Tiembla Tocilandia: China sacude la ganadería industrial al frenar en seco las importaciones de cerdo

El gigante asiático comienza a recuperar los niveles de producción de cerdos previos a su epidemia de peste porcina, lo que deja sin destino el grueso de la desmesurada producción de carne de Aragón e inquieta a sus más de 4.000 granjeros y a los 3.000 obreros de sus mataderos.

Foto: pxhere

Tocilandia tiembla. El ‘big meat’ aragonés del cerdo está inquieto. Su principal cliente, China, que es también el mayor consumidor del planeta con una demanda que engulle la mitad de la producción mundial, está recuperando los niveles de cría de cerdos previos a la epidemia de peste que hace algo más de un lustro desequilibró su despensa y generó una desconocida búsqueda de suministros que se tradujo en Europa, y dentro de ella especialmente en Aragón y Catalunya, en un desmesurado crecimiento del sector, y de su huella ambiental con él, cuyas inercias acaban de frenarse en seco.

¿Cuál será el plan si la burbuja que ahora se resquebraja termina estallando? No hay, por ahora, respuesta para una cuestión que comienza a inquietar a los propietarios de las 4.650 granjas que operan en un Aragón y a los vecinos de localidades en las que, aparte del empleo que el transporte, la fabricación de pienso y servicios auxiliares como los veterinarios, los mataderos emplean a más de 3.000 personas.

El precio del cerdo ha bajado por primera vez en verano, algo completamente inusual al tratarse de la época de menor producción del año. Acaba de pasar en tres sesiones semanales consecutivas en Mercolleida, la lonja de referencia a nivel estatal para el porcino, como la de Binéfar lo es para el bovino, la de Segovia para el ovino o la de Bellpuig para las aves.

“El cerdo ha bajado 4,5 céntimos por kilo en dos semanas, y eso es la primera vez que ocurre en verano en mucho tiempo. Vienen curvas”, explican fuentes del sector, que destacan que “China dejó prácticamente de comprar en Europa hace cuatro semanas, y ahora los importadores empiezan a no renovar los contratos de suministro o a renegociarlos a la baja”.

La clave está en el diferencial, en la diferencia entre los precios y los costes en un país y en otro, que es la que determina los márgenes comerciales. Hace unos meses esa horquilla llegaba al 300% en la relación entre España y China, de hecho siguió subiendo hasta mediados de abril, y ahora está cayendo a un entorno del 30%. “El importador chino no deja margen”, apuntan. Es un cambio de mercado: “todo el mundo es consciente de que va a haber un ajuste”, añaden.

El ‘Big Meat’ del noreste de la península Ibérica

Los datos oficiales de las exportaciones todavía no recogen los efectos del frenazo, ya que las últimas series disponibles finalizan en el mes de marzo, aunque sí dan idea de la magnitud que había llegado a alcanzar un negocio que, a nivel estatal, concentra la mitad de la producción y casi dos tercios de los sacrificios en Aragón y en Catalunya.

De hecho, las exportaciones en el primer trimestre de este año llegaron a duplicar con creces a las del mismo periodo del anterior, con 358 millones de kilos y una facturación de 859 millones de euros frente a sendos registros de 161 y 426.

El arranque del año mantenía las inercias de 2020, cuando el cuadrante noreste de la península aumentó todavía más la desmesurada cuota de producción que ha ido concentrando en la última década, especialmente desde 2014, con el objetivo de engordar para los importadores chinos más de 2,5 de los cuatro millones de cerdos que estos habían dejado de comprar en Alemania por los brotes de peste porcina que se registran en ese país.

Los mataderos y las integradores españolas exportaron el año pasado, cuando por primera vez en la historia se mataron más de un millón de cerdos por semana, 2.130 millones de kilos de carne, sin incluir despojos y otros subproductos como huesos, cabezas y mantecas, por valor de 5.650 millones de euros.

Casi la mitad de esa producción, 1.009 millones de toneladas de carne valoradas en 2.533 millones de euros, fueron a parar a China. Y más de la mitad de ese volumen que viaja al exterior sale de Tocilandia, el complejo del ‘Big Meat’ del porcino de Aragón y Catalunya, los territorios en los que concentran su actividad varias de las principales empresas europeas del ramo, como Grupo Costa, Vall Companys, la CAG de Guissona o Grupo Jorge, amén de otros de menor tamaño como Mazana o Piensos del Segre.

¿Cómo se compensa la pérdida de un cliente al que le facturas más de 500 millones?

Ponderar el peso del sector porcino aragonés en el conjunto del estatal, donde aporta más de la cuarta parte de las plazas de engorde (8,77 millones de 32,67) y donde se sacrifican casi la quinta parte de los animales (10,32 de 56,46 cabezas), aunque buena parte de las reses son matadas y despiezadas en Catalunya, ayuda a hacerse una idea de la dependencia que el porcino aragonés tiene de las exportaciones, especialmente a China, el resurgimiento de cuyo sector interior amenaza con dejar sin destino en torno a un 40% de la producción.

La evolución de las exportaciones españolas resulta también indicativa, y más si se vincula con la de Tocilandia.

En 2016, cuando la Peste Porcina Africana (PPA) era un problema incipiente en el país asiático, el porcino español exportó en su conjunto 1.471 millones de kilos de carne de cerdo valoradas en 3.167 millones de euros, de las que únicamente 251, un 17%, apenas la sexta parte y con una tasación de 444, viajaron a China. En 2019, antes de que la PPC arraigara en Alemania, el flujo comercial hacia los puertos chinos llevaba camino de duplicarse, con 425 millones de kilos vendidos a un precio superior (de 1,76 a 2,52 euros por kilogramo).

El año pasado las cifras se disparaban: los más de mil millones de kilos de carne de cerdo a 2,5 euros exportados a China generaban una facturación de 2.533 millones de euros que situaba el negocio exterior por encima de los 2.100 millones de kilos y los 5.600 de euros.

Entre la cuarta y la quinta parte de ese pastel procede de las granjas y mataderos de Aragón, cuyos responsables, en muchos casos ganaderos que se han empeñado a base de créditos para subirse al carro, afrontan un incierto horizonte: ¿cómo se compensa la pérdida de un cliente al que le colocabas entre 500 y 650 millones de euros al cabo del año?

Un resurgimiento con flancos descubiertos

¿Y qué es lo que ha ocurrido en estos últimos siete años en China? El consumo del gigante asiático se sitúa entre los 55 y los 60 millones de toneladas de carne de cerdo, lo que supone prácticamente la mitad de la producción mundial, algo que cubría con una aportación local de más de 50 que con la expansión de la peste y la reconversión del Decimotercer Plan Quinquenal, que se dieron de manera simultánea a partir de 2014, llegó a reducirse en más de un tercio.

El riesgo de desabastecimiento, que tenía implicaciones más allá de lo meramente gastronómico al aportar el cerdo casi dos tercios del consumo cárnico del país, lo conjuró inicialmente con unas exportaciones que tuvieron como principal foco de origen a los países de la UE y cuyo volumen fue creciendo de manera paralela a un inusual aumento de los precios. China necesitaba carne de cerdo y la iba a obtener.

Sin embargo, se trataba de una solución temporal. El Plan A, que ahora acaba de aflorar, consistía en industrializar el sector a base de impulsar las macrogranjas (hay cuadras de madres de siete pisos de altura) y eliminar las pequeñas explotaciones, mejorar la bioseguridad y abrir líneas de mejora genética que le permiten llevar al matadero animales de 120 kilos, entre veinte y treinta más que los europeos de 90-100.

Las informaciones oficiales de China hablan de una recuperación de los niveles de producción superior al 95% (712 millones de animales en 2019, cerca de los 729 de 2014 que prevé superar en 2022) que reducen de manera exponencial las expectativas de negocio de sus hasta ahora socios comerciales europeos en otra de las paradojas del capitalismo de Estado del país asiático, un régimen formalmente (o aparentemente) comunista que tiene en la magnitud de su mercado interior y en la mano de obra ‘low cost’ dos de sus principales bazas económicas.

El plan, no obstante, tiene flancos descubiertos, como la deficiente calidad genética de buena parte de la cabaña de cerdas de reproducción y de verracos, algo que también trata de corregir por la vía de la importación, y algunos otros de cuya evolución dependen otros de ámbito global.

Entre estos últimos destaca la capacidad, y la disposición, de los gigantes cerealistas que abastecen a los complejos ganaderos mundiales, caso de Bunge o Cargill, para modificar sus flujos y abastecer de la soja y el maíz que necesita al ‘Big Meat’ chino, el crecimiento de cuya demanda, por otro lado, ha tenido dos inquietantes efectos secundarios en las últimas semanas: el bloqueo de varios puertos ante la intensidad del tráfico marítimo y una tendencia inflacionista de efectos ahora mismo imprevisibles.

El mercado se achica y los precios bajan

“China volverá a importar, pero menos de lo que lo hacía últimamente, ya que su demanda tradicional era de en torno al millón y medio de toneladas de carne y canales y a los dos de subproductos y derivados, como los huesos y las cabezas. Y no se sabe cuándo comenzará a hacerlo”, explican fuentes del sector porcino, que insisten en que se trata de “un cambio de mercado”.

¿Y cuál sería ahora el plan, con las empresas integradoras en plena carrera por hacerse con más plazas de cebo y por importar lechones ante la incapacidad de España para abastecerse ante el aumento de la producción? No está claro, para nada; aunque algunos pronósticos apuntan a tensiones comerciales en el interior de la UE.

“El problema para los productores europeos, de España a Alemania pasando por Holanda, es que se han quedado sin China como cliente y, al mismo tiempo, los precios han bajado. Ahora compiten por el mercado europeo, pero con precios a la baja.

España tiene buenos clientes en Europa, aunque todos ellos de mucha menor entidad que China, como ocurre con Alemania (28,1 millones de kilos el año pasado), Bulgaria (30,8), Dinamarca (23,8), Reino Unido (36), Polonia (75), Portugal (79), Chequia (57), Rumanía (56) y, por encima de todos ellos, Francia (192) e Italia (164).

Aunque, al mismo tiempo y en un efecto de la globalización del comercio internacional, varios de ellos están entre sus principales suministradores, caso de la propia Francia, desde la que el año pasado llegaron 28 millones de toneladas, Alemania (15) y Holanda y Portugal, origen de 12,6.

¿Y si estalla la burbuja?

Ahora está por ver si ese crecimiento de las exportaciones al que el propio Ministerio de Agricultura se refiere en su web oficial con términos como “notable” y “espectacular” estaba realmente basado en “la competitividad del sector en el mercado mundial” o se trataba de un gigante con pies de barro. O de una burbuja de exportación.

Aunque el propio análisis del ministerio que dirige Luis Planas aportaba alguna pista en este sentido, que atribuye el “incremento global” del negocio al “espectacular aumento de las exportaciones a países terceros (+61%), que contrarrestan el importante descenso, a su vez, de las exportaciones intracomunitarias (-12,7%)” y que, a su vez, “se explica, fundamentalmente, por el incremento de las exportaciones a China” en un “fenómeno [que] se debe a la continuada expansión de la PPA [peste porcina africana] en el territorio chino, lo que ha supuesto un incremento de las importaciones de carne de porcino para poder abastecer su mercado interno en tanto se recupera su cabaña nacional”.

Era algo pasajero, transitorio y dependiente de cómo evolucionara una epidemia de peste, según ese mismo análisis, cuya descripción evoca más una burbuja que un desarrollo sostenible y consistente. ¿Y si explota?

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