PARece —porque ya no sé si lo fingen o realmente lo creen— que en algunos rincones de nuestra geografía (pongamos, por ejemplo, Gudar), todavía quedan ejemplares en peligro de extinción (o no tanto) que piensan que el valor de una mujer se mide por el hombre que tiene al lado. Fascinante. Es como encontrar un fósil viviente, solo que habla, opina y, lo más preocupante, ocupa un cargo institucional.
Resulta enternecedor ver cómo algunos “representantes públicos” siguen empeñados en evaluar nuestras capacidades no por lo que hacemos, decimos o defendemos, sino por con quién dormimos, si tenemos útero funcional o si les parece que sonreímos lo suficiente como para merecer su respeto. Todo muy avanzado, muy 2025.
Y claro, como estamos en esta época tan “progresista”, ya no se molestan en disimular. Su machismo ya no es casual, ni inconsciente, ni fruto de una mala educación. No. Es consciente, militante y orgulloso. Se creen muy listos —aunque tampoco se han quedado calvos de tanto pensar— y nos explican a las mujeres cómo deberíamos comportarnos para ser “respetadas”. Eso sí, mientras ellos faltan al respeto con total impunidad desde su escaño, su púlpito o sus redes sociales.
¡Qué maravilla ver cómo la evolución ha pasado de largo por algunos! Darwin, si levantara la cabeza, se daría de bruces contra un muro de testosterona mal gestionada y argumentos dignos de un capítulo olvidado de Cuéntame.
Pero, oye, que nadie se alarme: estos neandertales de camisas horrorosas no son peligrosos. Solo representan a la ciudadanía. Solo toman decisiones. Solo legislan. Solo ocupan espacios públicos que deberían servir para construir igualdad, no para reforzar clichés trasnochados ni para juzgar la vida privada de nadie como si estuviéramos en la Santa Inquisición.
Y una se pregunta: si tan poco les importa la capacidad, la formación, la trayectoria o el compromiso de una mujer, y tanto les obsesiona su vida sentimental, ¿no será que tienen poco que ofrecer en términos de mérito propio? Porque cuando uno necesita desacreditar a la otra mitad de la población para sentirse válido, igual el problema no está en las mujeres, sino en el espejo.
Y aquí viene lo mejor: cuando se les responde, cuando se les pone un espejo delante, cuando se les recuerda que las instituciones son para servir, no para babosear ni despreciar, entonces se hacen los ofendidos. Se rasgan las vestiduras. Y se preguntan por qué se les llama lo que son. Pues mira, Manolete, si no sabes torear, ¿pa qué te metes?
PARece que algunos aún no entienden que no vamos a callar, ni a pedir permiso, ni a tolerar que se nos reduzca a un chisme de pasillo o a una mirada paternalista. Nosotras no estamos aquí por con quién dormimos, sino por todo lo que hemos trabajado mientras ellos estaban demasiado ocupados midiéndonos con una regla rota.
Ya va siendo hora de que recojan sus bártulos, sus prejuicios y su ego herido, y se vayan lejos. Muy lejos. A un sitio donde no molesten. A ser posible, sin cobertura.

