Si haces algo que no le gusta te castiga con silencio e indiferencia, para que vayas aprendiendo a respetar a Dios, que es lo que se cree que es
Esta es una de las frases que más me ha llamado la atención de una de las denuncias anónimas contra Íñigo Errejón. Estos días, tras mucho pensar y, sobre todo, tras muchas dudas por la complejidad que pone sobre la mesa este caso, escribo pensando en redirigir la atención mediática de los últimos días centrada en lo sexual y lo penal, para poner el foco sobre los mecanismos previos de manipulación y abuso de poder que se dan en las relaciones humanas.
La sutileza de las prácticas normalizadas de manipulación —no sé hasta qué punto consciente—, por parte de hombres inteligentes que, normalmente, gozan de un estatus determinado y que pocas veces en la vida ha escuchado un NO, se da también en contextos no sexoafectivos como las relaciones amistosas. Sin embargo, la exclusividad que se presupone a los vínculos sexoafectivos unida al fin sexual propio de estos, permite llegar a materializar en la práctica sexual un poder que tiene consecuencias mucho más graves —abuso y agresión sexual—, que en otro tipo de relaciones se diluye entre la cotidianidad y la normalización de personalidades mesiánicas. Como escuché hace no mucho a Clara Serra y Berta García Faet en una conversación del podcast de Serra: “Un violador es siempre un gilipollas, pero un gilipollas no es siempre, o no es casi nunca, un violador”. Para tener, entonces, una necesaria conversación sobre los gilipollas, hace falta recalcar que muchas de los comportamientos que estos llevan a cabo, no son siempre punibles, pero sí socialmente reprochables.
“El látigo de la indiferencia” es como llamaba una de mis exparejas a este “tiempo de reflexión” en el que con su silencio ponía en duda actitudes mías que no le gustaban y acababan normalmente erradicadas ante mi miedo a exponerme de nuevo a una indiferencia bastante deshumanizadora. Esta práctica, que se quedó aquí y que debido a su normalización incluso se trataba de forma cómica de vez en cuando —yo le pedía por favor “que no sacara el látigo de la indiferencia”, o él hacía bromas del tipo “cuando lo dejemos ¿haréis una plataforma de afectadas por X.X.?”—, es un mecanismo de manipulación y abuso de poder, pero no de abuso o agresión sexual.
Jugar a ser Dios —ser manipulador y abusar de un poder muchas veces autoasignado— puede darse en contextos amistosos o familiares sin que se materialice a través del acto sexual. Muchas de las deidades con las que me he encontrado a lo largo de la vida se sitúan ellas mismas como vara de medir repartiendo carnets de consideración y respeto —normalmente intelectual— que les sirven para medir la indiferencia con la que tratar a quienes les rodean. De esta manera, uno de los ejemplos que me vienen a la cabeza es la percepción de su valía del tiempo. Son muchos los casos en los que este tipo de personalidades perciben su tiempo como más valioso que el del resto, llevándolos así a ejercer comportamientos de silencio e indiferencia, e incluso castigando y compensando de manera irrespetuosa, que pueden ser recibidos de manera vejatoria y humillante. Es también muy común el paternalismo y la insistencia bajo un “lo hago por tu bien” en el que la deidad —pareja, amiga o familiar— se sitúa en un plano superior frente a una persona mayor de edad —mujer en su mayoría— en la que parece conocer y saber mucho mejor que ella qué le gusta, qué quiere e incluso quién es. En esta percepción de las relaciones como proyectos personales, los mecanismos de manipulación están a la orden del día porque son actitudes normalizadas en las que, desde la condescendencia, el paternalismo y la superioridad —fuera del acto sexual— muchas personas consiguen lo que quieren.
Es pues en estos comportamientos de deshumanización en los que quiero poner el foco de denuncia —social— debido a que, por su normalización y sutileza, pueden no identificarse como tal pudiendo desencadenar en una anulación de la voluntad que, a la larga, aumente las posibilidades de que se ejerza violencia sexual tanto por la incapacidad de decir que no, como por la verbalización de un falso sí.
Así, con estas líneas, pretendo complejizar el debate que, creo, está llevando a un feminismo a atrincherarse en posiciones punitivas de manera acrítica. Insistir en la realización de prácticas —sexuales y no sexuales— desde una posición de poder es, indiscutiblemente, abuso. Sin embargo, plantear la vía judicial como única solución elimina la posibilidad de generar espacios colectivos y alternativas para restaurar prácticas machistas, vengan de donde vengan. En esta línea, analizar las actitudes y comportamientos que conllevan prácticas de manipulación —y que son socialmente reprobables— permitirá abrir un debate sobre el poder, su direccionalidad y la capacidad subversiva de las mujeres en cuanto al mismo.





