Georgina Orellano: “La gesta sindical de las trabajadoras sexuales en Argentina nació en un calabozo”

La activista y sindicalista argentina, secretaria general de AMMAR y autora de “Puta feminista”, reivindica el derecho a nombrarse, cuestiona el punitivismo en los feminismos y denuncia la criminalización del trabajo sexual en un contexto de creciente violencia bajo el gobierno de Javier Milei

Georgina Orellano | Foto: Rocío Durán Hermosilla

Cuando Georgina me habló de trabajo sexual se volvió grande y creció y creció. Tanto que la silla se le empezó a quedar pequeña, apartó la mesa de un caderazo y se agachó para no chocarse con el techo como cuando Alicia se tomó aquel pastelillo en el País de las Maravillas. Si la entrevista hubiera durado unos minutos más habría tenido que sacar sus enormes taconazos por la puerta de la salita de la CGT. Quizás, yo no habría podido escribir esta entrevista porque me habría aplastado con todo lo que Georgina me contaba sobre sindicalismo y feminismo.

Georgina Orellano ​​​es una trabajadora sexual, prostituta callejera, feminista y activista argentina.​ Es la Secretaria General Nacional de AMMAR, el sindicato de Trabajadoras y Trabajadores Sexuales de Argentina, desde marzo de 2014. Hablé con ella gracias a Nunca Sin Nosotras que organizó la presentación de su libro “Puta feminista. Historias de una trabajadora sexual”, en un acto en Zaragoza el pasado 15 de abril.

Se me ocurrió acabar la entrevista preguntando por Milei. Y ahí fue cuando creció más y yo me volví más pequeña. Cuando terminó y solo había silencio entre las dos sentí que Georgina podría destruir la sala con solo un movimiento de sus enormes uñas de gel.

Hay una decisión política en nombrarse trabajadora sexual, ¿por qué?

Bueno, primero me reconozco y me nombro como trabajadora sexual un poco también como revelándome a categorías que durante mucho tiempo nos las han impuesto desde el estado, desde las instituciones, desde las ONG y también desde algunos sectores del feminismo.

Y también de los partidos políticos. Siempre que se han dirigido hacia nosotras o que han hablado sobre nuestro trabajo, las categorías que han utilizado son categorías que hacen un borramiento de nuestra decisión. También hay una infantilización a nuestras experiencias, a nuestras trayectorias de vida e imponen todo el tiempo una mirada victimizante.

Y justamente esa mirada y esas categorías son las que durante mucho tiempo han sido la base de construcción sobre los estigmas y sobre los imaginarios y eso ha tenido consecuencias e impactos en la vida nuestra.

Por eso para nosotras nombrarnos trabajadoras sexuales es un poco revelarnos a esas categorías, revelarnos a cierto lenguaje, revelarnos a un extractivismo que estuvo acostumbrado a hablar por nosotras y sobre nosotras y también porque reconocemos que es nuestro trabajo, que hay una decisión, que hay una voluntariedad, que hay una experiencia vital, colectiva, política, comunitaria que tiene que tener la posibilidad de ser escuchada.

En tu libro “Puta feminista” dices que el oficio más antiguo del mundo es condenar a las mujeres, ¿la criminalización del trabajo sexual empieza ahí?

Siempre cuando desde un lugar de la morbosidad y del amarillismo se ha tratado, sobre todo en los medios de comunicación y en la academia también, sobre nuestro trabajo, lo han puesto bajo esas etiquetas, ¿no? Bueno, estamos hablando del oficio más antiguo del mundo. Pero en realidad no hablan de la criminalización, no hablan de la realidad concreta de las trabajadoras sexuales, de lo que significa trabajar en contextos de ilegalidad, en contexto de clandestinidad y de criminalización.

La prostitución o el trabajo sexual existe desde que el mundo es mundo. Bueno, la desigualdad también existe desde que el mundo es mundo. El trabajo asalariado también existe desde que el mundo es capitalista y, sin embargo, nadie está negando derechos, cercenando las voces de colectivos o sujetos políticos que piden ser escuchados y sobre todo no hay un reconocimiento.

“Nombrarnos trabajadoras sexuales es revelarnos a un extractivismo que estuvo acostumbrado a hablar por nosotras y sobre nosotras”

En tu libro tampoco romantizas el trabajo sexual, pero dejas claro que el origen del problema es la ausencia de amparo legal. Es una mirada de una sindicalista.

La organización a la que yo hago parte se gestó en un calabozo. Esa es la historia nuestra. Nosotras no nacimos en una fábrica, no nacimos en una asamblea feminista, no nacimos en una oficina estatal. La gesta sindical de las trabajadoras sexuales en Argentina nació en un calabozo.

Y para nosotras tiene un valor, porque salir de un calabozo sindicalizada y volver a un calabozo sabiendo que estás sindicalizada y saber que estás sindicalizada, pero que vas a seguir viendo compañeras que van a seguir yendo al calabozo y que vas a tener que seguir vos yendo al calabozo a visitarlas, a poder acompañar sus procesos judiciales, a poder organizarlas… Es parte de nuestra historia que hace justamente nuestro lugar de pertenencia, ¿no? Nosotras venimos del fondo y no renegamos de eso.

Digamos, no nos victimizamos, sino que, todo lo contrario, encontramos ahí nuestra fortaleza justamente para poder reflejar la importancia de la construcción sindical y política de los modos en los cuales nosotras entendemos la política.

La política comunitaria, la política popular, la política social y, después es que AMMAR así como se gesta en los calabozos desde sus inicios incursiona en el mundo sindical siendo parte de la Central de Trabajadores y Trabajadoras de la Argentina lo que es la CTA.

Y ahí hay una gran diferencia porque hemos conocido experiencias organizativas de otros colectivos de compañeras y, por ejemplo, en otros países de Sudamérica las compañeras se organizaban yendo a las iglesias porque las iglesias eran las que le repartían café, le repartían no sé, sopas en invierno, hacían un poco de intermediarias entre la institucionalidad y lo que sucede en la calle.

Y acá en España hay muchas ONG. Hay muchas compañeras que han sido captadas, que han sido intervenidas o que han tenido intervenciones a través de ONG que tienen una mirada asistencialista, no solo del trabajo sexual, sino una mirada asistencialista de cómo tienen que ser diseñadas las políticas públicas hacia los sujetos de los sectores populares o hacia los sujetos activos que están atravesados por situaciones de vulnerabilidad.

Entonces, no es lo mismo para nosotras estar en una Central de Trabajadores y Trabajadoras y tener la posibilidad de estar en una mesa y poder contarle a otro trabajador que también está sindicalizado. Y eso para nosotras ha sido un ejercicio, es un ejercicio permanente de la conciencia de clase, de entender que el otro compañero que también está contando una problemática puntual, hay algo que nos identifica, hay algo que nos agrupa, que es la clase.

Nosotras partimos de que nacimos en un calabozo, nos sindicalizamos en un calabozo, vamos a un sótano de la Central de Trabajadores, tuvimos que hacer mucha pedagogía, mucha sensibilidad para que el resto de los compañeros y compañeras entendieran por qué era importante que nos abrieran las puertas y apoyaran la sindicalización de las personas que nos dedicamos al trabajo sexual y hoy dentro de esos espacios somos una voz legítima, somos una voz respetada porque también los otros compañeros y compañeras entendieron que necesitamos derechos laborales.

Hay mucha desinformación, y en tu libro cuentas como muchas veces ha jugado en vuestra contra con la policía, con el estado, incluso con el feminismo.

Nosotras conocemos el feminismo una vez que ya habíamos sido sindicalistas, digamos, por eso siempre lo decimos, nosotras fuimos primero sindicalistas y después fuimos feministas.

Y cuando empezamos a atravesar nuestro proceso de politización, sí entendíamos que teníamos que llevar nuestras voces a todos los espacios posibles, justamente porque muchos de esos espacios no habían tenido la posibilidad de escuchar las voces de las trabajadoras sexuales y que en algunos espacios nos íbamos a encontrar con algunas barreras, con algunas dificultades, con alguna hostilidad, con algunas miradas que por ahí no compartían aquello que nosotras traíamos de la calle y eso nos pasó en los espacios feministas, en donde llegamos con toda la ilusión de poder encontrarnos con un montón de otras mujeres y poder decirle, "mira, en la calle a nosotras nos pasa esto, vamos presas, vamos detenidas, tenemos un montón de dificultades, sobre todo las que somos mamás solteras, jefa de hogar, con la cuestión del estigma, de nuestro trabajo y la criminalidad en la escuela”. Lo que nos encontramos ahí fue con una resistencia a poder ser escuchadas.

Y desde el desconocimiento, digo, nosotras reconocemos que ahí teníamos un desconocimiento de esa teoría, teníamos un desconocimiento de ese marco teórico con la cual algunas estaban acostumbradas a hablar sobre nuestras vidas, y lo primero que hicimos frente a ese rechazo, frente a esa hostilidad, frente a esos discursos inclusive virulentos fue retirarnos. Primero como un posicionamiento político.

Nosotras no venimos a discutir esto que quieren ustedes discutir con nosotras. Nosotras venimos a otra cosa, venimos a contarle cuáles son los problemas de un trabajo que ejercemos.

Cuando volvimos, volvimos porque empezaron a venir algunas compañeras que estaban diseñando y llevando adelante sus tesis doctorales y elaborando informes y que en confianza, una vez que habíamos tomado confianza, nos habían reconocido que ellas eran feministas, pero que no eran de las feministas con las que nosotras nos habíamos topado en esos espacios años anteriores, sino que ellas estaban de acuerdo con que las trabajadoras sexuales tengan derechos laborales y que por eso parte de su tesis doctoral era poder dar cuenta de esos matices en ese debate, poder dar cuenta de la criminalidad de las trabajadoras sexuales.

Así como nosotras le compartimos parte de nuestra realidad para que ellas puedan terminar sus tesis doctorales, queríamos que nos devolvieran algo de ese saber que se estaban llevando y devolver algo era, bueno, “compartime tu saber y tu pericia”. ¿De qué hablas cuando me decís que hay un feminismo que puede apoyar los derechos de las trabajadoras sexuales? ¿De dónde viene esa corriente feminista? ¿Por qué hay tanta atención y tanta división en los espacios feministas con nuestro trabajo y no así con otros con otras actividades laborales que también están atravesadas por la clase, por la precariedad, por el hambre por la falta de oportunidades y por la explotación?

“Nosotras fuimos primero sindicalistas y después fuimos feministas”

Georgina Orellano en el acto en la sede de CGT de Zaragoza | Foto: Rocío Durán Hermosilla

Creo que cualquier persona puede sentirse identificada con tu relación con el feminismo. Yo alguna vez también lo he odiado. ¿Cuál es tu relación actual con los feminismos? ¿Has recuperado el amor por el feminismo?

Sí, digamos, no es un amor el que haya con el feminismo, es una incomodidad permanente, digo, para mí ser feminista es estar incómoda con el sistema, poder encontrar en el camino de tu activismo y tu militancia con otras compañeras que estén incómodas del mismo modo que estás incómoda vos, con la intervención del estado, con el feminismo institucional, con el racismo, con la política de la blanquitud, con las políticas de higienización, digamos. Yo no puedo pensar otro modo de sentirme feminista, de reconocerme feminista que no sea reconocerme incómoda con este sistema y también de reconocerme rota en este sistema. Para mí ser feminista es estar permanentemente habitando la conflictividad. Y cuando nosotras hablamos de habitar el conflicto es reconocer que estamos en un conflicto, ¿no?

Un conflicto que tiene que ver con sentarnos a la mesa con compañeras que no piensan igual que nosotras, que tiene que ver con sentarnos a hablar con un estado que es el mismo estado que nos llevó presa a nosotras y que le quitó la tenencia de los hijos e hijas a muchas de nuestras compañeras, con el mismo estado que desaloja, que clausura los espacios donde nuestras compañeras trabajan y donde además también viven, el mismo estado donde te manda la policía para que controle, higienice y limpie las zonas de trabajo sexual, gentrifique, expulse a las compañeras migrantes y las violente de los modos que las violenta hasta el día de hoy a las compañeras que ejercen trabajo sexual en el espacio público.

Nosotras tenemos que sentarnos con ese estado porque si no se van a sentar otras a repetir esas categorías victimizantes, a repetir el extractivismo, a repetir la política de la blanquitud y hacer de intermediaria y a generar políticas de inclusión que lejos de incluirnos nos terminan excluyendo a mayor criminalidad y mayor clandestinidad.

¿Existe la posibilidad de que haya políticas públicas de la mano de la policía? ¿Hace falta que esté la policía en esas políticas públicas?

A ver, yo lo que creo es que hay ciertos sectores del feminismo que le exigen al Estado la intervención punitiva. De hecho, sostienen que parte de las transformaciones sociales que se necesitan para poder combatir o para poder eliminar algunas de las violencias que atravesamos las mujeres lesbianas, travestis y trans, es a través de la reforma del derecho penal, es a través de la demagogia punitiva, es a través de endurecer las penas, es a través de sentarse con el poder judicial, a poder rever las legislaciones que hay, ampliar algunos conceptos, que eso significa ampliar la criminalidad, otorgarle mayor poder a la fuerza de seguridad.

Eso es en parte para nosotras uno de la de los grandes debates que nos debemos en los espacios feministas, ¿no? La pregunta es, ¿qué hacemos desde los feminismos creyendo que mandando a una persona que ejerció violencia hacia otra persona a la cárcel como una forma de reparación y sobre todo sosteniendo que la cárcel es el instrumento?

Qué va a transformar a esa persona que ha sido violenta, digamos. Nosotras lo que decimos ahí es que la cárcel no te repara, el castigo no puede ser pensado como la única herramienta de reparación, el castigo de la cárcel son instrumentos que utilizó el colonialismo.

Entonces, nosotras no podemos abonar a ese colonialismo ni tampoco podemos mandar al sistema carcelario a personas que son de nuestra propia clase social, a personas que son pobres, que no tienen herramientas, a personas que tenemos que poder ofrecerle otro modo de reparación, otro modo de intervención por parte del Estado y sobre todo otro modo de resolver la conflictividad con la que atravesamos las personas, tanto en el espacio público o en el espacio político como en el espacio privado, no podemos sostener que el único modo de resolución para los conflictos es a través del derecho penal.

“Hay una infantilización a nuestras experiencias, a nuestras trayectorias de vida e imponen todo el tiempo una mirada victimizante”

Se habla de muchas propuestas para abordar el trabajo sexual, está el abolicionismo, el reglamentarismo, despenalización... A mí me gusta esta que en tu libro ofreces una visión muy basada en lo local.

Sí, a ver, nosotras lo que proponemos desde AMMAR, pero que también compartimos esa misma mirada con algunos colectivos de trabajadoras sexuales a nivel internacional, sobre todo también con distintos colectivos de trabajadoras y trabajadores sexuales aquí del Estado español, es un modelo jurídico que despenaliza el trabajo sexual.

Siempre que los estados y los gobiernos han intervenido, han aplicado cuatro modelos jurídicos a nivel internacional, que es el modelo abolicionista, el modelo prohibicionista, el modelo regulacionista y el modelo reglamentarista, ¿no?

Estos últimos dos modelos, que es el modelo de regulación y el modelo de reglamentación, son modelos pensados por los estados y los gobiernos donde no ponen en el centro la defensa de los derechos laborales de las trabajadoras sexuales, sino que lo que ponen en el centro es un control migratorio, pero no así los intereses de las personas que nos dedicamos al trabajo sexual.

Digo, el modelo de regulación, lo dice la palabra, viene a regular zonas específicas para el desarrollo del trabajo sexual callejero y ya hay experiencias que se han llevado en algunos países, sobre todo el más conocido es el de los Países Bajos, el barrio rojo, donde las propias compañeras trabajadoras sexuales que están sindicalizadas son las primeras que rechazan ese modelo de regulación, porque lo que ha hecho es limpiar las calles y expulsar a las compañeras migrantes a trabajar en situaciones de mucha más clandestinidad y mucha más explotación.

El modelo de reglamentación que lo tiene el país de Uruguay, también las compañeras uruguayas están en contra de ese modelo de reglamentación y están organizándose, están organizadas para modificarlo porque el modelo de reglamentación es un modelo de control sanitario. Se impone como principal medida de legalidad para el ejercicio del trabajo sexual que todas las personas las que ejercen el trabajo sexual tengan su libreta sanitaria.

Sí o sí están obligadas a tener una libreta sanitaria, a hacerse exudados vaginales, a hacerse análisis compulsivos de VIH, tuberculosis, hepatitis, sífilis y eso genera estigma y, sobre todo, genera nuevamente un imaginario y el estigma social que es: hay que ir a controlar a las trabajadoras sexuales porque son los sujetos de la peligrosidad que si el Estado no controla son las responsables de que propaguen infecciones de transmisión sexual, digamos.

Siempre la carga de la culpa termina sobre el sujeto más débil. Por eso, desde los distintos colectivos de trabajadoras sexuales, nosotros estamos en contra de estos modelos jurídicos que implementó el gobierno y lo que decimos es, bueno, prueben con otras cosas, prueben escuchando a las trabajadoras sexuales.

O sea, que sea una política situada, no que sea una política copiada, bueno, si funcionó, no sé, en Europa lo tenemos que aplicar a Sudamérica. No es lo mismo, tiene que ser una política situada, que escuche las demandas urgentes y las necesidades más concretas del colectivo de trabajadoras sexuales y trabajadores sexuales y que sean ellas y ellos las que se sienten con el Estado a poder diseñar este tipo de políticas públicas.

A prueba y error, porque también una política no puede ser estática, hay que entender que la institucional, a veces cuando interviene, resuelve, pero otras veces cuando interviene perjudica más de lo que tendría que resolver, digamos, genera mayor grado de grado de conflictividad.

Sí que quería terminar porque sí que es verdad que todo el mundo te pregunta por las alianzas, pero yo te quiero preguntar, ¿con quién NO hay que aliarse? ¿Cuáles son vuestros límites?

Bueno, yo creo que con quién no hay que aliarse es con la ultraderecha, con la derecha, no hay que aliarse con el feminismo que está dentro del estado y que lejos de escuchar a los sujetos políticos que estamos organizados generan políticas punitivas y de mayor control policial y de mayor represión.

No hay que aliarse con las fuerzas de seguridad, no hay que aliarse con los sectores conservadores. Me parece que hay que buscar alianzas de otros colectivos que están atravesados por la misma incomodidad de la que hablé, por colectivos que estén atravesados por la misma precariedad.

No sé, las trabajadoras del hogar, por ejemplo, los sindicatos de los compañeros manteros, las organizaciones como regularización ya, que son compañeros y compañeras que muchas veces o tenemos el mismo color de piel o sabemos de la precariedad o hemos atravesado el hambre o hemos atravesado procesos migratorios en contextos muy hostiles y muy violentos.

“Tiene que ser una política situada, que escuche las demandas urgentes y las necesidades más concretas del colectivo de trabajadoras sexuales”

¿Cuál es la situación hoy, 2026, con el gobierno de Milei?

Hay muchísima violencia, mucha más de la que históricamente hemos atravesado, han vuelto detenciones arbitrarias, han vuelto operativos que allá son conocidos como razias o como operativo de saturación, donde la policía te para a boleo por tu cara, hay un perfilamiento racial, hay violencia inclusive con las compañeras que están en situación de calle, que la propia policía le tira las pocas pertenencias que tienen, si tienen un colchón, les tiran el colchón, si tienen, no sé, sus documentos, pierden inclusive hasta su documentación en operativos en donde arrasan con todo.

Hay compañeras que la policía les roba el dinero, hay compañeras que las desnudan en el espacio público para ver si tienen entre sus pertenencias algún envoltorio y las pueden criminalizar con la ley de drogas que tenemos en nuestro país.

Hay una situación de mucho agobio social que tiene que ver primero por la angustia de no tener para comer, la angustia de que no hay trabajo, la angustia de que encima que no hay trabajo. La policía no te permite trabajar y todo el tiempo te está hostigando, violentando y deteniendo de manera arbitraria, la angustia de que no generas el suficiente dinero para poder pagarte una vivienda lo más digna posible, la angustia de que no hay un horizonte, ¿no? Es vivir constantemente el día a día.

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