Lenguas comunes

28 septiembre, 2023. 11:33

El aragonés se estrenaba la semana pasada en el Congreso de la mano del diputado Jorge Pueyo, que por Chunta Aragonesista, ocupa el único escaño que logró Sumar Aragón en las pasadas elecciones. Lo que fue un orgullo para muchos, para otros era curiosidad y para otros, tristemente, supuso confrontar lo nuevo desde una posición de desprecio, cobarde y, al fin y al cabo, temerosa. Sin embargo, estos últimos, tras haber abandonado su asiento el primer día de legislatura o haberse negado a utilizar el traductor, no son los únicos a los que parece incomodar escuchar diferentes lenguas en el hemiciclo.

Desde posiciones centristas, e incluso desde una tímida izquierda, parece haber ganado el discurso útil y eficaz de la gestión de los recursos. “No hace falta destinar recursos a algo inútil cuando se comparte una lengua común”, es la premisa utilizada. Otro de los argumentos que he leído estos días por redes sociales hace alusión a la oferta ya existente de clases y cursos de lenguas cooficiales en diferentes puntos del Estado. “Si algunos institutos oficiales de idiomas ya ofrecen cursos, no es necesario escucharlo en un debate público”, es la segunda premisa. Destacados en cursiva irónicamente −lenguaje que suele necesitar de traducción muy a menudo− utilizaré (valga la redundancia) los conceptos de utilidad y necesidad para desgranar las premisas presentadas.

Aunque a muchos nos asombre este conformismo generalizado, en el fondo debemos entenderlo si atendemos al contexto en el que nos inscribimos como sociedad individualista. El concepto de utilidad es relativamente sencillo de analizar en una realidad neoliberal en la que la ética utilitarista ha ganado la partida moral −y por tanto cultural− en la que la máxima utilidad resulta ser aquella que promueve la mayor felicidad, siendo esta, claro, para la mayoría. ¿Cómo repercute esta suposición al tema lingüístico que nos atañe? ¿Cómo relacionamos máxima utilidad con felicidad lingüística? ¿Trajo felicidad para la mayoría la censura de las lenguas propias durante la dictadura? ¿Se ve ya el fondo macabro que reside detrás de colocar la felicidad como consecución en la justificación de esta moral?

Con un significado más relajado y que roza lo ingenuo, la utilidad (y la inutilidad) del primer argumento, se sustituye por el concepto de necesidad en el segundo. En esta defensa tímida y buenista de la oferta de cursos, los defensores de la no necesidad se amparan en la suficiencia asistencialista que se caracteriza por lo que en mi casa se ha conocido siempre como “ley del mínimo esfuerzo”. Esta premisa es políticamente menos incorrecta a ojos de la opinión pública −también en sectores de la izquierda− porque se recoge bajo la tan ansiada “igualdad de oportunidades”. Sin embargo, la pregunta que cabe hacerse desde la política va más allá: ¿qué ocurre cuando ya tenemos, como es el caso, acceso a la educación? ¿es ese camino igual para todos? ¿o es que, de nuevo, sólo nos interesa la mayoría? La sociología dota de una mirada analítica que, en el ámbito educativo, demuestra que la intención política (aún dotada de recursos económicos) no es suficiente cuando en la práctica no se llega a las minorías. No es el caso de la reciente reforma lingüística en el hemiciclo, que, pública, materializa esa apertura al conjunto de los ciudadanos por tratar la igualdad de resultados (permitir escuchar y comprender lenguas diversas a quien quizás nunca se lo hubiese planteado) superando la igualdad de oportunidades ya descrita (poder acceder a un curso habiendo buscado previamente y de forma individual la información y los recursos para ello).

Volviendo al debate de opinión pública que me ha llevado a escribir este texto, busco poner en el centro la necesidad de tratar la discusión desde una perspectiva cultural. Utilizo para ello a Newman, quien afirma que “el conocimiento es capaz de ser su propio fin”, por lo que no debe estar subordinado a ningún otro objetivo. Es decir, la utilidad y la necesidad de las lenguas no es otra que su propia conservación. La realidad actual, cada día más alejada de la visión humanista, ha mercantilizado las lenguas por su valor productivo (mayoritario) y no por su valor cultural. Newman le da una mirada humanista al concepto ya tratado elaborando una relación entre bondad y utilidad cuando dice: “aunque lo útil no siempre es bueno, lo bueno siempre es útil”. Las lenguas, son por tanto algo bueno, algo deseable no por su valor en el mercado, sino por su imprescindibilidad a la hora de poner palabras a lo que vivimos. Las lenguas deben aspirar a ser comunes por su valor en sí mismo.

Mi amiga Minu dice que la lengua es emoción. Pudiendo decir te quiero o gracias de muchas maneras, ¿por qué limitarse a una sola? ¿Quién no quiere tener más posibilidades de describir algo? Más adjetivos entre los que elegir, más expresiones, más comparaciones. Matizar experiencias con palabras, rimar, cantar y jugar con el lenguaje es lo que caracteriza al ser humano. Limitarse a una sola lengua hace de la experiencia vital algo simple, lineal y unilateral. Tratar por tanto a la ciudadanía como lo que queremos que sea (inteligente y culta), pasa por acercarle la mayor cantidad de recursos lingüísticos posibles. Pasa por visibilizar y democratizar para hacer del lenguaje un bien común y no un servicio. Pasa por utilizar la lengua como vehículo y posibilidad de pensar y elegir la palabra que mejor define lo que queremos expresar en el diálogo, que es, al fin y al cabo, la voluntad de acercamiento al otro. Gracias, Jorge, por permitirme −a mí y a muchos como yo− reconocer en el aragonés fluido que encarnas, muchas palabras y expresiones que distingo en los veteranos de mi familia, y que de una manera u otra, luchan por sobrevivir. Gracias por compartirlo y traspasar fronteras demostrando que no hay una lengua común, sino que tenemos la suerte de pensarnos y vivirnos en lenguas comunes.

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