Las loas de un Ayuntamiento partido en dos: entre la solidaridad real y la propaganda ideológica

El acto institucional de entrega de Medallas y Distinciones de la Ciudad de Zaragoza ha vuelto a evidenciar el doble rostro del actual gobierno municipal. Entre los nombres reconocidos conviven proyectos que representan la solidaridad, el arte transformador y el compromiso con los derechos humanos, con otros que encarnan el retroceso social, el adoctrinamiento y la apropiación ideológica de lo público.

Natalia Chueca entra en el pleno acompañada de Paloma de Yarza, presidenta de Heraldo de Aragón. | Foto: AZ

Las loas pronunciadas en el Salón de Plenos dibujaron una Zaragoza dividida. Por un lado, Casa Palestina, Believe in Art y el Cuerpo de Bomberos llenaron el acto de sentido común, de humanidad y de servicio público. Por otro, el reconocimiento a la Casa Cuna Ainkaren y la Medalla de Oro a Paloma de Yarza, presidenta de Heraldo de Aragón, se convirtieron en la escenificación de un relato provida y conservador que el equipo de Natalia Chueca lleva meses institucionalizando a golpe de presupuesto y ceremonia.

La loa a Casa Palestina de Aragónrepresentada por Reema Souqi—, leída por Elena Tomás Bona, fue una de las pocas voces capaces de romper la monotonía institucional para poner en el centro la denuncia del genocidio en Gaza. Con un tono valiente y comprometido, recordó que “Palestina no está sola” y que Zaragoza debe ser ciudad de paz y justicia. La mención al hermanamiento con Belén y al deber de solidaridad internacional contrastó con el silencio cómplice de Europa y de tantas instituciones locales que prefieren mirar hacia otro lado. Fue, sin duda, el momento más político y más digno del acto.

También la distinción a Believe in Art brilló con luz propia. La loa de Lola Ranera reivindicó el poder del arte para humanizar los hospitales y curar más allá del cuerpo. Tres mujeres —María Luisa Grau, Beatriz Lucea y Marisa Vela— que han convertido la creatividad en una herramienta de esperanza, pintando paredes y sonrisas en espacios de salud pública. Frente al discurso del miedo y la culpa, Believe in Art representa todo lo contrario: la belleza como acto de resistencia, la cultura como derecho y la empatía como motor de cambio.

El reconocimiento a los Bomberos de Zaragoza fue otro de los pocos consensos posibles. La intervención de Ángel Lorén y las palabras del cuerpo destacaron el valor de quienes arriesgan su vida cada día sin esperar nada a cambio. En tiempos de precariedad y recortes, su ejemplo de servicio público, cooperación y entrega se siente como una lección silenciosa frente al egoísmo político que inunda el Ayuntamiento.

Pero la coherencia del acto terminó ahí. Porque el título de Hija Predilecta a Teresa González Campos, presidenta de la Casa Cuna Ainkaren, volvió a situar en el centro del Salón de Plenos el ideario “provida” que Vox ha impuesto dentro del gobierno municipal. La loa, leída por la instructora Eva María Torres Pulido, presentó a Ainkaren como “defensora de la vida del no nacido”, obviando que su trabajo excluye la libertad de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo y que su discurso se alinea con los mismos grupos que impulsan campañas contra el aborto y la educación sexual.

Reconocer públicamente a una asociación abiertamente antiabortista, en una ciudad que recorta ayudas a entidades feministas y culturales, es más que una incoherencia: es un mensaje político claro. Es premiar el adoctrinamiento bajo la apariencia de caridad.

La otra gran distinción, la Medalla de Oro a Paloma de Yarza López-Madrazo, presidenta de Heraldo de Aragón, completó el cuadro. La alcaldesa Natalia Chueca dedicó buena parte de su loa a ensalzar el “compromiso” del periódico con la verdad y la independencia, ignorando que Heraldo se ha convertido en portavoz habitual del gobierno municipal y en altavoz del relato conservador en Aragón. Bajo la apariencia de neutralidad institucional, el homenaje fue en realidad un gesto de gratitud hacia uno de los principales aliados mediáticos del PP y Vox, con un discurso cargado de nostalgia elitista y de autoensalzamiento familiar.
La “saga” de los Yarza volvió a ocupar el lugar central de un Ayuntamiento que parece olvidar que la prensa libre no se premia desde el poder, se respeta garantizando pluralidad y transparencia.

Las loas de este 2025 han dejado claro que Zaragoza no está unida, sino polarizada. Que mientras unas trabajan para hacer la ciudad más humana, más bella y más justa, otras la utilizan como escaparate ideológico. El contraste entre las palabras de apoyo a Palestina y las de exaltación provida fue tan evidente que ni la solemnidad del acto pudo disimularlo.

En el mismo Salón de Plenos donde se reconocía el trabajo solidario y artístico de quienes pintan hospitales o arriesgan la vida entre el fuego, se aplaudía también a quienes recortan libertades en nombre de la fe o de la familia. Una Zaragoza que premia a Believe in Art, a Casa Palestina y a los Bomberos sigue viva y resistente. Otra, la que glorifica a Ainkaren y blanquea al Heraldo, es la que busca imponer su moral y controlar los símbolos de lo público.

Y en medio de ambas, la ciudadanía, que asiste con estupor a cómo las medallas y los honores de la ciudad se han convertido en un tablero más de la cruzada ideológica del gobierno municipal.


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