Ayer, Día del Trabajador, escribí agobiada un texto que nacía de los pensamientos que me atraviesan durante el tiempo susceptible de ser desaprovechado, el tiempo en el que agendo la espontaneidad o el tiempo en el que fluyo ordenadamente. El tiempo, al fin y al cabo, al que ya no sé si puedo llamar tiempo libre.
“No llegué a escribir el artículo para el día de San Jorge. Lo intenté, pero no me dio la vida, no tuve tiempo, no saqué un hueco. Mierda”
Realmente, ha sido gracias a estos pensamientos intrusivos culpabilizadores y de resignación de donde han salido estas líneas. No llegar a escribir para San Jorge sobre el consumo bulímico de cultura me ha obligado a pensar rápido un tema con el que reinventarme. La respuesta era tan obvia que casi se me come.
Como escuché a la escritora Sara Torres en uno de los muchos podcasts que conforman mis rutinas de multitasking, las realidades que habitamos no son más que ficciones consensuadas que operan bajo unas normas compartidas. De esta manera, las reglas que parece que hemos elegido seguir los participantes del juego de la sociedad actual son: ser creativos, entregados, sonrientes, acogedores, autónomos, cosmopolitas, insaciables, atrevidos y, por supuesto, unos sabuesos de las oportunidades. A todos estos criterios, le acompaña la necesidad de estar sobrecualificado para poder, entre muchas otras cosas, utilizar anglicismos: los jugadores del capitalismo tardío somos orgullosos workaholics.
Intentando medir el cinismo con el que escribe quien se ha dado cuenta de la falsedad de esta ficción, vuelvo a citar a Sara Torres, quien defiende la necesidad de trabajar la fantasía, sus escenarios y sus guiones para poder mediar con la realidad. Así, viviendo mucho más cerca de un capítulo de Paquita Salas que de cualquier película de autor lenta y costumbrista, importa trabajar la ficción para mostrar las estructuras de la fantasía. Una fantasía que, una vez analizada, nos permita interpretar mejor las ficciones.
En mi interpretación del escenario ficticio que no para de repetirse bajo la encomendación -tan épica como falsa- de dar voz a una generación, llevo tiempo preguntándome qué temas caracterizan a la mía (generación Z) y si, realmente, el multitasking, la falta de tiempo, la autoexplotación o la despolitización nos son exclusivas. Si bien podría pensarse que la descripción anterior responde únicamente a mis predecedores millennials, son varios los autores que, como Eudald Espluga en su libro No seas tú mismo, se deshacen de esta clasificación: “la categoría millennial, no es sino una herramienta despolitizadora que dibuja una imagen muy concreta de un estado de fragilidad y fatiga estructural, que poco tiene que ver con haber nacido en unas fechas concretas, sino con el progresivo aumento de las desigualdades y la desprotección laboral”. Así, en este clima de eufemismos e incertidumbre, mis padres con 54 años están estudiando cursos y sacándose másters por lo que pueda pasar.
“Si no soy un perfil famoso, para qué escribo? No soy nadie, espero, al menos estar haciendo currículum”
Ser obreros del conocimiento -como nos gusta llamarnos a Joan y a mí en el trabajo- hoy en día, obliga a vivir en un constante hacer currículum. Sin embargo, el relato neoliberal supera los conceptos obreristas para enaltecer un ser empresario de uno mismo. Ser mi propia jefa (escribir artículos en mi tiempo libre) para poder así rellenar una biografía en redes sociales con la esperanza de que algún día a alguien le llame la atención mi perfil. Pero, ¿qué es lo que ponemos realmente en las biografías de twitter? ¿Lo que hacemos o lo que somos? Muchas veces me pregunto: ¿me leería más gente si fuese alguien? ¿Qué es ser alguien?
La identidad como elemento fijo y estable se desmorona en el postmodernismo en favor de una idea del yo personal que se crea y se recrea en diálogo consigo mismo, y con los otros, pero sin ningún eje fijo que lo sostenga. De esta manera, el cómo nos construyamos influirá en cómo somos percibidos por los otros. ¿Qué ocurre entonces con la identidad profesional?
Claude Dubar en su libro La crisis de las identidades distingue entre identidad social e identidad personal, y explica que el proceso de construcción de la identidad se juega en “actos de atribución” y “actos de permanencia”. Los primeros, que hacen referencia a las representaciones que se hacen de cada profesión y que le indican el reconocimiento que le confieren en un contexto determinado, se oponen a los segundos, descritos como la autocomprensión de las representaciones que el profesional hace de sí mismo. De esta manera, la dinámica de transacción entre individuo y grupo social es un juego de aceptación o refutación de las identidades reconocidas (o no) por otros. Así, la crisis de identidad es el resultado de la no coincidencia entre la identidad atribuida por otros con la identidad reivindicada para sí.
Seguramente, muchos de los que me leáis -aun sin ser nadie- os hayáis reconocido en las líneas anteriores. Hoy en día, cuando la identidad para sí tiene primacía sobre la identidad para otro, los perfiles en constante construcción estamos angustiados por construir un ser uno mismo. Es por eso que, aunque no sepamos en qué deberíamos convertirnos, creemos necesitar una identidad personal, individual y exclusiva, que nos lleva a recorrer estados tan dañinos como la nostalgia por el pasado, el lamento constante por el presente y la incertidumbre por el futuro.
Así, y reivindicando la reducción de la jornada laboral para construir horizontes tangibles que aseguren un futuro con más tiempo libre, invito a pensar fuera de los marcos generacionales y más allá de cualquier identidad individual, para dejar paso a la otredad y hacer de la interdependencia de Butler una norma consensuada y compartida en esta ficción que nos ha tocado performar.

