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Las ciudades del 15M

En 2015, en las elecciones municipales, se produjo una conmoción que nadie preveía, incluso después de 4 años del 15M. Aquel movimiento popular de indignación contra los recortes y la corrupción tomó las calles de España, puso contra las cuerdas al gobierno, a los políticos “profesionales” que llevaban décadas en algún asiento y a las...
| 16 enero, 2019 13.01
Las ciudades del 15M
Acampada del 15M en Zaragoza, mayo de 2011. Foto: Primo Romero

En 2015, en las elecciones municipales, se produjo una conmoción que nadie preveía, incluso después de 4 años del 15M. Aquel movimiento popular de indignación contra los recortes y la corrupción tomó las calles de España, puso contra las cuerdas al gobierno, a los políticos “profesionales” que llevaban décadas en algún asiento y a las cúpulas bancarias que venían de fagocitar la banca social que formaban las cajas de ahorros y que habían provocado una burbuja especulativa inmobiliaria sin parangón histórico en todo el mundo. Trascendió nuestras fronteras y se convirtió (o eso parecía) en un referente internacional de lucha contra las políticas de las élites económicas que empeoraban las condiciones de vida de la gente, de las familias, hasta el extremo de dejarlas en la calle, sin hogar y sin medios para sobrevivir.

El hartazgo con unos políticos que se habían profesionalizado hasta el extremo, llevando muchos años dedicados a ello y a los que no les bastaba los elevados sueldos y dietas que ellos mismos habían establecido, que aún se animaban a usar el dinero público en comilonas o prostitución o llevándoselo a guaridas fiscales o acordando con empresas (habitualmente grandes) la entrega de sobornos a cambio de la concesión de contratos públicos. Mientras duró la burbuja especulativa creada y alimentada por los gobiernos de Europa y de los países europeos, el desvío de grandes cantidades de dinero público a intereses privados fue poco conocido y muy tolerado por una sociedad narcotizada por un consumo creciente y sin visos de finalizar.

Pero aquel sistema estaba (y está) basado en la creación de dinero artificial por parte de los bancos privados. El Tratado de Amsterdam de 1998 (primera revisión del Tratado de Maastricht) ideó, en plena vorágine neoliberal, un Banco Central Europeo que ni es banco (porque su principal función es controlar), ni es central (porque no financia estados) ni es europeo (porque ha sido dirigido por la banca internacional); evitando, así, que fuera el sector público el beneficiado por esta industria (la de fabricación de dinero). Así, el Banco Central Europeo, que recibe financiación de los estados europeos, presta dinero a muy bajo tipo de interés (actualmente 0%) a los bancos privados. Con este dinero, los bancos privados pueden fabricar un 9.900% más de dinero ficticio (cuentas bancarias) que venden a las familias o a los gobiernos con entre un 3 y un 52% de beneficio. El BCE, también, compra deuda de grandes empresas para estabilizar su cotización en los mercados secundarios. Sin embargo, por ley europea, el BCE no puede prestar a los gobiernos ni a las familias.

La irrupción en 2015 de multitud de agrupaciones y coaliciones municipalistas cuyo fin era devolver la iniciativa política al conjunto de la ciudadanía y arrebatársela al oligopolio de partidos que habían gobernado en una especie de turnismo camuflado, fue tal, que aún hoy no se conoce su enorme magnitud. Muchas de aquellas experiencias llegaron a los gobiernos de las ciudades cambiando los paradigmas “clásicos” de gobernar. Se puede reducir la deuda sin recortar en servicios públicos (Madrid y Zaragoza son claros ejemplos). La gestión pública es más eficiente que la privada si va acompañada de transparencia y participación que, al mismo tiempo, son antídotos contra la corrupción y su opacidad. Mejorar el entorno medioambiental de los municipios no es un antojo caro sino una necesidad vital y una oportunidad económica. La igualdad y protección de las personas (independientemente de su sexo, religión o etnia) es una obligación de humanidad y hay recursos suficientes para ello. Sanidad, Educación y pensiones públicas no son un gasto, sino una inversión en bienestar social y económico.

Pero la importancia de este movimiento no se ha plasmado en los medios de comunicación, habitualmente resistentes a los cambios y, ni siquiera las personas que participan en los mismos, son conscientes de la extensión del mismo por todo el territorio. Por este motivo y por la necesidad de conectar esta multitud de experiencias enriquecedoras, darlas a conocer entre sí y al resto de la sociedad y aprovecharlas en cualquier parte para beneficio social, nació la idea de plasmarlas en un mapa, una a una y con sus características comunes y propias, consultable y que facilitara la conexión entre experiencias.

Este Atlas del Cambio presentó su primera fase en Barcelona en octubre de 2018 y lo hará en Zaragoza el próximo 16 de enero. Ahora hay que darle continuidad e ir incluyendo todas aquellas experiencias similares que se cuentan por cientos. Es un atlas vivo en la web ciudadesdelcambio.org.

La ciudad municipalista es radicalmente democrática, apuesta por profundizar los mecanismos democráticos impulsando medidas contra la corrupción, por una mayor transparencia, que potencien la participación ciudadana directa, la rendición de cuentas y el buen uso de los recursos públicos, utilizando la contratación pública con criterios sociales y responsables. Está cerca de la gente porque sus “representantes” no se han profesionalizado, no viven de ello, cobrando en la mayoría de casos un máximo de 3,5 Salario Mínimo Interprofesional (en la práctica, la mitad del salario del resto de ediles).

La ciudad municipalista es una ciudad más amable y habitable para pasear, jugar y encontrarse en los espacios comunes, calles, parques, plazas. Una ciudad más saludable, con más espacios naturales, en la que se puede respirar mejor porque lucha contra la contaminación y el cambio climático y mejor conectada gracias a un transporte público más eficiente. Una ciudad que promueve la soberanía alimentaria y la movilidad sostenible, en pos de una vida buena. Una ciudad que recupera el espacio urbano para disfrute de la vecindad, no con el fin inmobiliario especulativo.

La ciudad municipalista apuesta por la colaboración entre todos los agentes para generar economías estables y reales, que defiendan el empleo de calidad y la economía local, el pequeño comercio, reduciendo las desigualdades entre barrios y fomentando la cultura diversa y descentralizada; y todo ello con una fuerte apuesta por la economía colaborativa, social y solidaria, con la innovación e investigación.

La ciudad municipalista es una ciudad que cuida a todas las personas que la habitan, especialmente por las más desprotegidas, que sufren desigualdad o discriminación. Apuesta decididamente por empoderar y proteger a las mujeres, feminizando la política; defiende los derechos de los más vulnerables (mayores, jóvenes o infantes, personas LGTBIQ), creando planes de emergencia social pero también proyectos de largo plazo que aseguren una mayor equidad y redistribución de los recursos; proporciona asesoramiento y ayuda a las familias para defender sus derechos energéticos, habitacionales, etc.; es una ciudad de acogida, que defiende los derechos de las personas migrantes y refugiadas; aumenta su presupuesto en inversión social y crea espacios que acogen e incluyen a todo el mundo.

La ciudad municipalista es valiente y protege a sus habitantes contra los abusos, las malas prácticas y las amenazas de expulsión del vecindario ya sean de lobbies especuladores o personas individuales. Apuesta por la transición hacia un modelo energético sostenible potenciando el autoconsumo, la generación de proximidad y la energía 100% verde; defiende y municipaliza los bienes básicos como el agua y la energía, que el bipartidismo dejó en las manos especulativas de grandes empresas multinacionales; defiende el acceso universal a una vivienda digna y al uso común de la urbe; hace frente a Montoro o cualquier otro ministro que ataque la soberanía municipal recortando recursos; no tiene miedo de sancionar a grandes entidades como el Banco Santander, Endesa, Airbnb o el BBVA cuando anteponen sus intereses a los derechos de las personas; fomenta la banca ética y se siente orgullosa de su diversidad sexual y de género y se planta frente a las agresiones por razón de sexo, raza u orientación sexual.

La ciudad municipalista es, más que una opción política, una expresión de la gente. No dejemos que los intereses económicos la ninguneen o la destruyan. Debe crecer e inundar toda la sociedad con aquella ilusión de renovación que nos trajo el 15M. La esperanza en el futuro sólo puede basarse en anteponer la gente al dinero, en un mejor reparto económico y en una economía sostenible, social y medioambientalmente. El neoliberalismo ha fracasado (no podía ser de otro modo con los principios antisociales que lo engendraron), pero unos pocos viven muy cómodos en la desigualdad. La esperanza está en las Ciudades del Cambio.

16 enero, 2019

Autor/Autora

Portavoz de Zaragoza En Común.


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