Tras el estrepitoso fracaso de Glasgow debemos deshacernos del capital fósil

El consenso de la COP26 celebrada en Glasgow, aunque esperado, no podía ser más decepcionante: mantener el modelo de crecimiento e inversión característico del capital fósil y en manos de los de siempre

COP26. Foto: Flickr – Observatório do Clima

El último día de la Conferencia Climática de Naciones Unidas (COP26), 800 delegadas y delegados acreditados salieron del recinto cantando y exigiendo “justicia climática ya”. Se unieron a los centenares de personas reunidas a las puertas del recinto donde tenía lugar la sesión plenaria de los pueblos, los sindicatos, grupos juveniles, organizaciones indígenas y colectivos feministas. Ese momento dejó más claro que nunca que la cumbre de Glasgow suponía un fracaso estrepitoso en todos los sentidos. Los críticos alertaban de que el acuerdo sobre deforestación es una rácana repetición del pacto fallido firmado seis años atrás y el acuerdo sobre emisiones de carbono proyectaba un aumento catastrófico de 2,4 grados de media en la temperatura global para 2100. La COP26 empezaba a demostrarse un audaz intento de consolidar el control de bancos y otras entidades financieras privadas sobre el nuevo look de la economía global.

Una semana antes, desde fuera de la conferencia y durante la presentación del Acuerdo de Glasgow por la Alianza Financiera para la Red Zero (GFANZ, por sus siglas en inglés), Greta Thunberg insistía suplicando a los delegados que dejasen de hacer greenwashing. Y en efecto, se trata de greenwashing. El acuerdo financiero de la COP26 se presentaba como una obra maestra. Mark Carney, antiguo gobernador del Banco de Inglaterra, fue el negociador de este pacto anunciado con la impresionante cifra de 130 billones de dólares “para combatir el cambio climático” exigida por bancos y financieras.

Cualquiera que se molestara en leer la letra pequeña sabe que no había ningún acuerdo de 130 billones. Lo que esa cifra representa es la suma aproximada de los activos de todos los firmantes. La cantidad filtrada a la prensa por Carney y la Alianza era hipotética, basada en un enorme acto de fe. El total de activos que poseen los firmantes del acuerdo equivale a un 40% del capital financiero del mundo (esos 130 billones). Si esos firmantes dejaran de invertir en proyectos de carbono, todos sus activos pasarían a ser considerados “verdes”. Así de simple.

La perversa influencia del sector corporativo sobre la presidencia británica de la COP26 era ya patente antes del comienzo de la conferencia. El primer día, un artículo de Byline Times revelaba que Alok Sharma, director de la COP26, había recibido 20.000 libras de dos compañías de gas y petróleo para costear su elección. Quizá porque sabía que la información acabaría publicándose, quizá porque se estaba cocinando otro escándalo sobre sobornos e influencias, el gobierno británico había rechazado que una gran compañía petrolera patrocinara la cumbre. La “línea roja” marcada por el gobierno incluía a otros patrocinadores no pertenecientes al mercado de las energías fósiles.

Algunos de los espacios más impresionantes de la COP26 habían sido entregados a los patrocinadores corporativos. Dice mucho sobre la forma de aproximarnos a las políticas del cambio climático que la COP26 permita el patrocinio corporativo, algo que no se permite en otras cumbres políticas entre gobiernos. Ni BAE Systems patrocina el Consejo de Derechos Humanos ni Coca-Cola anuncia “vida” en las sesiones de la asamblea general de NNUU, pero en Glasgow son los bancos, las compañías energéticas y los supermercados, junto con las industrias alimentaria, automovilística, informática, química y muchas otras, quienes tienen permitido “subir el volumen” a su posición respecto del cambio climático y sacar tajada con ello.

En la COP26, ningún interlocutor relevante ha hablado en serio de la reconversión de la industria petrolera, gasística, minera, química o agrícola. La solución, en su lugar, ha consistido en dejar el control de tales industrias en manos de las grandes firmas.

En los stands de las corporaciones, parece que a los delegados se les pidiera mirar hacia otro lado. Sí, sabemos cuál es el problema –las emisiones de carbono, el crecimiento incontrolado de los mercados, la deforestación, el deshielo de los polos-, pero eh, aquí estamos, haciendo cosas increíbles. Buena parte del merchandising, los prototipos y los productos expuestos es realmente espectacular. El sistema de reconocimiento facial de Microsoft para reconocer aves zancudas; las plantas solares de SSE que empujan el agua desde los valles; la primera película de Hitachi sin energía de carbono; el coche eléctrico más rápido del mundo (239km/h) fabricado por Envision Virgin Racing… y un largo etcétera. Ciencia grotesca sin fin y talento para desafiar al clima.

Un mes antes de la inauguración de la cumbre presenciamos una discusión indigna entre el gobierno de Boris Johnson y los patrocinadores de la COP26. Las empresas energéticas –Hitachi, National Grid, Scottish Power y SSE- han sido expulsadas en más de una ocasión, pero no es eso lo que debería haber sucedido. Los premios Oscar tienen coche oficial (Cadillac), Eurovisión tiene un banco oficial (Raiffesissen) y la Champions League tiene una energética oficial (Gazprom). Si no puedes ser la compañía oficial, ¿qué sentido tiene la COP26?

Esta cuestión es clave y envía un mensaje poco disimulado de parte de los tenderetes empresariales de la cumbre: “Nuestro modelo de negocio es el mejor para combatir el cambio climático”. Sí, eso se llama “lavado verde” (greenwashing), pero el objetivo de los patrocinadores es más ambicioso: convencer al mundo de que interrumpir ese modelo de negocio sería un suicidio porque ese es el modelo necesario para salvar el planeta. La cuestión es que el nuevo modelo funciona como el antiguo: fabricar más, vender más y promover nuevos mercados. Se os dice que pidamos nuevos préstamos bancarios, pero que los pidamos al Royal Bank of Scotland porque tiene la mejor tecnología para rastrear la huella de carbono del producto que compramos o del destino de nuestra inversión. Se nos dice que consumamos más Sky TV porque su diseño es más reparable y reutilizable que el de otras televisiones. Debemos comprar teléfonos, tabletas y portátiles Microsoft porque protege a los pajaritos. Es el modelo de negocio del “más, más y más”. Más acumulación innecesaria de bienes y más acumulación de beneficios.

El lema apropiado para la cumbre COP26 debería haber sido “Acumular más para acabar con el cambio climático”. El crecimiento acelerado de los mercados capitalistas es el punto de inicio de casi todo lo acordado en el pacto financiero de Glasgow. La meta establecida por el GFANZ es estimular un billón de libras al año en inversiones durante las tres próximas décadas “para ajustar los flujos de capital con las soluciones climáticas alineadas en neto cero (zero net) en mercados emergentes y países en desarrollo”. Nada se dice sobre revertir el legado histórico acumulado por lo que ocurre cuando las corporaciones del norte global “ajustan los flujos de capital” en el sur global.

Lo que pasa es que las ganancias netas circulan hacia el norte en cantidades impresionantes –más de 500.000 millones de dólares al año- y tales cantidades alcanzan el billón de dólares si sumamos los flujos ilegales. No hay ninguna intención de cambiar esta relación, que es probablemente el factor más importante del cambio climático. La GFANZ no ofrece más alternativa que la extracción neocolonial y la expropiación global de recursos desde el sur hacia el norte.

Sin cambios en el modelo ni en las desigualdades que de él derivan, podemos predecir exactamente que “las soluciones climáticas alineadas con neto cero” consistirán en lo de siempre: presas hidroeléctricas más grandes que producen fuentes de energía renovable pero destruyen la biodiversidad; proyectos mineros que extraen los materiales necesarios para la nueva economía pero siguen contaminando los ríos; plantaciones de árboles que absorben carbono pero agotan el suelo; cultivos de transgénicos que no necesitan pesticidas pero jamás reproducirán otro cultivo. El anteproyecto de GFNAZ ilustra claramente esta “oportunidad de inversión basada en el crecimiento acelerado”. Los beneficios fluirán hacia el norte como siempre han hecho.

El mensaje no podía ser más claro ni más retrógrado: para salvar el mundo necesitamos hacer lo de siempre pero mejor.

En las semanas previas a la COP26, el director ejecutivo de Shell Ben van Beurden concedió una entrevista muy clarificadora a la prensa mundial. Sentado en una de sus refinerías de Rotterdam, explicó cómo resolver lo que parecía uno de los compromisos contradictorios entre el “legado” de sus negocios, las energías renovables y los combustibles bajos en carbono. “Si debemos construir una planta de hidrógeno… esta no será financiada por un negocio de hidrógeno sino por una de gas o petróleo”.

Pese a su ausencia en Glasgow, todos los resultados de la cumbre obedecen al principio expuesto por Van Beurden: “dejadnos hacer lo que más daño produce, pues así podremos destinar una parte de los beneficios a hacer menos daño”. Ese principio puede acelerar la inversión pero a la vez frena el progreso, paralizando en último término cualquier expectativa de cambio sistémico. He aquí la paradoja Van Beurden.

Esa paradoja se suma al sentimiento proyectado por los actores corporativos en la Zona Azul y en la Zona Verde de la feria: por encima de todo debe mantenerse el modelo de negocio, ese modelo institucional de dependencia mutua, esa simbiosis inseparable entre industria limpia e industria sucia. Ese es, sin duda, el acto de fe central del acuerdo GFANZ. El informe concluye, en su sección sobre inversiones “equilibradas”, que “mientras las instituciones pueden progresar hacia una cartera de inversiones que financie la retirada de los sectores intensivos en carbono, esta estrategia no puede ayudar a proveer capital a las contrapartes implicadas de modo creíble en transiciones a neto cero”.

Ahí lo tenemos: el capital no puede retirarse de las actividades intensivas en carbono o no habrá capital para financiar las actividades no intensivas en carbono. Y según la paradoja Van Beurden, el mismo truco de las carteras de inversión puede aplicarse a cualquier otra cosa o caso. Es lo que sucede, en esencia, con el concepto zero net. Neto cero no es cero sino una medida de mercado de cero, porque el mercado ha encontrado una forma de calcular ese cero mientras sigue quemando combustibles fósiles. Ese ejercicio de equilibrismo se apoyaría en la financiación de otras actividades que prometen retirar el carbono del sistema en el futuro (plantando árboles o con supuestas innovaciones tecnológicas de captura de carbono), en la compra de créditos de carbono generados por proyectos de energía renovable, en la recuperación de bosques y suelos de turba o en la extracción del CO2 de la atmósfera.

Por eso, aunque los firmantes del acuerdo hayan prometido descarbonizar en 2050, la letra pequeña nos recuerda que estamos llamando “descarbonizar” a abandonar las inversiones en nuevos proyectos de gas y petróleo hacia 2050. Y ni siquiera eso es cierto: si cero no es cero, neto significa compensaciones que pueden ser utilizadas para equilibrar las inversiones basadas en carbono, incluida la financiación de gas y petróleo más allá de 2050. Dicho de otra forma: el acuerdo de la GFANZ permite a los proyectos de gas y petróleo seguir funcionando más allá de 2050 por el tiempo necesario hasta recibir la compensación suficiente. La COP26 da su bendición a los proyectos más intensivos en carbono del mundo hasta que estos sean debidamente compensados. Con ese panorama importa poco que la mayoría representante del 60% de las finanzas mundiales –incluidos los tres mayores bancos del mundo- no haya firmado y siga financiando todos los proyectos intensivos en carbono de Rusia y China. Muchos de los que sí han firmado harán lo mismo.

La paradoja Van Beurden promueve un modelo de negocio que hace que el futuro del planeta dependa de cosas que están matando al planeta. Y por si esto no fuera suficientemente nefasto, nos deja en manos de las mismas corporaciones responsables de acabar con el planeta. Pensad en ese conjunto de tecnologías emergentes y aún no probadas que se conocen como “utilización de la captura de carbono” (CCU). El objetivo de dichas tecnologías es reciclar el CO2 para otros usos en forma de fertilizantes, nuevos polímeros, nuevos combustibles fósiles o materiales de construcción como cemento o asfalto. La idea básica consiste en que el carbono capturado pueda ser utilizado en una forma secundaria.

CCU es la perfecta simetría de la paradoja de Van Beurden: utiliza CO2, que es el subproducto de otras mercancías, para producir nuevas mercancías. El problema es que la práctica totalidad del mercado de CCU está dominada por cinco industrias: petróleo, construcción, químicas, minerales y agricultura. Por un lado, es un problema que las grandes ideas de esas compañías solo sean promocionadas si generan beneficio (o si están subsidiadas hasta el punto de dar beneficio a las empresas que las desarrollen). Por otro lado, un problema aún mayor es que las más beneficiosas son las que más incentivan la producción de carbono. La investigación más reciente demuestra que la fabricación de cemento CCU produce en realidad un aumento neto de CO2.

De lejos, la forma más importante de captura de carbono en volumen puro de CO2 almacenado es un proceso llamado “recuperación de petróleo mejorada”. En este proceso, el CO2 presurizado se inyecta literalmente dentro de las reservas de petróleo y gas existentes para mejorar la producción.

Hay dos cosas importantes que debemos saber sobre esa recuperación de petróleo mejorada. Primero, que es un método de extracción en el que la inyección de CO2 en la fase final de proceso minimiza el residuo abandonado en el subsuelo. Segundo, que el CO2 se usa para calcular el combustible fósil neutralizado. Esa práctica permite a las compañías petroleras y gasísticas presentarse como neutrales en carbono cuanto más CO2 empleen, pero no se trata de una técnica novedosa: viene siendo empleada desde la década de 1970 para acelerar la producción de gas y petróleo. La novedad es que ahora, de repente, se ha convertido en “verde”. De nuevo, la paradoja Van Beurden regala credenciales verdes a las grandes petroleras para producir más combustibles fósiles.

Ninguna voz prominente de la COP26 ha hablado en serio de reconvertir las industrias del petróleo, el gas, la minería, los químicos o la agricultura. Muy al contrario, la solución ha sido dejar esos sectores en manos de las grandes firmas. Aunque las empresas petroleras y gasísticas no podían patrocinar la COP26, los números son muy claros: según la ONG Global Witness, 503 asistentes vinculados a los intereses de los combustibles fósiles fueron acreditados por la cumbre. 503 son muchos más participantes que los de cualquier otra organización. La defensa contumaz de la paradoja Van Beurden será el principio directivo de la política climática, el legado reforzado de Glasgow y de todo el esfuerzo de Naciones Unidas, a menos que nos levantemos y hagamos algo diferente. Un humilde comienzo sería sacar al capital fósil y financiero de todos los encuentros globales por el clima.

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David Whyte es autor del libro "Ecocidio. Acabemos con la corporación antes de que nos mate", que acaba de ser publicado por Bellaterra Edicions.

Artículo publicado originalmente en Catarsi (traducción al catalán de Ignasi Bernat). Traducido al castellano por Daniel Jiménez Franco.


Todo sobre la Cumbre del Clima de Glasgow (COP26), en AraInfo.

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