Una amiga me contó su historia hace poco. No fue una confidencia, ni una catarsis. Fue más bien un gesto sereno, casi meticuloso, como quien ordena los fragmentos de algo que se había roto hace tiempo. Me explicó que durante años había callado convencida de que lo que había vivido no era grave, de que su dolor no tenía derecho a nombrarse porque era una interpretación personal. Siempre le han dicho que es “muy intensa” y atribuyó la vivencia a dicha intensidad. Sin embargo, en ese tiempo que calló, lo escribió todo en una libreta porque, según me dijo, fue …



