El mapa político británico ha saltado por los aires. Las elecciones celebradas este pasado jueves en Gales, Escocia y buena parte de Inglaterra han confirmado una profunda crisis del bipartidismo británico y un fuerte avance de las fuerzas soberanistas e independentistas de izquierda, así como un avance menor de la ultraderecha nacionalista. El golpe más simbólico se ha producido en Gales, donde por primera vez desde la creación del autogobierno galés en 1999 la formación independentista de centro-izquierda Plaid Cymru ha ganado las elecciones al Senedd y se ha convertido en la principal fuerza política del país.
La formación liderada por Rhun ap Iorwerth ha obtenido 43 escaños en el Parlamento galés, quedándose cerca de la mayoría absoluta y consolidando el mejor resultado de su historia. El vuelco electoral supone el fin de más de un siglo de hegemonía laborista en Gales y una derrota sin precedentes para el partido de Keir Starmer.
El Partido Laborista galés ha caído hasta los 9 escaños, pasando a ser tercera fuerza y registrando su peor resultado histórico. La hasta ahora ministra principal de Gales, Eluned Morgan, ha perdido incluso su propio asiento parlamentario y ha anunciado inmediatamente su dimisión.
Pero el terremoto político galés no se explica solo por el ascenso soberanista de izquierdas. La ultraderecha británica de Reform UK, liderada por Nigel Farage, ha irrumpido con fuerza convirtiéndose en la segunda formación del país con 34 escaños. El partido ultra, heredero político del UKIP del Brexit, ha capitalizado parte del descontento social en antiguos bastiones obreros laboristas y ha consolidado un discurso ultranacionalista británico, antiinmigración y contrario a las políticas climáticas. Reform UK es socia de la Internacional Trumpista, que en el caso de Aragón representa la coalición PP-Vox de la nueva DGA.
La combinación del ascenso independentista socialdemócrata y el auge ultraderechista deja a Gales ante un escenario político completamente inédito. Por primera vez desde la descentralización británica, el unionismo laborista no liderará el gobierno galés y el eje político ha virado claramente hacia opciones que cuestionan el actual modelo territorial del Reino Unido.
Escocia consolida el bloque soberanista de izquierdas
En Escocia, el Scottish National Party (SNP) ha vueto a imponerse y ha encadenado una nueva victoria electoral, reforzando su papel como principal fuerza política escocesa. El partido liderado por John Swinney logró una quinta victoria consecutiva y se quedó nuevamente cerca de la mayoría absoluta en Holyrood.
Aunque el SNP perdió algunos escaños respecto a anteriores convocatorias, logró mantener una clara ventaja sobre laboristas y conservadores, en un contexto marcado también por el crecimiento de Reform UK en determinadas zonas industriales y periféricas del país.
El resultado escocés refuerza la continuidad del independentismo de izquierdas como principal corriente política del país y vuelve a situar sobre la mesa el debate sobre un nuevo referéndum de autodeterminación. El SNP y los Verdes escoceses mantienen una mayoría favorable al derecho a decidir sobre su independencia, mientras Londres continúa rechazando cualquier negociación sobre una nueva consulta.

Crisis del laborismo británico
Las elecciones han supuesto además el primer gran castigo electoral al gobierno laborista británico desde la llegada de Starmer a Downing Street. El Labour sufrió fuertes retrocesos en Inglaterra, Escocia y especialmente en Gales, perdiendo numerosos gobiernos locales y buena parte de sus tradicionales feudos obreros.
Medios británicos e internacionales coinciden en señalar el creciente desgaste del ejecutivo laborista, acusado de mantener políticas económicas continuistas y de derechas, recortes sociales y posiciones cada vez más conservadoras en materia migratoria y de seguridad.
El hundimiento laborista ha abierto además una fuerte crisis interna. Diversos sectores del partido cuestionan ya el liderazgo de Starmer tras unos resultados que consolidan la fragmentación política británica y evidencian el debilitamiento del viejo sistema bipartidista.
Mientras tanto, tanto en Escocia como en Gales, las fuerzas soberanistas de izquierdas salen reforzadas de unas elecciones que muestran un Reino Unido cada vez más tensionado territorialmente, menos cohesionado políticamente y atravesado por una creciente disputa entre el proyecto ultranacionalista de derechas de Reform UK y el independentismo socialdemócrata periférico.

