Murciélagos, pandemias y capitalismo: cuando la naturaleza pasa factura

¿Pero qué tienen que ver las pandemias zoonóticas como la COVID-19 con el desarrollo de nuestro sistema económico? ¿El capitalismo podría caer por una pandemia transmitida por un animal aparentemente despistado? Estamos ante la necesidad de construir una alternativa política de la clase trabajadora. Frente a la miseria y precariedad que nos asfixia la construcción del socialismo pasa a ser una cuestión de supervivencia.

Murciélagos, pandemias y capitalismo: cuando la naturaleza pasa factura
Foto: Amr Miqdadi unsplash

El pasado 11 de marzo hacíamos cinco años de aquel miércoles negro en el que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró a la COVID-19 como una pandemia mundial. Desde entonces, según esta organización, se estima que la enfermedad provocó más de 777 millones de contagios así cómo la muerte de entre 7 y 15 millones de personas. También, se dió, en boca de Jeffrey Currie, jefe internacional de productos de Goldman Sachs, una de las contracciones económicas más rápida y profunda de la economía en el último siglo. Toda actividad económica considerada como no esencial se detuvo bajo orden estatal. Los “ricos” vieron su sillón moverse, los “pobres” se hicieron más pobres, el planeta recuperó el pulmón durante unos meses y todo el mundo temió la caída precipitada del sistema económico y social actual, que ya venía y viene cavando su propia tumba. La COVID-19 fue una de las tantas zanjas de la tumba que menciono.

¿Pero qué tienen que ver las pandemias zoonóticas como la COVID-19 con el desarrollo de nuestro sistema económico? ¿El capitalismo podría caer por una pandemia transmitida por un animal aparentemente despistado?

Para responder estas preguntas debemos comenzar por explicar la segunda contradicción del capitalismo, o contradicción capital-medio. James O’Connor, quién acuñó el término mencionado, explica que los sistemas económicos capitalistas, basados en el mercado, fundamentan su supervivencia en una reproducción continua de capital. Para ello, a partir de tecnología y factores productivos (recursos naturales, trabajo, etc.), producen constantemente mercancías que deben ser consumidas para seguir generando e incrementando las tasas de ganancia del capital favoreciendo el afamado crecimiento económico. Estos ritmos frenéticos de consumo y crecimiento chocan irremediablemente con la capacidad de carga de un planeta con recursos y capacidad de renovación finitos. Veamos cómo dicha contradicción se expresa precisamente en la casuística de las pandemias zoonóticas y, en concreto, en el paradigmático ejemplo de la COVID-19.

En el año 2008 ya existían publicaciones científicas que avisaban del significativo incremento de enfermedades infecciosas a lo largo del mundo, situación que continuaría siendo confirmada por estudios posteriores, llegando a establecer que a día de hoy de las enfermedades infecciosas que se originan en el planeta entre dos tercios y tres cuartas partes de ellas son zoonosis, y que prácticamente el 100% de las pandemias tienen un origen zoonótico.

Tal y como señalan autores como David Quammem este incremento sin precedentes se debe, en gran parte, a la considerable pérdida de biodiversidad propiciada por el ser humano, o más bien, por la economía capitalista. Esta circunstancia junto con otros factores también relacionados con el sistema productivo, derivan en un escenario de aumento del riesgo de sufrir pandemias zoonóticas que, como pudimos experimentar con el COVID-19, tienen el potencial de trastocar la vida tal y como la conocemos.

Para entender la enjundia del asunto debemos empezar por el principio

Una zoonosis es una enfermedad infecciosa que se transmite desde animales a seres humanos, pudiendo ser el organismo causante de la enfermedad un virus (coronavirus, por ejemplo), una bacteria, un hongo o un parásito. En el caso de la COVID-19, fue una enfermedad causada por el coronavirus SARS-CoV-2 cuyo huésped original fue un murciélago, desde el cual el virus pasó a algún espécimen de pangolín, que entró en contacto con varios seres humanos en un mercado de Wuhan. En ese mercado seguramente había tráfico ilegal de especies, o como mínimo, era un mercado en el que se hallaban muchos animales cazados en la naturaleza, bajo no demasiado control sanitario, encontrando por lo tanto un buen bazar de patógenos.

Antes de nada, cabe mencionar que tanto los coronavirus como los murciélagos han sido y son perfectos candidatos para generar pandemias zoonóticas. Los primeros, los coronavirus, porque, debido a que su información genética está codificada en forma de una sola cadena de ARN, cuentan con una extraordinaria capacidad para mutar y generar nuevas combinaciones genéticas que les permitan adaptarse al entorno. Los segundos, los murciélagos, portan numerosos patógenos a los que son inmunes, gracias a sus infalibles sistemas de defensas, pero que igualmente pueden transmitir a organismos más débiles. Además, como consecuencia de su capacidad para volar, que también supone de por sí una ventaja para la transmisión zoonótica, cuentan con unos metabolismos basados en temperaturas altas que fuerzan a los patógenos a adaptarse a vivir a unas temperaturas febriles. Asimismo, los murciélagos son gregarios, de manera que intercambian virus constantemente, propiciando un ambiente ideal para la inmunidad de rebaño y para la evolución y generación de nuevas cepas y virus. Estamos ante el cóctel perfecto, no hacía falta creerse una teoría conspiranoica contra China para explicar la aparición de un virus tan letal.

Las cadenas de transmisión de estos virus no solían prosperar tanto como para alcanzar a las poblaciones humanas hasta que los huéspedes de estas cadenas fueron siendo eliminados y estresados como consecuencia de los impactos ambientales. Si antes un virus debía pasar por seis seres antes de llegar a nosotras (muchas veces era eliminado por sistemas inmunitarios de otros animales), ahora le vale con pasar por 3. Esta función de “cortafuegos” que ejerce la naturaleza recibe el nombre de efecto dilución, a mayor biodiversidad, menor riesgo de transmisión zoonótica, este es el mantra.

 ¿Qué actividades económicas generan la disminución de biodiversidad? Aquí está la clave

La actividad por excelencia que destruye la biodiversidad es la deforestación, que está siendo especialmente alta en las selvas tropicales y en el ecuador como consecuencia de la extensión de modelos de agricultura intensiva y monocultivo, liderada por grandes empresas cuyas aspiraciones de maximización de beneficios chocan con las dinámicas de renovación de los ecosistemas. Extractivismo puro y duro. Por dar un dato, los monocultivos de carne de vacuno, soja, aceite de palma y productos derivados de la madera fueron los causantes de un cuarenta por ciento de la deforestación tropical entre el 2000 y el 2011.

Asimismo, aparte de la destrucción del efecto de dilución ya mencionado, la deforestación, por un lado, genera fragmentación de los ecosistemas, de forma que los seres humanos estamos más en contacto con las especies salvajes, y por otro, expulsa a los seres vivos de su hábitat, de manera que éstos se desplazan a nuevas zonas en las que, en muchas ocasiones, entran en contacto con seres humanos o animales domésticos que anteriormente les eran ajenos.

Otra de las actividades económicas que propician este contacto zoonótico es la caza para el negocio de la carne salvaje, un mercado cuyos consumidores principales son hombres jóvenes y de la alta burguesía. Es cierto que solo un 2% de las enfermedades zoonóticas transmitidas entre 1940 y 2005 fueron debidas a la carne salvaje frente a un 40% que vieron su causa en la deforestación, pero igualmente no debemos subestimar el potencial de esta actividad económica, sin ir más lejos es la que permitió encontrar pangolines con SARS-CoV-2 en el mercado de Wuhan.

Por último, algunos otros factores que propician el desarrollo exitoso de las transmisiones zoonóticas son el transporte internacional, que permite a un virus volar entre Wuhan y Uesca en cuestión de horas, el ecoturismo debido al acercamiento a lo “exótico”, la industria ganadera, el uso excesivo de pesticidas y antibióticos pues reduce la biodiversidad y fortalece a los microbios, y como no, el cambio climático. El calentamiento global empuja a los animales a migrar hacia latitudes cada vez más altas con lo que se producirán nuevos encuentros entre patógenos dispuestos a recombinarse como nunca. A su vez, debido al aumento de temperaturas, animales vectores de enfermedades como los insectos podrán expandir su área de distribución, alcanzando lugares en los que anteriormente hacía demasiado frío para ellos. Por no hablar de las sequías, que fuerzan a las hembras de diferentes animales vectores a migrar a zonas más lejanas y con presencia de agua en las que poder reproducirse. En este sentido, las tres epidemias de coronavirus que se han desarrollado a lo largo de este milenio han estado relacionadas con periodos de sequía: el SARS se produjo tras una importante sequía en Cantón, el MERS se originó en Yeda, cuyo clima destaca por ser árido y seco, y el SARS-CoV-2 empezó mientras en Wuhan se estaba viviendo la peor sequía de los últimos cuarenta años.

Y así, con todo lo expuesto, es cómo se explica la manera en que un aparentemente simple murciélago desata una pandemia a escala mundial y hace tambalear la estabilidad del sistema capitalista, apreciando una vez más cómo se manifiesta la contradicción capital-medio.

Sin embargo, las pandemias zoonóticas no son las únicas bazas de esta baraja en la que muchas cartas se están jugando a la vez: cambio climático, destrucción de las poblaciones de polinizadores, agotamiento de los suelos, acidificación de océanos, escasez de aguas, y así con un largo etcétera de procesos de degradación que amenazan la supervivencia de nuestra especie y de muchas más. No obstante, antes de que desaparezca el ser humano dejando un apetecible nicho ecológico que ocupar, será la clase obrera la que sufrirá y la que está sufriendo de hecho las consecuencias de la crisis ecológica.

En este sentido, actualmente el abordaje estatal de la crisis ecológica responde a la protección de los intereses de la clase capitalista, aunque sus productos verdes y su Green New Deal se cubran de una gloria ambiciosa y aparentemente revolucionaria. Son numerosos los ejemplos, pero por no irnos mucho de la temática zoonótica, si los Estados tomaron medidas inminentes y radicales para frenar la COVID-19 fue precisamente por la cronología de las víctimas. Tal y como señala Andreas Malm, los ricos y los pobres ocupan extremos opuestos en la cronología de las víctimas del coronavirus y del cambio climático. Así como los países del Sur Global se están viendo más afectados por el cambio climático que los del Norte, la pandemia de la COVID-19 encontró su mayor foco de víctimas en los países ricos del Norte: los diez países con más muertes por COVID-19 a finales de marzo eran, en orden descendente Estados Unidos, Italia, China, Estado español, Alemania, Francia, Irán, Reino Unido, Suiza y Países Bajos. Hasta ahora la población de los países más desarrollados y la burguesía internacional no habían sufrido de forma tan acuciante los síntomas de la crisis ecológica, sin embargo, con la COVID-19 este paradigma cambió.

Otro ejemplo de cómo lo verde no pinta tan bien lo tenemos en nuestras propias tierras aragonesas con las instalaciones de macro parques eólicos y de placas fotovoltaicas. Aunque los envuelve un aura de supuesta transición ecológica y progreso para las zonas rurales, en la realidad estamos ante proyectos completamente insostenibles que no sólo afectan a los ecosistemas si no también a las personas que allí viven, pues ven cómo su identidad cultural y sus condiciones de vida se ven socavadas por 4 especuladores del clima. Forestalia no aspira al desarrollo humano sostenible, aspira a rentabilizar nuestras tierras ante un sistema económico en el que el capital debe reciclarse, esta vez bajo la pomposa capa verde de los ODS.

El capitalismo verde del que hablamos achaca el origen de la insostenibilidad a los fallos de mercado, que surgirían como consecuencia de una asignación ineficaz de los recursos derivada de la indefinición de los derechos de propiedad de los bienes y servicios ambientales. Es por ello que propone unas líneas de actuación que consisten en definir correctamente los derechos de propiedad sobre el medio ambiente integrándolo en el mercado como un factor productivo. En otras palabras, privatizar la naturaleza.

Frente a esta corriente que hegemoniza las políticas ambientales de los partidos de toda índole parlamentaria surgen también otras propuestas como el decrecimiento, defendido por autores como Carlos Taibo o Kate Raworth y su economía del donut. Sin embargo, estos autores pecan de la defensa de un decrecimiento en abstracto, que deja al margen el vínculo entre la crisis ecológica y las limitaciones del sistema de libre mercado.

Por otro lado, también surgen visiones ecofascistas que pretenderían preservar los recursos naturales y los servicios ambientales para la minoría o la raza privilegiada. Aunque en el Estado español la extrema derecha suele optar por visiones más bien negacionistas, al igual que en EEUU, hay otras derechas europeas como la de Le Pen que sí coquetean con estas ideas. En un futuro en el que nuestra vida esté aún más marcada por la escasez de recursos, la crisis ecológica y el auge de los discursos racistas y reaccionarios no sería de extrañar que las posiciones ecofascistas cobren más fuerza en la escena política y social.

Y entonces, ¿qué nos queda?

Para empezar y como ya he venido sugiriendo, comprender que la crisis ecológica es indisociable de la crisis capitalista dado que la primera forma parte de la segunda. La crisis capitalista, tal y cómo señala Gonzalo Gallardo en “Marx XXI Independencia política” no es otra cosa que una crisis de reproducción del capitalismo como forma social integral, es decir, una crisis de su capacidad para reproducir su relación de clase y lógica social capitalista en el tiempo y el espacio. De esta forma, dentro de dicha crisis tenemos tanto la crisis ecológica como la crisis de rentabilidad, de productividad, de sobreendeudamiento y así con un largo etcétera de zanjas que cavan la tumba de este sistema, llevándose por delante a la clase obrera internacional, y especialmente a la de los países del sur.

Por ello, la solución no pasa por un populismo verde marcado por su característico tufillo a electoralismo oportunista, pues su propuesta de transición ecológica desde el seno del Estado capitalista hace aguas al ver cómo éste último aparece como actor protagonista de las graves crisis que atravesamos. Los votos cada vez valen menos en un escenario en el que las migajas de la socialdemocracia no alimentan más bocas y en el que el planeta empieza a estar en números rojos.

Hay momentos de ruptura y conflicto, y uno de esos es este

Estamos ante la necesidad de construir una alternativa política de la clase trabajadora. Frente a la miseria y precariedad que nos asfixia la construcción del socialismo pasa a ser una cuestión de supervivencia.

Autor/Autora

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de nuestra política de cookies, pincha el enlace para más información.

ACEPTAR
Aviso de cookies