El tiempo de las amigas: la soledad del "yo" para alcanzar el "nosotras"

08 marzo, 2025. 06:30

Quien me ha rodeado en los últimos meses me ha escuchado hablar de las narrativas del yo. Hoy, 8 de marzo, quiero utilizar en este artículo la primera persona tratando al "yo" como un lugar que precede al "nosotras". Históricamente, esta manera de escribir ha sido privilegio de los nobles y héroes —hombres—, y hoy quiero reivindicarlo como una conquista democrática al permitir a los márgenes ser sujetos de sus propias historias. En mi historia, quiero hablar de un tema que hace tiempo que me sostiene y me persigue al mismo tiempo: la amistad.

En la crisis relacional actual de las instituciones de la familia y la pareja, son muchas las odas a la amistad que plagan las redes sociales con un discurso que, a mi parecer, está vacío. Para explicar esto, llevo días leyendo para poder poner en palabras lo que siento sin caer en los clichés terapéuticos de la amistad. Sin embargo, ha sido otra vez tras varias sobremesas cuando he podido materializar la emoción.

La primera fue con Eva: Eva y yo no sabemos muy bien cuándo surgió lo nuestro. El trabajo temporal en el que nos conocimos se acabó y seguimos quedando. Sin horario, sin expectativas, sin algo esencial que mediase identitariamente entre ambas. Pensamos diferente en muchas cosas, pero vivimos las ilusiones ajenas a través de la otra. Eva y yo también hemos hablado mucho sobre la amistad, concluyendo que no se puede medir ni cuantificar. La amistad no pesa, los amigos no se cuentan. Que la amistad parezca un éxito quiere decir que nace de un objetivo, que había una planificación y que se ha buscado y racionalizado. Eva y yo gritamos bien fuerte que la amistad no es networking porque la amistad jamás podrá cobijarse bajo un anglicismo.

La segunda fue con Paula: Paula y yo nos conocemos desde los tres años, hemos crecido en el mismo barrio y, aunque ahora las dos vivimos en Barcelona, hemos pasado mucho tiempo distanciadas. Hemos hablado de todo y de nada atravesando todos los niveles de profundidad de los temas a tratar, nos hemos visto diariamente y también sólo un día al año. Sin embargo, cuando nos vemos, el amor, el respeto y la admiración que nos tenemos, siguen intactos. Todo esto lo sé porque a Paula puedo compartirle que necesito o quiero estar sola sin que dude ni un segundo de que la quiero. Paula encarna la pureza de la amistad que define Simone Weil al decir que esta acoge la distancia y la libertad del otro sin someterla.

En un contexto en el que el tiempo de los cuidados emerge como un pilar fundamental de los feminismos, la distancia y la libertad en relación a la amistad, me parecen muy importantes de tratar. Desde la tradición clásica, Aristóteles define la amistad por la reciprocidad de los hombres libres: “A la amistad acceden los adultos autosuficientes, tanto en términos materiales como sociales. Las relaciones de dependencia están delegadas en mujeres o esclavos”. Es decir, la autosuficiencia de la que habla Aristóteles puede ejercerse cuando el género no trae consigo la deuda y la culpa de los cuidados.

Como mujeres, estamos en un momento histórico complejo porque se mezcla el recuerdo tradicional de “lo que tenemos que ser” con el horizonte de un “nosotras podemos vivir distinto”. Vivimos en la intersección entre la sumisión y la independencia como sujeto político. Y, en ese umbral, las herencias cristiana y familiar nos persiguen con la culpa en escenarios en los que muchos hombres ni la pueden identificar. Es por esto que, en un contexto capitalista en el que nos falta tiempo de ocio por todas partes, la amistad no puede cristalizarse en normas rígidas que institucionalicen el nosotras volviendo a cargar de culpa al yo. La amistad no puede basarse en expectativas esencialistas como las que se asocian con la familia.

Así, para alcanzar la libertad, se necesitará tomar distancia de las expectativas a través de la soledad. Marina Garcés en su último ensayo —La pasión de los extraños— reivindica la soledad del yo como condición para aprender que una sola no se basta. Al fin y al cabo, son muchos yoes los que conforman un nosotras, y estos necesitan poder existir en soledad para mantener un plural libre de reglas y formalismos y alejarse así de la estandarización y su consecuente punitivismo. De esta manera, ante lo que mi amigo Arnau ha definido como la dictadura de la disponibilidad, hoy más que nunca la sororidad pasa por poder decirnos que no sin dudar del amor, la admiración y el respeto que nos tenemos.


Más sobre el 8M en este especial.

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