Te lo cuento ahora porque antes no pude

25 noviembre, 2025. 06:45

Una amiga me contó su historia hace poco. No fue una confidencia, ni una catarsis. Fue más bien un gesto sereno, casi meticuloso, como quien ordena los fragmentos de algo que se había roto hace tiempo. Me explicó que durante años había callado convencida de que lo que había vivido no era grave, de que su dolor no tenía derecho a nombrarse porque era una interpretación personal. Siempre le han dicho que es “muy intensa” y atribuyó la vivencia a dicha intensidad.

Sin embargo, en ese tiempo que calló, lo escribió todo en una libreta porque, según me dijo, fue la única manera de entender lo que le había ocurrido. Escribir había sido la única forma de soportarlo, como cuando Hélène Cixous dice en La llegada a la escritura: Primero soy tocada, acariciada, lastimada, después busco descubrir el secreto de ese tocamiento para extenderlo, celebrarlo y transformarlo en una caricia distinta.

Se decidió a verbalizarlo hace poco, después de un encuentro estival con una conocida ¾ahora amiga¾ que había pasado por lo mismo. Se reconoció en las palabras de esa otra mujer y se asustó al ver en su relato una historia calcada a la suya propia. Sin embargo, ese día me lo transmitía calmada, con aplomo, con las palabras perfectamente escogidas. Sin duda, lo había escrito primero. Entonces, me dijo: Te lo cuento ahora porque antes no pude.

Hoy esa frase me resuena porque, en esa decisión temporal, mi amiga habla con valentía pero, sobre todo, desde el privilegio de poder escribir, publicar, tener un entorno que escucha y una lengua que le permite decir yo sin culpa. Esa posibilidad —narrarse— no está al alcance de todas y es quizás por eso que, cuando decidió hacerlo, no fue desde el lugar de la víctima, sino desde la necesidad de recuperar su voz. No buscaba ejemplaridad ni redención, quería, simplemente, contar lo que había ocurrido hace ahora cinco años.

En su relato reaparecía una idea que le leí a la filósofa y psicoanalista Clotilde Leguil en su libro Ceder no es consentir cuando explica que tras identificar el punto en que el sujeto “se pierde” al haberse forzado a aceptar lo que en realidad lo destruye —porque la pareja, la familia o la promesa de pertenencia le pesan más que el deseo personal— la escritura aparece como un lugar propio, un lugar “donde nadie habla por mí”: Estoy aquí. De nuevo. Puedo decir. —dice Leguin—, Puedo escribir —dice mi amiga—.

Mi amiga hizo suyo el espacio de la escritura cuando reconoció en esa otra mujer las mismas palabras que ella había escrito pero había callado. En la verbalización de la otra y, por tanto, en su escucha, identificó la experiencia propia de la humillación, la manipulación verborreica o la lenta erosión del juicio. Fue entonces cuando, emocionada, me dijo que esa tarde experimentó en su carne lo que es la sororidad. No como un lema vacío y decorativo, sino como una forma de legitimación mutua ante la posibilidad de reconocerse en la palabra de otra y, al hacerlo, poder gritar: ¡no estoy loca!

Esa legitimación me recordó a la idea de Camus según la cual rebelarse es decir no y al mismo tiempo afirmar algo. La escritura de mi amiga fue exactamente eso, un “no” al relato que la había silenciado y, a la vez, un “sí” a su propia existencia. Su gesto se alejó entonces de lo heroico y lo ejemplar para, desde lo humano, rescatar su voz de la versión del otro.

Sin embargo, incluso la posibilidad de rebelarse es un lujo. Pienso, con motivo de este día, que hablar del trauma, nombrar el abuso, escribir sobre maltrato… exige más que valor. Requiere condiciones materiales, simbólicas y afectivas. Requiere de una red de amor y credibilidad, de una analista que escuche, de un idioma capaz de decir esto me pasó. Por eso, cuando escucho a mi amiga contar su historia, no pienso en fuerza ni en coraje, sino en el contexto que lo hizo posible. En las otras mujeres que sostienen, en las amigas, las hermanas, las actuales parejas, las familias. Pienso en el tiempo que necesitó para poder enunciar una frase sin romperse. Porque, como dice Zambrano: lo que se publica es para algo, para que alguien, uno o muchos, al saberlo, vivan sabiéndolo, para que vivan de otro modo después de haberlo sabido. Así, me pregunto cuántas mujeres siguen viviendo con miedo en entornos donde hablar equivale a perderlo todo.

Leguil recuerda que la palabra que libera llega siempre después del miedo, cuando el sujeto ha atravesado el trauma y puede volver a ocupar el lugar de quien enuncia. Pero incluso entonces, la libertad de hablar no borra la vulnerabilidad que acompaña al hecho de existir. Más bien la expone. ¿Cierra algo exponer al yo? ¿O solo bordea lo que no puede decirse del todo? Conforme escribo, reflexiono sobre el peso de los testimonios públicos, sobre el riesgo de ser leídos como universales cuando nunca han dejado de ser singulares. La literatura ha permitido testimoniar la necesidad de encontrar un lenguaje singular para decir lo que sucedió. Indica un sujeto y, al mismo tiempo, le permite a este reencontrarse, matizarse. Es por eso que convertir ese Yo en un Nosotras permite la revuelta, sí, pero puede borrar la complejidad y aumentar el costo de decir.

Escribir es, pues, un gesto de resistencia, pero también un síntoma del lugar desde donde se hace. El acceso a la palabra, como el acceso a la justicia, está mediado por el contexto, la clase, la educación, la lengua o el tiempo. Mi amiga lo sabe. Por eso no celebra su relato. Simplemente lo escribe. Y al hacerlo, se encuentra. Y como se encuentra, puede decirse. Y en esa afirmación, existe. Y al existir deja constancia de que hay un mundo que no sabe, o no quiere, escuchar.

Y yo pienso en que quizás no es tan fácil decir me ha pasado esto.

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