Monstruos

Quizá sea un ramalazo estableciendo relaciones pertinentes. La palabra monstruo viene a mi cabeza pasados días, muchos, en los que el esnobismo consumista decidió, abiertamente, festejar tradiciones anglosajonas como esa de la calabaza con ojos y boca, presuntamente, aterradoras. Quizá sea el necesario recordatorio ahora que las trompas fascistas vuelven a aterrar los oídos, quizá sea este mes de noviembre y la fecha próxima al veinte, quizá… El caso es que en estos tiempos en los que formaciones abiertamente nazis enaltecen recuerdos de auténticos monstruos como fueron Hitler, Mussolini o Franco, esa palabra me vuelve a la cabeza. Hay personajes …

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Carlos Tundidor

Quizá sea un ramalazo estableciendo relaciones pertinentes. La palabra monstruo viene a mi cabeza pasados días, muchos, en los que el esnobismo consumista decidió, abiertamente, festejar tradiciones anglosajonas como esa de la calabaza con ojos y boca, presuntamente, aterradoras. Quizá sea el necesario recordatorio ahora que las trompas fascistas vuelven a aterrar los oídos, quizá sea este mes de noviembre y la fecha próxima al veinte, quizá…

El caso es que en estos tiempos en los que formaciones abiertamente nazis enaltecen recuerdos de auténticos monstruos como fueron Hitler, Mussolini o Franco, esa palabra me vuelve a la cabeza.

Hay personajes en la Historia de los que solo se puede festejar su muerte, maldecir la fecha en la que sus inocentes madres los trajeron al mundo sin saber ni predecir el tipo de bestia que daban suelta. De unos personajes como Stalin, Vlad el Empalador, Tomás de Torquemada, Benedicto IX o Pol Pot, además de los antedichos, por decir unos pocos, las personas de buena voluntad, sean de la ideología que sean y siempre que no se les parezcan, solo pueden entusiasmarse ante la idea de la desaparición ¡por fin! de semejantes engendros.

Leviatanes que se retorcían de placer al ver arder a personas acusadas de heterodoxas por los perros del señor, que eso es lo que significa la palabra “dominico”; aberraciones físicas con bigote que enviaron a millones de personas a las cámaras de gas o a los fusilamientos de Katyn y Gulag, algo peor que esperpentos que disfrutaban con el dolor del empalamiento de personas, monstruosidades que, frías y metódicas, ordenaron el genocidio de compatriotas camboyanos, charlatanes depravados con tiara que lo mismo la vendían que se enorgullecían de ser pedófilos. La historia ha dado, desgraciadamente, muchos, demasiados desvaríos humanos amparados en tronos, solideos o palios: reyes, emperadores, dictadores, papas o charlatanes.

Y lo peor: demasiada gente escuchándolos y demasiadas gentes mirando hacia el lado contrario a la verdad y a la justicia.

En nuestros pagos tenemos un adefesio particular, un monstruo que disfrutaba, quizá fruto de sus frustraciones sexuales, asesinando a docenas de miles de conciudadanos en frío, terminada la guerra que inició el golpe de estado gestado, entre otros, por semejante individuo. Un carnicero que se deshizo de posibles rivales en su particular carrera de monstruos, algunos con accidentes, como poco extraños, que reinó con derecho de pernada castrada durante cuarenta años y que casi consigue devolver al país a un siglo XIX en la segunda mitad del XX.

Ese monstruo murió en noviembre y murió matando. Esa misma mañana —trabajaba por aquellas fechas en Madrid—, los puentes de la incipiente M-30 se hallaban repletos de grises medio escondidos entre las pilastras con metralleta en prevengan, señal inequívoca de la ansiada muerte del dictador. Por la tarde, en el barrio —entonces obrero— de Canillejas, los bares estuvieron llenos: las caras serias, pero todas sentían en sus manos el vaso de vino o de cerveza festejando, en un silencio cómplice, la muerte de una fiera a quien solo se la puede recordar por el júbilo de su desaparición.

Finalmente, la Historia le ha colocado, igual que a otros de su calaña, la palabra monstruo debajo de un bigotito tan asexuado como repelente.

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