#NoFilter: sobre los filtros, la "belleza" y alguna que otra cosa

La tecnología del reconocimiento facial, es decir, la que posibilita que nos pongamos filtros, tiene múltiples aplicaciones y no solo recreativas. Cada vez se está perfeccionando más su uso en seguridad: cámaras de vigilancia y manifestaciones; facilitadores de identificación. Así que, es probable que estemos regalando nuestras facciones a la policía.

Imagen: Jakob Owens (Unsplash).

Las amigas son fuente de saber. Antes de cualquier asamblea, docu, lectura o cuenta de twitter ahí estaban ellas, entre pitis, en el callejón de la cafetería de Filo, sin parar de hablar y de darle vueltas a todo, llevando al límite nuestra forma de pensar y nuestro sistema de valores. Aunque ya no compartimos esos momentos, ni hay ya pitis, ni existe Filosofía y Letras, vuelvo a esas charlas cada vez que me pongo a escribir. Me vienen.

Pienso en todo esa riqueza que tenían nuestras conversaciones chorras sin saberlo. Siempre que puedo digo que fue Rocío la que me abrió las puertas del feminismo y gracias a quien entendí (más que cómo se construye el mundo) que el mundo era una construcción. No cuento tanto, (y no intencionadamente) que de Sara aprendí a distinguir la superficialidad, —y no la tópica, no, si no la escondida, la que escuece—, cuando, allá por 2010, decía: “Es que en las manis toda la gente va/vais vestida igual”. De ella aprendí muchas cosas sobre el canon de belleza y sobre que la dicotomía belleza natural vs. belleza artificial (como bueno vs. malo, como aceptable vs. inaceptable, respectivamente) era una gilipollez. Una gilipollez misógina.

En la línea de Sara, y por aquella misma época, Itziar Ziga increpaba en ‘Devenir Perra’ a “las miradas que pretenden resituarme como sierva del deseo masculino desde la comunidad feminista. Nena y tú de que vas disfrazada ¿Quién te ha dicho que tu estética lleva el sello de garantía antipatriacal?”. Y aunque la Ziga sea muy punki, no creo que eso lo dijese por pura confrontación, sino porque se dio cuenta de la trampa. La trampa es que no podemos huir de la mirada masculina: “Hace años juraba y perjuraba que yo me vestía de puta porque me daba la gana y totalmente al margen de lo que los hombres pensasen. Pero no es cierto, es imposible construirse al margen de la mirada masculina hegemónica”. Y esto no interpela tanto a la Ziga y su puterío como a la masa de camisetas de algodón de color negro y lila que la juzgaban. Y aquí justo reside la clave: si no se puede huir de la #MaleGaze, ni siquiera desde la reacción estética, ni siquiera desde el antagonismo, ni siquiera si los hombres te dan igual y su mirada no te interesa lo más mínimo, se abre la veda.

Si la cara es el espejo del alma, ¡qué son los filtros! Otro lugar desde el que comunicar el hartazgo, una convicción antifascista, o una identidad disidente. Imagen: Berta Jiménez Luesma.

Con la cara lavada

Hay una parte de mí, una parte muy muy grande, que cuando escucha a alguien decir “no uses filtros en instagram” o “los filtros de belleza bla, bla...” no puede evitar pensar en un machirulo clásico diciendo “sin maquillaje estás más guapa”. Me llama la atención que se denuncie con tanta dureza el artificio de los filtros, que lo coloquemos en el centro del debate, dotándolo de una gravedad especial, como si todo lo demás —nuestros leggins de leopardo, nuestro maquillaje, nuestro corte de pelo, la largura de nuestras camisetas— fuese más natural y no respondiese exactamente a la misma lógica; al mismo canon de belleza, al mismo mercado neoliberal y al mismo sistema capitalista. Los filtros pueden ser tan gordófobos y racistas, y generarnos tantos complejos, como pueden hacerlo la industria de la moda o del maquillaje. Pensar que los filtros de belleza son tecnologías cotidianas de raíz diferente a cualquier otra, es algo ingenuo y algo peligroso, porque desvía la atención de todo lo demás.

Aparte, admito que me molesta que personas cuya expresión no es de androide desgenerizado de la ciencia ficción; que personas que no son folios en blanco, es decir, QUE GENTE QUE USA FILTROS ANALÓGICOS, como hacemos todes, venga a decir si puedo o no puedo ponerme pequitas y encenderme las mejillas en una red social.

¿Somos más presas de esa mirada hegemónica o del canon de belleza si usamos filtros que si no los usamos? Desgraciadamente, sentirnos mal con nuestro cuerpo y con nosotres mismes, forma parte de nuestro ADN social, meticulosamente creado desde hace demasiados siglos. Si no podemos huir de las rayadas, ni de la #MaleGaze, si esto es parte del juego y ya nos sabemos las reglas… por favor, ponme gatitos en los párpados y quítame las picadas del acné.

Si los filtros nos sientan mal pues “pa fuera”, como dirían Aitana y Ana War. Pero la próxima vez que rechacemos usar filtros de belleza por presión, porque “es más auténtico” no usarlos, pensemos que aquel ex-novio nos preferiría sin filtros. No sé vosotres, yo desde luego me lanzó al rococó facial.

Que se mueran los guapos, que no quede ninguno

Cuando se nos brinda una invitación a no usar filtros de belleza, suele ir acompañada, —depende de quien lo enuncie— de mensajes como: “Quiérete tal y como eres”, “Acéptate con tus defectos” o “No hay defectos, todo es bonito” o “Los cuerpos no tienen por qué ser bonitos, destruye la norma”. Da igual. Mi pregunta es: ¡y qué pasa con la gente guapa! Si acabamos con los filtros de instagram continúa el canon de belleza. Y hay gente que de manera “natural” lo cumple. ¿Por qué esa belleza es lícita? La “belleza” “natural” (cuanta comilla, eh!) se da en el mismo contexto que la “artificial” y causa el mismo efecto. Pero, sin embargo, no vamos diciéndole a la gente guapa que se arranquen la cara, ¿verdad? ¿Por qué? Mira, aféate. Pero aféate de verdad, no como se lleva ahora. Si el capitalismo impone ese canon de belleza, ¿por qué no en vez de abolir los filtros, abolimos su belleza?

Como explica Lux Moreno en ‘Gorda vanidosa’ “la apropiación de las identidades por parte del capitalismo” es constante. Vivimos en una manía persecutoria. Nada es nuestro, sino de un sistema que fagocita y fagocita. Esto no es una llamada a la resignación o la despolitización sino una llamada a la acción. ¿Cómo podemos subvertir los filtros?

Fantasía + humana

Los horizontes que los filtros de instagram despliegan y las posibilidades que de pronto se presentan con solo deslizar el dedo, son pura fantasía. Reducir los filtros a meros accesorios es desatender, por ejemplo, su potencial poshumano. Los filtros, no solo nos crean complejos, también nos acercan a representaciones que trascienden lo humano, la aburrida performance humana sosísima y tan manida (durante varios millones de año, nada menos). Vamos a las fiestas virtuales de Neurodungeon —veladas virtuales, no por la pandemia, no por alternativa a la no-fiesta del mundo tangible, sino como ocio paralelo— a través de un avatar creado por une misme. Y a mover el esqueleto (si tienes). Habitar otros mundos y universos es posible. Y ravear en ellos también.

En las redes puedes ser un personaje cocodrilo antropomorfo o un elfito intergaláctico. Tener otra identidad y hasta otra corporalidad. En la era de la extimidad, esta modificación de nuestra cara de siempre, facilita ese alter-ego en redes. Pienso en Hjdarger, de ‘Ontologías Feministas’, que intuyo que siempre usa un filtro en sus storys. Digo intuyo porque no lo sé a ciencia cierta y no la conozco en persona, pero me encanta, así que fantaseo con encontrármela por la calle y que esa sea su cara real.

¿Reconocimiento facial? Sombra aquí y sombra allá

También me dijo Rocío que los filtros son un medio más para luchar. Y tiene razón. Si la cara es el espejo del alma, ¡qué son los filtros! Otro lugar desde el que comunicar el hartazgo, una convicción antifascista, o una identidad disidente. Otro lugar desde el que denunciar el abuso policial. El filtro es el cartel-y-cola de la virtualidad.

Pero ¡ojo! los filtros no quedan exentos del mercadeo de datos en el que estamos sumides al descargar aplicaciones y aceptar condiciones a ciegas. La tecnología del reconocimiento facial, es decir, la que posibilita que nos pongamos filtros, tiene múltiples aplicaciones y no solo recreativas. Cada vez se está perfeccionando más su uso en seguridad: cámaras de vigilancia y manifestaciones; facilitadores de identificación. Así que, es probable que estemos regalando nuestras facciones a la policía.

¿Y qué hacemos al respecto? Podemos volvernos tecnófobes o darle al make-up antes de ir de mani. Sí, lo digo en serio (chínchate, machi del primer párrafo). En el marco de la Smart City Week Bcn 2019 Translocura y Chrisis de Identidad impartieron un taller sobre maquillaje anti reconocimiento facial, que consiste en algo parecido a romper algunas de las líneas fundamentales de la cara pintando formas. Con este método el programa en cuestión no reconoce el rostro como tal. Y, como esto es un círculo vicioso, podemos aprender viendo tutoriales en youtube para, más tarde, con la cara pintada comprobar su eficacia en instagram probando si algún filtro nos reconoce o si hemos hecho bien nuestro trabajo. Y así, zozobramos en la dicotomía tecnófoba y tecnófila, en la dualidad de las redes, como diría Homer Simpson, causa y a la vez solución de todos nuestros problemas. Qué poético.

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