Un año de gobiernos de derechas: menos cultura, menos memoria, menos igualdad, menos país y más pobres

Con PP, Vox y PAR copando las principales instituciones aragonesas, nuestro país ha entrado en una espiral de integrismo ultraderechista que intenta arrasar con todo y con todes. Desde actos impulsados por la DGA contra del derecho al aborto a declaraciones de la presidenta de las Cortes de Aragón jactándose de su “centralismo” o antiaragonesismo, pasando por la supresión de eventos culturales, derogaciones de leyes por la dignidad, justicia y reparación de víctimas del terror, destrucción sistemática de la naturaleza o mantener la colaboración público-privada extractivista como único eje económico.

Un año de gobiernos de derechas: menos cultura, menos memoria, menos igualdad, menos país y más pobres
Foto: Alexander Mils en unsplash

Con PP, Vox y PAR copando las principales instituciones aragonesas, nuestro país ha entrado en una espiral de integrismo ultraderechista que intenta arrasar con todo y con todes. Desde actos impulsados por la DGA contra del derecho al aborto a declaraciones de la presidenta de las Cortes de Aragón jactándose de su “centralismo” o antiaragonesismo, pasando por la supresión de eventos culturales, derogaciones de leyes por la dignidad, justicia y reparación de víctimas del terror, destrucción sistemática de la naturaleza o mantener la colaboración público-privada extractivista como único eje económico.

La llegada al poder de PP, Vox y PAR a las principales instituciones aragonesas no ha traído grandes sorpresas, pues en campaña electoral ya anunciaron su intención de arrasar con todo aquello que les sonara a justicia social, igualdad, lucha contra la violencia machista -en su neolengua reaccionaria violencia intrafamiliar-, libertad, derechos sociales, lingüísticos, de género o nacionales, fraternidad o protección de la naturaleza, y lo están cumpliendo como si de una blitzkrieg se tratará, aunque la ultraderecha, la aragonesa y la planetaria, lo llama ‘batalla cultural’. Lo resumen en ese ‘lema’ porque ‘destruir los pequeños progresos conseguidos por las socialdemocracias en las democracias burguesas tras la Segunda Guerra Mundial’ era demasiado largo y complejo para ocupar las portadas de sus medios de comunicación, que son casi todos.

Enmascarado en ese eufemismo de ‘batalla cultural’ está el odio, producto del miedo, de las derechas y extremas derechas a la diversidad, a la igualdad de oportunidades, a la defensa de la naturaleza, de los servicios públicos o al progreso social equilibrado. Para las derechas, todo aquello que no controlan, desconocen o resta privilegios a las élites para alcanzar mayores cotas de igualdad, es un peligro, y espetando ‘progresismo’ como insulto y en contraposición a ‘fascismo’ -sic-, se despachan desde la simplicidad y la falta de rigor político, cuando no de la mentira y la manipulación, para despreciar los necesarios análisis sociales, sosegados y sensatos, para avanzar como sociedades libres y democráticas.

Esta batalla cultural emprendida por la ultraderecha en todos los rincones del planeta, también en Aragón, consiste en simplificar los asuntos complejos de las sociedades actuales para poder lanzar sus mensajes populistas y demagógicos que, obviamente, calan más y mejor entre una sociedad preocupada por su propia supervivencia y con poco tiempo para los asuntos del común e intencionadamente desmovilizada, y que choca con la necesidad de reflexión, debate, acuerdo y empatía que la política en sociedades complejas regidas por democracias liberales necesita para no autodestruirse.

La aspiración política y social de las derechas y su ‘paz social’ es volver a los tiempos del tradicionalismo reaccionario y autoritario. A mantener el ‘orden social establecido’. A ese unicornio social llamado estabilidad, cuando por su propia naturaleza las sociedades humanas son casi cualquier cosa menos estables. Las derechas pretenden que seamos gobernadas en exclusiva por una élite económica que nunca se presenta a unas elecciones pero que mantiene inalterablemente su poder en la sombra, generación tras generación, sin contrapoder alguno, copando con mercenarios subalternos (los diferentes políticos de turno, en nuestro caso los Azcón, Nolasco o Izquierdo) todos los resortes del poder: político, económico, judicial, militar y mediático. Con su código penal y sus cuerpos y fuerzas de seguridad como protectores, violentamente cuando lo creen necesario, del statu quo y los privilegios de los oligarcas españoles de banderita y comisión.

Merece la pena detenerse un instante, pues hoy es el Día de Aragón, en la utilización de los nacionalismos como ideología social y arma de destrucción masiva en la ‘batalla cultural’. Las identidades nacionales como creencias sociales (o religiones) que son, refuerzan el sentido de grupo, de pertenencia, de comunidad, de proyecto común, de futuro, y estos valores, en abstracto, parecen ser positivos para el conjunto de las sociedades.

Pero, como casi todo en la vida, los adjetivos, los detalles, los matices marcan las diferencias entre unas creencias y otras. La ‘religión’ del nacionalismo español, como el catolicismo oficial, decidió desde su fundación optar por una estrategia excluyente, de confrontación, una sola patria, un solo dios, si crees en mi te salvarás pero si no serás recluido en el infierno social. O estás conmigo, acríticamente, o eres un pagano, terrorista, antisistema radical o feminista -sí, el nacionalismo español y la iglesia católica utilizan ‘feminismo’ como insulto, y están a un paso de hacer lo mismo con demócrata-. Simple, tristemente simple, pero eficaz. Y además desgarrador por el sufrimiento que provoca, pues en su debilidad fundacional el nacionalismo español solo existe contra otros, incapaz de proponer en positivo un futuro en común e integrador, respetuoso y fraterno. Y, cuando históricamente, algunos integrantes del nacionalismo español, los federalistas por ejemplo, formulan propuestas, son despreciados por los suyos como herejes.

Pero, además, en la actual composición de las estructuras administrativas de esta parte del mundo es sencillamente incomprensible que el nacionalismo español, con sus reales aposentados en el Gobierno de Aragón, continúe basando su existencia en negar la soberanía que para sí reclama al resto de países que componen el Estado español, cuando es precisamente el Reino de España el que carece de soberanía política o económica, delegadas en los lobbies de la Unión Europea, de soberanía diplomática o militar, delegadas también en la Unión Europea y en la OTAN. Y un reino -o país, estado, matria o comunidad autónoma, como prefieran-, como también la pasa a Aragón, sin soberanía económica, diplomática y militar, y apenas con soberanía política, es sólo esencialismo religioso. La soberanía española, como la aragonesa, está hoy en manos de la Unión Europea y su club de estados liberales controlados por su respectivas élites locales, o nacionales, o estatales, como gusten. Esa oligarquía europea tan ufanamente guerrera y militarista, pero con y contra las hijas de otras.

Los estados miembro de la Unión Europea, han pasado de su fundación como espacio de derechos y libertades, a una liturgia de sumisión a intereses ajenos, a los intereses de las grandes multinacionales, en la actualidad sobre todo sometida a los intereses de la industria armamentística norteamericana.

En la vida, además de los adjetivos, la escala de las cosas y asuntos humanos y su planificación también tiene su importancia. Por eso, entendemos la necesidad de mayor soberanía política para Aragón, como eso, una cuestión de escala. Cuanto más cerca estén los centros de poder y toma decisiones de la ciudadanía afectada por ellas, más sencillo resulta su control, por que la democracia es efectiva a pequeña escala, coordinando soberanías desde el respeto y no imponiendo recetas de ‘café para todas’, vengan las recetas de Madrid o de Bruselas.

Además, como aragonesas y aragoneses tenemos un compromiso intangible y ético con la diversidad humana en el planeta. Una llamada ética, y voluntaria, en defensa de lenguas, paisajes y paisanajes, de una cultura diferente al resto de culturas del mundo, la aragonesa, que aporta humildemente preciosos detalles a la visión global del mundo. Por eso, cuando nuestros gobernantes se jactan de querer españolizar Aragón -¿aún más? se preguntarán muchas- en nuestras mentes suena como si dijesen que quieren extinguir, para siempre e intencionadamente, una especie animal o vegetal única en el mundo. Sólo la diversidad garantiza la viabilidad de los ecosistemas más vitales, y en ese simil el españolismo sería una especie invasora que arrasa el hábitat local hasta empobrecerlo y agotarlo.

Contra las religiones y nacionalismos del miedo, de la estabilidad social forzada, de la sumisión, del ‘siempre ha sido así’, o del ‘mi nacionalismo es el bueno y el tuyo fanatismo’ que defiende el españolismo rampante y su Estado-Reino de España, contra los nacionalismos de estado y con estado, abogamos por la alegría consciente de la diversidad, por la fraternidad entre pueblos, por la escala de los pequeños tesoros humanos, por la solidaridad internacionalista entre naciones y pueblos con o sin estado, por el feminismo como principio básico de cualquier sociedad sana, por la ciencia y la ética. Esas son las rosas y los libros que nos gustaría regalar en el Día de Aragón: feminismo, ciencia y ética, para un país en el que todes aportemos según nuestras capacidades, y en el que nadie sea perseguido por su clase, género o identidad nacional.

Soñamos un Aragón que, como lo fuera si quiera puntualmente en algunos de los mejores momentos de su historia, sea garante de la defensa de los derechos humanos, para nacionales y foranos.

Un país consciente que plante cara al integrismo ultraderechista, que desde las principales instituciones aragonesas, PP, Vox y PAR, están sumergiendo en una espiral de populismo que intenta arrasar con todo y con todes. Con acciones políticas que van desde actos impulsados por la DGA contra del derecho al aborto a declaraciones de la presidenta de las Cortes de Aragón jactándose de su “centralismo” o antiaragonesismo, pasando por la supresión de eventos culturales, derogaciones de leyes por la dignidad, justicia y reparación de víctimas del terror, destrucción sistemática de la naturaleza o mantener la colaboración público-privada extractivista como único eje económico.

Otro Aragón es posible, y nosotras deseamos contártelo.

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