El histórico militante anticarcelario Daniel Pont Martín volvió el sábado a Zaragoza, en su tercera visita al CSO Kike Mur, antigua prisión de Torrero reconvertida en espacio social y de memoria. Allí, en los actos previos a la XXIII Marcha contra la macrocárcel de Zuera, presentó su libro “Entre el azar y la necesidad. Historia de una vida” (Virus Editorial, 2024) —coescrito con el sociólogo Ignacio González Sánchez— y compartió una reflexión política sobre el sistema penitenciario y su continuidad hasta hoy.
Cofundador de la Coordinadora de Presos en Lucha (COPEL), Pont es una de las voces clave para entender la lucha de los presos sociales durante la llamada Transición y la exclusión de estos de la amnistía. En su intervención y en la conversación mantenida con AraInfo, advierte que aquel proceso no supuso una ruptura real, sino una “Transacción” que mantuvo intactas muchas de las estructuras de control y castigo del franquismo.
Durante la presentación, Pont tuvo también un recuerdo para los presos de la COPEL fallecidos en el motín de 1978 en esta misma cárcel de Torrero, subrayando la importancia de la memoria en un espacio que hoy funciona como lugar de encuentro, pero que durante décadas fue escenario de represión. Un gesto que enlaza el pasado y el presente en un contexto en el que las cárceles siguen siendo espacios de sufrimiento invisibilizado.
A partir de su propia experiencia —marcada por el encierro, el aislamiento y la politización en prisión—, Pont analiza en esta entrevista la situación actual de las cárceles y advierte de la normalización social de un sistema que considera estructuralmente violento. Frente a ello, reivindica la organización colectiva y la solidaridad como herramientas imprescindibles para resistir y confrontar una realidad que, lejos de transformarse, sigue reproduciendo las mismas lógicas de exclusión y castigo.
La COPEL puso en jaque al sistema penitenciario en plena Transición. Casi medio siglo después, ¿qué conquistas de aquella lucha siguen vigentes y cuáles se han perdido por el camino?
Si se puede considerar como “conquistas” de aquella experiencia de lucha de la COPEL, serían las mejoras que proporcionó la Ley General Penitenciaria. Las comunicaciones vis a vis, el mejor estado arquitectónico de la cárcel como edificio o las, entre comillas, “comodidades” de las celdas. Pero eso en detrimento del aumento de la distancia urbana de la cárcel como arquitectura, de la relación social y de las familias. En cuanto a las reivindicaciones de la COPEL de la época, prácticamente no se consiguió ninguna. No se consiguió la inclusión en la Ley de Amnistía, no se consiguió la depuración de funcionarios de prisiones y policías franquistas o torturadores. La derogación de la Ley de Peligrosidad Social tuvo que esperar hasta 1996. Creo que no conseguimos mejoras en cuanto a la problemática de las y los presos y la aceptación social de la cárcel, con una mirada contributiva o crítica.
En ‘Entre el azar y la necesidad’ vinculas tu vida personal con una realidad de clase marcada por la exclusión. ¿Hasta qué punto tu historia es individual o representa a toda una generación duramente castigada?
La individualidad en estos contextos no existe nunca. El libro se enfoca desde mi experiencia de vida y mis conclusiones, pero siempre reflejada de una forma colectiva. Cuando te empoderas de una forma política, más o menos clara, te das cuenta de que perteneces a un sector social estigmatizado y precarizado. Los candidatos necesarios para poblar toda la maquinaria represiva y de control social: cárceles, leyes penales, etcétera. Es el origen social, especialmente, el eslabón fundamental que sirve para reproducir esta dinámica de sufrimiento.

En tu libro planteas que las cárceles del franquismo no se abolieron, sino que se perfeccionaron, y que no hubo una ruptura real tras la Transición. ¿Qué ejemplos actuales te dan la razón?
Respecto a las cárceles, está claro que el aumento de la población carcelaria ha sido exponencial. Como referencia, cuando se concede el único indulto que dio el cambio de régimen de la Transacción (sic), quedaban unos 9.000 o 10.000 presos sociales, o presos comunes como dicen los medios generalistas, y en la actualidad oscilan entre 60.000 y 70.000 presos y presas aproximadamente. Como referencia, en las cárceles de mujeres en la época había unas 500 presas. En la actualidad hay entre 4.000 y 5.000 presas en las cárceles del Estado español. La aceptación social de la cárcel es una realidad bastante cruel que legitima la cadena interminable de muertes en prisión, la prevalencia de enfermedades que se creían erradicadas como la tuberculosis, la pervivencia del SIDA que no acaba de erradicarse nunca, bien relacionada con las politoxicomanías o bien con el consumo dentro de la cárcel. Sobre todo, de heroína, que todavía se sigue consumiendo, no con la intensidad de aquellos años, pero sí puntualmente en determinadas cárceles. Creo que, más que una evolución, es una involución, especialmente en la relación que tiene la cárcel con la sociedad. Hoy está aceptada de una forma totalmente pasiva. Excepto honradas excepciones, como puede ser AraInfo, los diarios de orientación libertaria o algunos periódicos de Euskal Herria que informan puntualmente de lo que pasa en las cárceles, el resto de los medios generalistas prácticamente no informan nada. Está consolidado el nuevo funcionamiento carcelario, con toda la cadena y la amenaza de aumento previsible de la población penitenciaria.
El informe de la campaña Salud y Libertad, presentado recientemente en el marco de la XXIII Marcha contra la macrocárcel de Zuera, habla de sobremedicalización, abandono psiquiátrico y tasas de suicidio muy elevadas. ¿Qué responsabilidad política hay detrás de esta situación y qué habría que cambiar de forma urgente?
Hay una responsabilidad política evidente. La desatención sanitaria en prisión y todo lo que ocasiona —muertes, sufrimiento, dificultad para exigir un derecho que legitima la Constitución española y el entramado de leyes, como es el derecho a una asistencia sanitaria gratuita—. Todas las dificultades existentes configuran el panorama de una cadena interminable de muertes. En prisión hay unas estadísticas que reflejan, más o menos, un arco de 125 a 200 muertes anuales en todas las cárceles del Estado. Esto se consiente por una ilegalidad clarísima: la falta de cumplimiento de las responsabilidades que tiene, en este caso, el Ministerio del Interior, con el derecho a la sanidad dentro de las cárceles.
“Gracias a la solidaridad se puede mantener viva la llama de esperanza y la posibilidad de no sucumbir dentro de las cárceles”
COPEL nació desde dentro de las prisiones, con autoorganización y conflicto directo. ¿Ves hoy capacidad real de organización colectiva en las cárceles o el sistema ha aprendido a desactivarla?
Las nuevas formas de control social de los estados contemporáneos, sobre todo los occidentales y algunos experimentos en sociedades que todavía no están económicamente tan consolidadas como puede ser Europa —hablo de El Salvador, Honduras o Ecuador—, muestran un modelo de control social, carcelario, penal y policial que funciona de una forma totalmente eficaz. Como referencia, las cárceles como construcciones panópticas eran una forma primaria del control eficaz. En la actualidad, la construcción modular, con pocos presos en cada módulo, dificulta la consolidación de una relación colectiva, no ya a nivel de comunidad de lucha, sino simplemente para defender, por ejemplo, el derecho a la sanidad que comentábamos antes. Es sangrante que los presos y presas admitan de forma pasiva que no tienen una asistencia sanitaria, que es obligación del Estado. Esto es un ejemplo claro de la pasividad con la que se acepta la injusticia. La experiencia de COPEL, en un contexto político muy influenciado por la cercanía de la dictadura franquista y por las luchas sociales de la Transición y las movilizaciones populares que había por infinidad de causas, hoy en día no se dan. Las cárceles son un reflejo de la sociedad. La sociedad en la actualidad, excepto historias muy puntuales, como puede ser la movilización contra el genocidio palestino o lo que llaman guerra contra Irán, el resto, bueno, sobre todo con temas que han conseguido que sean marginales, que no existan en los medios, por lo tanto no existen en la estimulación del pensamiento crítico para que la sociedad en conjunto tenga conciencia de lo que pasa en las cárceles.
Tú entras muy joven en las cárceles del sistema franquista. En el libro explicas un proceso de politización. ¿En qué momento entiendes que tu rebeldía deja de ser individual y pasa a ser colectiva?
En la muerte de Franco yo estaba en el Puerto de Santa María en aislamiento y tenía relación con un grupo de compañeros presos de la Bretaña francesa que recibían el diario Liberation. En el contexto de censura tan fuerte que todavía pervivía en el Estado español, los periódicos dentro de la cárcel prácticamente había que cogerlos con pinzas por la censura que había, y paradójicamente yo tenía información a través de estos compañeros de todas las movilizaciones y luchas sociales que se estaban dando en Europa. Mayo del 68 como paradigma y como inicio de esos años 70, que fueron muy ricos en cuanto a luchas sociales. Ahí empecé especialmente a empoderarme políticamente y también por mi intención de eludir la pasividad en la aceptación sumisa de la cárcel. Yo me negué a trabajar y me metieron en aislamiento. La cárcel dentro de la cárcel, en el telón de acero del Puerto de Santa María. Yo tenía acceso a libros, a literatura muy nutritiva, porque se había dado una transición en el prototipo de presos que comenzaban a entrar en las cárceles. Ya no eran los pequeños delitos de delincuentes, como etiqueta, cometidos por sectores sociales precarizados o marginados. Empezaban a entrar un nuevo tipo de presos, más o menos de clase media, con formación universitaria: uso de drogas, manifestaciones estudiantiles… que no eran presos políticos, pero en los que el régimen hacía redadas colectivas y empezaban a poblar, especialmente, las galerías de Carabanchel. Este contacto fue muy fructífero para mí porque me proporcionó la posibilidad de tener acceso a literatura nutritiva. Por ejemplo, el descubrimiento de la lucha de los Panteras Negras y la forma de organización desde la base, en sus barrios, en sus lugares de residencia y la potencia autoorganizativa para resolver sus propios conflictos. Recuerdo que me abrió mucho la mente para entender que la delegación de la resolución de los conflictos de tus barrios o de tus colectivos en el Estado es sumisión. Por otra parte, no es algo nuevo. Las colectividades, a lo largo de la historia, tenían sus propias formas de resolución de conflictos, como los clanes gitanos, por ejemplo, a través del patriarca. Sin embargo, de una forma progresiva, hemos ido aceptando y delegando en que sea el papá Estado el que resuelva nuestros problemas.

¿Cómo se sobrevive al aislamiento?
Con imaginación y recursos insospechados. Se puede caer en la rutina de repetir mecánicamente porque tienes una ausencia total de estímulos enriquecedores. Yo cuento la anécdota de aprovechar las baldosas del suelo para utilizarlas como tablero de ajedrez mediante unas fichas de papel que me agencié. También hacía meditación y footing dentro de la celda, que eran de tres por dos. De alguna forma utilizas el espacio tan reducido para tratar de dosificar tu energía y que la acumulación de energía tóxica no llegue a enfermarte. Para mí era clave. Yo hacía yoga dentro de la celda. Trataba de aislarme, de aceptar, en ese momento, el aislamiento, pero de una forma útil. Esto significaba mayor capacidad de autocontrol y resistir a las provocaciones de los carceleros, de los funcionarios de prisiones de la época. Recuerdo en el Puerto de Santa María que yo hacía de una forma sistemática este método cotidiano. Escribía y dibujaba mucho cuando estaba en una fase de aislamiento menos intensa. Me permitía permanecer activo psicológica y físicamente. De alguna forma, aprovechar el tiempo.
Si tuvieras que lanzar un mensaje a quienes hoy se movilizan contra el sistema penitenciario, ¿cuál sería?
Siempre agradecido a esa entrega solidaria sin ninguna recompensa. Es una entrega muy generosa, a veces dura, sacrificada, porque ni siquiera hay un reconocimiento social a este acompañamiento, a esta solidaridad. Sobre todo, persistencia. Contribuir a mantener esa llama de esperanza, de resistencia, porque toda la cadena de sufrimiento que supone la dinámica de reformatorios, de cárcel, etcétera, si no hay un apoyo social, la amenaza de destrucción es absoluta. Gracias a esa solidaridad se puede conseguir mantener viva la llama de esperanza y la posibilidad de no sucumbir dentro de las cárceles.

