratorial semanal del programa El Acratador de Radio Topo, radio libre de Zaragoza.





