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Drogas: algunos apuntes para el debate [primera parte]

Este pretende ser un documento muy sintético que sirva de aportación para reanudar un debate, creo, apartado actualmente en la mayoría de colectivos sociales y organizaciones de izquierdas. Comienza con la transcripción de una charleta (un pelo ampliada) que me pidieron en confianza, (aunque no sea de su organización), las y los compañeros de la...
| 10 enero, 2012 13.01

Este pretende ser un documento muy sintético que sirva de aportación para reanudar un debate, creo, apartado actualmente en la mayoría de colectivos sociales y organizaciones de izquierdas.

Comienza con la transcripción de una charleta (un pelo ampliada) que me pidieron en confianza, (aunque no sea de su organización), las y los compañeros de la Juventud Comunista de Aragón. Así me es posible ubicar más o menos la parte, también en parte expositiva pero sobre todo propositiva, que sitúo después.

Drogas: Economía y política de un asunto apartado del debate social.

En primer lugar, quería exponeros algunas ideas principales sobre el tema; de lo que diga, si con algo me gustaría que os quedaseis sería con esto:

  • La primera es que “el asunto de las drogas”, todo lo que las rodea, es, en lo económico, un pilar fundamental del capitalismo mundial; hablamos del 2º negocio que más capital mueve en el planeta tras las transacciones financieras. La importancia en lo político es también insoslayable. Quiero decir con esto que ningún análisis de la globalización se puede hacer de un modo completo o afinado sin prestar la debida atención a este tema.
  • La segunda idea es que sabéis de sobra que se dice del neoliberalismo que es un “fracaso”, pero que éste es un análisis erróneo; que en realidad es un “éxito”, porque no se le puede pedir lo que no pretende; y lo que pretende, la acumulación, la producción y reproducción de plusvalor según una lógica autista y ajena por completo a las necesidades humanas y naturales, lo hace “bastante bien”. Por supuesto no resuelve problemas sino que los genera, y al por mayor. De modo análogo, la política de la prohibición, la “guerra a las drogas”, también es “exitosa”, porque lo que busca es la generación de superbeneficios, la legitimación de intervenciones militares, profundizar en el control social, el embrutecimiento general y hasta la pérdida de lucidez y salud de la gente, etc… y eso también lo hace “bastante bien”.
  • En tercer lugar, que, como he tratado de decir con el título de la charla, creo que el tema, el análisis de todo este fenómeno complejo que tiene muchísimas aristas, está apartado, en general, del debate social de las izquierdas trasformadoras ahora mismo; no lo estuvo hace unos años, pero creo que ahora sí. Por ello mismo, está lleno de incoherencias y permeado de una serie de ideas y categorías que no son las nuestras, sino propias de la “ideología de la prohibición” que es parte importante de la ideología capitalista.

Bien, dicho esto paso a la estructura de la charla. Voy a dividirla en cuatro partes, aunque la distinción es meramente expositiva, (no se debe compartimentar más allá de eso), y tratando de dar una visión global. Esencialmente con la intención de proporcionar elementos para la reflexión, el debate y la construcción de discursos propios, desde perspectivas de izquierdas revolucionarias, limpios de prejuicios de la prohibición, y también de los parámetros de la “sociedad alcohólica “en la que vivimos; del mismo modo en que nos debemos liberar de las categorías capitalistas para sacar al enemigo de dentro y ser realmente transformador@s. El primer bloque será un breve recorrido histórico, básicamente para ubicar la prohibición y quizá también para situar algunos elementos  culturales profundos. El segundo será el capítulo económico, crematístico más bien; tras ver la enorme magnitud de éste, pasaremos a lo que podemos considerar más propiamente político, englobando en ello desde las intervenciones militares y el neocolonialismo, a la dimensión de control político, desde la vertiente de discurso y violencia simbólica a la propiamente punitiva carcelaria. Para acabar, un bloque dedicado a las sustancias en sí mismas. No va a ser una descripción farmacológica en detalle, claro, sino una tipología muy básica y también unas reflexiones finales de carácter más propositivo.

1º. Una historia mínima

Comenzamos, pues, con algo de historia. La actual cruzada, así creo que hay que entenderla conceptualmente, es muy reciente; apenas tiene un siglo de edad.[1] Y en cuanto a magnitud, a extensión, no tiene paralelo, aunque existen precedentes de ilegalizaciones y/o persecuciones con similares pretensiones .Quizá uno de los mejores primeros ejemplos, en muchos sentidos podríamos decir que “fundacional”, es la quema de la biblioteca de Alejandría, a finales del siglo IV; acto de destrucción de conocimiento pagano de increíbles dimensiones (hablamos de unos 140.000 volúmenes quemados), con el que, entre otras muchas cosas, se buscaba eliminar unos saberes médico-farmacológicos ancestrales, que ya se consideraban heréticos por la versión dominante de la recién convertida religión oficial del imperio. Hay que decir que esto supone de algún modo la primera gran victoria del idealismo platónico, en versión “pablotarsiana” sobre el paganismo (como se ha dicho, Platón, Hegel,… conducen a Auschwitz; aunque suene excesivo, si se piensa a fondo se puede sostener tal afirmación…). El edificio del idealismo (en sentido filosófico, claro) está cimentado; afortunadamente luego vendrán otr@s que contribuirán a echarlo abajo.

Este triunfo idealista incluye, o más bien necesita, el gran invento de la nueva religión ortodoxa: me refiero a la FE. Ésta viene a sustituir a la experiencia que prima en las religiones paganas (y que pervive hoy aún en muchos lugares…) Ya no existe un acto ritual acompañado de sustancias que generen una experiencia, que podamos considerar más o menos “mística”, en las religiones de “éxtasis”, o de “trance”, en las de “posesión” (dicho de modo muy simplificado); sólo un pedazo de pan “inerte” que no hace sentir nada pero en el que hay que CREER. Evidentemente, para sostener este “invento” es necesario eliminar todo punto de comparación; es decir: prohibir e  incluso calificar como “diabólica” toda sustancia que de verdad genere cambios perceptivos o sensoriales, y también todo el conocimiento aparejado a ello (de ahí la quema de Alejandría). La nueva ortodoxia promueve también condenar el cuerpo, primar el alejado cielo sobre la tierra, la “otra vida” sobre ésta, etc…

Sobre eso profundizamos luego si queréis en el debate… En aras de la brevedad, paso a dar alguna idea sobre cómo cristaliza el episodio quizá más conocido de represión político-religiosa asociado a estas “sustancias diabólicas”. La persecución de la herejía y, en concreto, de la hechicería, realmente no tiene solución de continuidad desde al arribo del cristianismo, de la Iglesia, por ser más precisos, al poder imperial. Sin embargo, sí se dan cambios cualitativos, periodos menos cruentos y también intensificaciones; y, cómo no, estas últimas van acompañadas del “aparataje legal” correspondiente. Saltemos al siglo XIII, momento en el que se empiezan a dar cambios jurídicos en el “occidente cristiano” que instauran la presunción de culpabilidad en lugar de la de inocencia. Ya desde la publicación de “El martillo de las brujas” (Malleus Maleficarum) escrito por los dominicos Kraemer y Sprenger en 1486, dignos precedentes de McCarthy en el siglo XV, se recrudece la cruzada interna contra el saber pagano que resistía entonces, con la legitimación además del uso de todo tipo de torturas en los “procesos” inquisitoriales.

Como sabéis, científicos famosos (Servet, Bruno…) acabaron en la hoguera, pero también, y en mucha mayor medida, cientos de miles de, sobre todo, mujeres, no menos sabias, pero sí anónimas, con el pretexto de que el uso de plantas y ungüentos les conferían poderes diabólicos. En realidad se trataba de conocimiento ancestral de la naturaleza, y también, eso es lo crucial, de un desafío a las estructuras, patriarcales, religiosas, de poder en definitiva, dominantes.

Vemos que, como en el caso de Alejandría, de lo que se trata es de una represión de “lo otro”, de las ideas y el conocimiento, de la disidencia; de gentes y saberes que ponen en cuestión el dogma dominante, aspirante a único, y, por tanto, el poder político y religioso, tan unidos en esa época. Ojo, unidos, como también lo están hoy, sólo que la religión es el capital y los altares son otros, disfrazados y con apariencia laica.

Daré un salto en este mínimo repaso para atender a otro ejemplo que creo adecuado por representar otro rasgo cualitativo de la cruzada. Me refiero al caso de la prohibición del mate en Paraguay, una muestra de lo que ese estado moderno impuso cuando fue capaz de conquistar a sangre y fuego grandes territorios que mantener bajo dominio colonial. La prohibición del uso de “hierbas diabólicas”, esto es, el intento claro de aculturación y dominación, acabó “pronto” en este caso, cuando los dominadores entendieron (los jesuitas, en concreto…) la rentabilidad de controlar su producción y distribución. En pocos años, pasó de ser una “hierba diabólica” a llamarse el “beneficioso té del Paraguay”.[2]

En el siglo XIX en China, por poner otro caso, el aprovechamiento de la prohibición (en este caso endógena) de un uso milenario derivó en un suculento negocio de tráfico (sobre todo exógeno; británico, en concreto) y devino en excusa perfecta para una intervención colonial, la llamada “Guerra del opio”, gracias a la cual la East Indian Company inglesa reafirmó sus intereses en la zona.

Fundados en intereses coloniales, en los de control político interno o en ambas cosas a la vez han existido en la historia muchos otros episodios de prohibición y persecución “de las drogas”, que además acarrearon la generación de problemas sociales nunca vistos bajo un régimen legal, controlado o no pero no punitivo. Éstos fueron relativamente breves o focalizados en el tiempo y en el espacio, y la mayoría de los problemas generados desaparecieron en cuanto cesaron dichas políticas.

Pero seguimos con la rápida pirueta y llegamos a comienzos del siglo XX, momento en el que desde el naciente imperio estadounidense van cobrando fuerza las voces  de círculos conservadores-puritanos, racistas y clasistas que lanzarán la actual cruzada. Evidentemente, el pensamiento de los obispos, Brent y Crafts, considerados ideólogos de la misma, y paladines de la “pureza blanca” no hubiera tenido más importancia si no hubiera convenido sobremanera a las élites de poder yankis. Por ejemplo, la persecución de la marihuana por estar asociado su consumo a inmigrantes chicanos; de la cocaína al afirmar que bajo sus efectos los violentos negros sureños violaban a las mujeres blancas. Todo un potencial de control y represión que en seguida secundó la llamada a ser la gran (y macabra) protagonista: la industria farmacéutica. Recordad que son los años en los que ha cristalizado el enorme proceso de concentración de capital de fines de XIX y principios del XX; un proceso que suponía que ya entonces fueran gigantescos emporios con recién inaugurado poder. Cuando esta cruzada tocó al alcohol generó lo que ya es de sobra conocido; no lo es tanto que las mafias creadas al calor de la “ley seca” subsistieron a la legalización en buena medida gracias al inicio de persecución de la heroína, hasta entonces consumida mayoritariamente por médicos de mediana edad y sin ningún problema social. Desde ese momento, esta sustancia cambió de estigma y, por tanto, de patrón de consumo.

Si a nivel internacional, bajo la tutela de los EEUU, en 1936 con el Convenio de Ginebra se sentaron las bases para la creación de esa “guerra contra las drogas”, la Convención Única de 1961 estableció la consolidación legal de la cruzada global. Esto supuso la imposición de la política norteamericana al resto del mundo y el relanzamiento de una aculturación e intoxicación casi sin precedentes. Esta política se refrendó una década después en Viena, con el declarado propósito de “velar por el juicio, la percepción y el estado de ánimo” de l@s ciudadan@s. Así, se crearon listas de sustancias clasificadas según fueran “tolerables o no” para la “salud pública”; listas creadas, claro, en base a criterios políticos y económicos, no farmacológicos. De hecho, aún hoy, según la ONU ni tabaco ni café ni alcohol son “drogas”. Esta clasificación se realizó, cómo no, al auspicio del control político de la industria farmacéutica, y, por tanto, fueron eximidas de la prohibición también las potentes, y a menudo mucho más dañinas, drogas de farmacia.

En Viena también cristalizó la inclusión de todos los fármacos visionarios[3], que estaban contribuyendo a crear un serio problema político en EEUU y Europa Occidental; que eran, en alguna medida, causa y consecuencia de movimientos contraculturales. Estos fármacos “cayeron” en la Lista I, es decir, fueron catalogados como sustancias con las que ni siquiera se podrían hacer experimentos médicos ni propios de otros usos científicos. De hecho, incluso fueron cambiados libros de medicina y tratados farmacológicos para adecuarlos al dogma recién establecido.

Ésta fue la culminación legal de la cruzada, que daría soporte a la llamada “guerra global contra las drogas” que, sobre todo de la mano del gobierno Reagan, fue importante excusa de intervención militar, y también arma contrainsurgente, que daría lugar luego a la fusión de términos: los actuales “narcoguerrilla”, y luego “narcoterrorismo” sobre los que volveremos más tarde.

 2º. La Economía

Como comenté al principio, el “negocio droga” es un pilar fundamental del capitalismo mundial. Ceñidos a lo “crematístico”[4] el de “la droga” es el segundo negocio en volumen de capital tras las transacciones financieras, por encima del complejo militar-industrial (aunque, obviamente, están entrelazados), y mayor también que el mercado de la energía…Es importante reseñar esta magnitud porque no podemos entender los procesos macroeconómicos sin analizar el tema.

Incluso el concepto de plusvalor se “queda corto” para referirse a los astronómicos beneficios generados por el tráfico de algunas drogas ilegalizadas. Por poner un ejemplo: la cantidad de hojas de coca necesarias para producir un kilo de pasta base (“basuco”), por la que pagan una exigua cantidad en pesos a un campesino colombiano , vale 2.000 dólares, convertida ya en dicho “basuco”, cuando embarca en la avioneta que lo llevará a Miami; vale 15.000 cuando aterriza allí y renta como “cocaína” , y, por supuesto, ya cortada, unos 145.000 al menudeo en las calles de Detroit o de Nueva York.

Pero de lo que creo debemos ser en todo caso concientes es de que evidentemente no se trata de “un tipo gordo gallego” el que “saca la tajada”. Ni siquiera los tan aireados cárteles colombianos o mexicanos son los más beneficiados. Hablando en serio, lo que se descubre a poco que se investigue es que tras el tráfico ilegal está la banca, ciertos aparatos estatales, sobre todo sus servicios secretos, con la CIA a la cabeza, ejércitos y aparatos paramilitares…La propia DEA (agencia norteamericana “anti”-droga) calcula que el 20% de los depósitos en bancos suizos provienen de dinero negro del tráfico de drogas ilegales. Sería punto menos que imposible determinar la cantidad de dinero que se encuentra en otros paraísos fiscales y, por tanto, la cuantía real y precisa del capital que se mueve. Pero insisto: son, entre otras, instituciones como el FMI las que están detrás y no pequeños cabezas de turco o ni siquiera pistoleros con mansiones. Acerca de todo esto existen numerosos libros y artículos de los que os puedo pasar la referencia si os interesa profundizar en ello…[5]

Por supuesto, el tráfico de drogas ilegalizadas está indisolublemente unido al de armas y, por lo dicho, a los movimientos financieros; la distinción inicial no es estanca y tiene en realidad mucho de expositivo.

Hemos hablado de la magnitud, de algunos de los principales responsables…pero además perderíamos pie si no tuviéramos en cuenta el “dinero blanco” que se mueve. De nuevo es un volumen inconmensurable de beneficios, el que obtiene la industria farmacéutica por generar sucedáneos, siempre más “embotadores” de la mente, que controlar y que exportar; que imponer. Esto está indisolublemente unido, por supuesto, al tema de las patentes, según la conocida estrategia de ilegalizar el consumo de una planta usada por los pueblos de una zona, patentar el principio activo de la misma y venderlo a sus gentes y/o inundarles con sucedáneos cuando los hay, como en el caso del opio y los tranquilizantes de farmacia.[6] Como creo sobra decir aquí, la industria farmacéutica viene a ser “el demonio peludo” de los emporios empresariales; junto al lobby armamentístico, seguramente lo más asesino y criminal de los aparatos multinacionales. Ésta es responsable, entre otras cosas, de crear y mantener una prohibición que implica una intoxicación e incluso un asesinato masivo e impune; de prohibir remedios tradicionales;[7] de excluir a millones de personas del acceso a otros medicamentos por medio del precio (demandando incluso a estados, si es preciso, como en el caso de Novartis a la India, por producir genéricos); de traficar también con sustancias ilegalizadas y ganar buena suma de dinero negro con ello…y un largo y macabro etcétera…

Además de esto, tenemos también el “dinero blanco” absorbido por los aparatos represivos; el destinado a brigadas policiales, ejércitos…que lógicamente cumplen una función bien distinta de la declarada. También enorme es el dinero dedicado a la represión en su vertiente penal-carcelaria, sobre la que hablaremos más adelante.

Asímismo, debemos contemplar también los recursos que van a parar a estructuras de enfoque asistencial. Éstas, como todo lo encuadrable estructuralmente en este tipo de enfoque, y salvo excepciones personales, no cuestionan las bases políticas del problema, y fundamentalmente contribuyen a reproducirlo y a perpetuar una situación que le es funcional al status quo. Todo esto es mucho más complejo, evidentemente, y daría para hablar mucho y matizar mucho más aún, pero, en lo que nos ocupa ahora, el capital que mueve es en todo caso un factor económico y de “nicho de mercado” a no olvidar.

Por último, y respecto a una cuestión ubicada, podríamos decir, a medio camino entre las políticas punitivo-excluyentes y las asistenciales, no debemos olvidar la creciente tendencia sistémica a “despolitizar”, individualizar y patologizar los problemas de l@ niñ@s en las escuelas. Lejos, por supuesto, de cualquier planteamiento que se cuestione la estructura escolar misma, y no digamos ya la social, se opta por imponer castigos e incluso “cárceles químicas” a l@s alumn@s “problemátic@s”. Esta medicalización de niñ@s cuenta con el apoyo de “psicoterapeutas” que no dudan en inventar y luego diagnosticar “enfermedades”, como el “trastorno negativista desafiante”, y sirve al control social en la misma medida que a los beneficios de la industria farmacéutica. Me he referido a las escuelas…; lo que sucede en los “reformatorios”, es decir, las cárceles de niñ@s, cuya denominación corriente es una burla cruel, es desde luego mucho más brutal; la misma lógica llevada contra es@s tempran@s excluid@s del grupo de l@s “ciudadan@s de bien”.

3º. La Política

Yendo ya muy rápido, veamos a cuáles de las dimensiones que podríamos considerar “puramente políticas” podemos atender. En primer lugar, la dominación sobre países empobrecidos, en coherencia con políticas claramente neocolonialistas. Éstas generan una aculturación que es, en definitiva, un modo de penetración para ese dominio económico. Insisto en que la división política-economía también es puramente expositiva….

La “guerra contra las drogas” es excusa recurrente para justificar intervenciones militares. Quizá el ejemplo más claro de ello es el caso colombiano. Allí los supuestamente todopoderosos cárteles fueron creados directamente por los EEUU, por sus propios servicios secretos, como forma de generar estructuras controlables para canalizar “envíos”, para introducir posibles “puntos de palanca” políticos para desestabilizaciones o intervenciones, y también para conseguir financiamiento clandestino en momentos, como el apoyo a la contra nicaragüense, en que se estimase conveniente.[8] No hay que olvidar que el Plan Colombia (ahora Plan Patriota), el principal instrumento de la intervención yanki en Colombia, obedece, desde luego, a fines de control de insurgencia y de toma de posiciones estratégicas en ese subcontinente que se levanta y se les escapa de las manos, pero que su justificación inicial y aún actual es esa “guerra contra las drogas”. Los miles de millones de dólares al año que se destinan a él, de los que evidentemente, el pueblo colombiano no ve ni un peso, se supone sirven para fumigar, para “erradicar” los cultivos ilícitos.  Lo evidente, sin embargo, es que los EEUU no los erradican sino que los fomentan, (los de gran escala, claro) y así se apuntala su control sobre el tráfico.[9] Por el contrario, las fumigaciones  sobre cultivos alimenticios e incluso directamente sobre poblaciones son un arma más de guerra utilizada para desplazar poblaciones de enclaves que el ejército y/o las transnacionales consideran estratégicos por su ubicación estratégica o su riqueza.

Como mencioné al final del rápido repaso histórico, caído el Muro y el Bloque, el “enemigo droga” sustituyó de algún modo al “enemigo rojo” hasta la construcción, a partir de Samuel Hungtinton, de la amenaza “confucio-islámica” y el “choque de civilizaciones”[10]; más tarde, éste se presentará amalgamado con el “terrorismo internacional”: las FARC, por ejemplo, han pasado de “guerrilla” a “narco-guerrilla” y luego a “narco-terroristas”.

El caso afgano es también digno de atención. En este caso la justificación de la agresión militar es política, pero uno de los móviles de la invasión, (además de, por supuesto, el control de gaseoductos, el posicionamiento (y el gasto) militar, “razones” de geoestrategia en general…) es el control de la producción de opio y, muy en particular, del tráfico de heroína. Recordemos que allí se produce el 70% del opio del mundo y que el gramo de ese derivado semisintético vale en la calle 5 veces lo que un gramo de oro[11]. De nuevo hablamos de muchísimos miles de millones de dólares en juego.

Por otro lado, la política mundial (estadounidense) “anti-droga” justifica la represión de la disidencia a nivel planetario, con la prohibición y estigmatización de ciertas sustancias asociadas a la contracultura; promoviendo en esa línea detenciones selectivas, sobre todo en los primeros años 70s estadounidenses, en los que se multaba o encarcelaba a consumidores de marihuana o LSD y no a heroinómanos. De nuevo lo que se persigue “no es un delito, sino una herejía”. En este punto creo importante apuntar una reflexión: ojo con despreciar según qué potencialidades de algunas sustancias; pero, aún más cuidado con los misticismos de garrafón. El auténtico pensamiento disidente se construye con formación, lectura, reflexión, militancia y vuelta a reflexionar….pero…, pero, es innegable la relación del uso de algunas sustancias con la posibilidad de cuestionar  y deconstruir los patrones de “pensamiento único” que tenemos interiorizados. Por otro lado, creo que erraríamos en análisis político y sociológico si no tenemos en cuenta la innegable relación, a veces de retroalimentación, entre movimientos políticos contraculturales de los 50s y 60s, e incluso de los 70s, y el uso social, masivo, de ciertas sustancias en ese determinado momento histórico…De unas y no de otras, cuyos efectos sociales, por su instrumentalización y, más en general, su uso político, resultan más bien desactivadores de cualquier reivindicación “preocupante”. Mientras el consumo de unas se perseguía, el otro se alentaba…; por ello, en este punto, de nuevo se hace imprescindible una consideración afinada y no monolítica de lo englobado de un modo unitario e interesadamente simple como “el problema de las drogas”.

A este respecto, está claro que otra dimensión de la represión a la disidencia ha sido y es la introducción de determinadas sustancias, heroína (“pseudoheroína”) sobre todo, y con determinado patrón de consumo, en los movimientos revolucionarios o, al menos contestatarios. Es conocido el caso de los barrios marginales negros estadounidenses en un momento de auge de la lucha de los“panteras negras” en los 70s. Se comprobó en su día la infiltración de agentes del FBI para introducir las sustancias “convenientes” (heroína, crack…) pero, como es lógico, esto fue ocultado convenientemente. El informante, el camello vendido a la policía constituía un fiel aliado; por  contra, figuras clave de la disidencia asociada a la contracultura como Leary o Kesey eran declarados enemigos públicos a destruir por el Gobierno Federal. Nixon lo dejó bien claro cuando definió a algunas sustancias como útiles por ser “contrarrevolucionarias”. De hecho, mediante algunas de las legales, de farmacia, (neurolépticos, somníferos, antidepresivos, etc…), completamente romas intelectualmente, se ejerce a diario una labor de control social difícilmente soslayable.

Más cerca, en el estado español, tenemos el ejemplo fundamentalmente de Euskadi (siempre más peligroso políticamente) en los 70-80s. La cifra global no puede ser más clara: en España había a principios de los 70s “censados” 889 heroinómanos y, de hecho, con etiqueta de “enfermos” pero considerados respetables; una década después, había más de 100.000 calificados ya como peligrosos o, cuando menos, despreciables. Unido esto a la introducción del SIDA, podemos hablar de un auténtico genocidio encubierto, silencioso e impune, que continúa, aunque en menor medida, sobre todo dentro de las cárceles. Ahí llegamos a un punto importante. Más o menos tod@s aquí somos conscientes de lo que significa la sociedad carcelaria (y, si no, para eso está Foucault y Vigilar y castigar…:)) Pues bien, entre el 60 y el 70% de l@s pres@s lo están por delitos asociados al consumo y tráfico de drogas ilegales y por delitos contra la propiedad  asociadas a ellas. El efecto es claro: una criminalización de la exclusión y la pobreza cristalizada en el castigo a los pequeños traficantes y consumidores. No se trata de un fracaso, insisto: es un éxito de lo buscado. En términos sociológicos, esto afianza, refuerza, un sistema social cerrado que necesita de chivos expiatorios para lavar la conciencia de l@s “ciudadan@s de bien” y para darles cohesión como grupo frente a los “desviados”, los “culpables”… Se ejerce además una fuerte violencia simbólica, (al igual que en el resto de las esferas de la sociedad capitalista), que retroalimenta la política demagógica mediática del miedo para conseguir un mayor control social; en primer lugar de “l@s peligros@s”; en segundo, sobre el resto, como aviso de lo que pasa a quienes se salen del redil. Dentro de los muros, además, el consumo y el tráfico de algunas drogas siguen ejerciendo su papel funcional al aparato penal-carcelario de múltiples modos, por lo demás bastante evidentes y en los que no entraremos aquí.

Lo que está fuera de duda es que la prohibición es claramente criminógena. En definitiva lo que produce es una “profecía autocumplida” (en términos de R.K. Merton). Se dice de “la droga”, de modo simplificado y estereotipado, que es causante de los males, se ilegalizan algunas y se construye un multifacético aparato represivo, que incluye también, por supuesto, mantener el oscurantismo y el miedo; con todo ello, se generan exactamente los efectos que se habían “pronosticado”. Se pueden hacer muchas especulaciones al respecto de lo que supone mantener políticas punitivo-penales o bien normalizadas hacia el consumo de ciertas sustancias, pero resulta mucho más útil acudir a los múltiples ejemplos históricos de este tipo de prácticas.

Para acabar con el tema penal, querría decir que habría que ser conciente de que a principios de siglo XX, cuando aún no existía la cruzada ni el “problema droga” no existía ningún país con leyes represivas. Hoy, en más de 20 existe la pena de muerte para la mera tenencia y en muchos otros es superior el castigo para ello o para el pequeño tráfico que el reservado para el homicidio. Todo ello, además, sin perder de vista que, por mucho motivos, estamos ante una clara aberración jurídica; entre otros porque en la mayoría de los casos, hablamos de un “crimen sin víctimas”. Son muy interesantes al respecto (y no sólo del tema penal, también por su análisis sociológico) las reflexiones de Alessandro Baratta, un autor referente para la criminología crítica[12]. Éste incide en la aberración jurídica comentada, señalando que además se violan varios de los principios básicos que debiera cumplir todo ordenamiento de esta clase: en primer lugar el de legalidad, negado por ejemplo por la inmunidad de los informantes; también el principio de subsidiariedad, ya que no se analizan ni se dejan prosperar alternativas a la penalización a escala estatal o local. Por último, el de idoneidad, puesto que en absoluto se demuestra, sino todo lo contrario, la utilidad (la declarada, claro…) de las medidas penales y punitivas.

4º. Un apunte farmacológico

Acabaré esta parte con un breve apunte al respecto. Enlazando con el análisis sobre el control político y el beneficio económico, lo que es evidente es que todas las sociedades han usado determinadas sustancias; que a mayor problemática y desintegración social, mayor consumo de unas en detrimento de otras, y que algunas determinadas sustancias también están interesadamente promocionadas políticamente. Se prohiben unas pero se alienta el consumo de otras, desde el valium hasta el alcohol, por ejemplo. Al respecto, y dejando simplemente mencionada una cuestión sobre la “sociedad alcohólica” en la que vivimos, y de las razones por las que me declaro “abstemio político”,sobre la que podemos profundizar en el debate, trataré de hacer una breve distinción.

Los fármacos se pueden clasificar en tres grandes grupos: los que proporcionan sosiego o analgesia, los que procuran estimulación o los que posibilitan una ruptura de la “normalidad psíquica”.

Hablar de “las drogas” oculta más de lo que aclara y dificulta el análisis. Entre otras muchas cosas, porque habitualmente excluye del análisis a las legales, y aún cuando incluye alcohol y tabaco “olvida”, oculta, las de farmacia. Y también porque otorga caracteres comunes a las que no lo tienen: cualquier comparación entre la LSD y un tranquilizante de farmacia, o incluso entre ésta y el alcohol, está cogida por los pelos;  O, por ejemplo, porque sólo las del primer grupo generan adicción incluyendo un síndrome de abstinencia propiamente dicho, aunque el tema de la adicción es muy complejo y habría mucho que hablar sobre él.

Por acabar casi telegráficamente, diría que la ruptura de la desinformación construida por la prohibición implica romper con varios mitos:

  • Que no existe uso sin abuso; éste sería el primer caso de un instrumento utilizable por el ser humano en lo que esto sucediera…
  • Que todas las sustancias son adictivas y, aún más, que todas sirven para evadirse; aquell@s que pretendan hacerlo con LSD, mescalina o psilocibina…lo van a tener realmente complicado salvo, claro, que las consuman en cierta dosis mínima, mezcladas con alcohol u otras y sin tener idea de qué están haciendo y de su uso apropiado.
  • Que se hace necesario romper con esa imagen de “drogodependientes-criminales”, y con la no conciencia de los millones de “drogadict@s de bien” (consumidor@s de alcohol, tabaco o productos de farmacia como los antes mencionados) que existen en nuestras sociedades “occidentales”.
  • Que son bien útiles y hasta necesarios unos mínimos conocimientos farmacológicos y, desde luego, ser conscientes de que las sustancias no poseen cualidad moral: no son buenas o malas sino peligrosas;[13] que son potencialmente remedios y venenos, ambas cosas a la vez, y que  desplegarán una u otra cualidad dependiendo de un uso correcto o no.
  • Y, finalmente, que no existe la opción de vivir, socialmente hablando, con o sin ellas, si no con algunas o con otras y de modo informado, consciente y libre, o con oscurantismo, falsedades y muchos intereses indignos de por medio.
[1] Esta parte está orientada a dar algunas pinceladas sobre los orígenes y el desarrollo de la “prohibición”. No me detendré en hablar del uso ancestral de muchas sustancias, puesto que eso, creo, queda fuera de toda duda. Por poner un solo ejemplo de uso masivo y socialmente aceptado y normalizado, podemos constatar como, no ya en oriente, sino en la propia ciudad de Roma existían, en el siglo III d.c 793 dispensarios de opio, completamente análogos a nuestros actuales estancos. De hecho, el opio era junto a la harina de trigo el único bien cuyo precio estaba controlado por el estado para salvaguardarlo de las fluctuaciones por acaparamiento o fraude; tal era su consideración de bien de “interés público”. Lo dicho, no creo sea necesario hablar de la utilización desde hace milenios en algunos casos, del cáñamo, la hoja de coca, el alcohol, los hongos, etc, etc…

[2] Algo análogo se podría decir, respecto al intento de aculturación, del uso de la hoja de coca. Y por eso, la reivindicación actual del gobierno boliviano no es farmacológica sino profundamente política.

[3] Utilizo éste término para diferenciarlos de los “alucinógenos” en sentido estricto. La diferencia principal entre ambos grupos, en cuanto a los efectos, es la memoria. Mientras bajo los efectos de éstos (beleño, belladona, mandrágora, etc…) se borra durante el trance la conciencia de haber tomado una sustancia y además no se recuerda lo vivido durante la ebriedad, los fármacos visionarios (LSD, mescalina, psilocibina, DMT…) conservan tanto la conciencia mencionada como la capacidad de rememorar la experiencia. Además la toxicidad de los primeros es altísima, mientras que la de los segundo es prácticamente nula.

[4] Que no “económico”; sabemos que bajo dominio del capital el término se mantiene pero no la función. Éste “oiko nomos”, las normas de gestión de la casa y, por extensión, de la sociedad, se elimina para convertirse en “crematística”, “el “arte” de acumular riquezas”… para algun@s, claro. Bajo condiciones capitalistas de producción hablamos, por tanto, de un poco de” economía” y un mucho de “crematística”.

[5] Sirva como ejemplo Joxe, A. (coord) El planeta de las drogas, en el que el propio Joxe elabora un capítulo sobre los paraísos fiscales, aunque no muy bien situado políticamente. Mejor sustentado, y más a la izquierda, es interesante el que realiza en el mismo libro M. Chossudovsky,  “El FMI y el dinero de la droga”.

[6] Y/o introduciendo heroína, mezclada con matarratas, claro, como en el caso del proceso denominado “heroinización del sudeste asiático” orquestado por las empresas y ejércitos “occidentales” tras la ilegalización del consumo ancestral, y por ello, controlado, de opio.

[7] Por cierto que al respecto de los remedios, justo en estos días (30 de Abril de 2011) se prevé la aprobación de una directiva europea que pretende situar bajo control de la “farmacracia” la comercialización y aún el uso de plantas habitualmente recolectadas por sus conocedor@s o vendidas en herbolarios.

[8] Muchas son las fuentes que reflejan esto, pero quizá especialmente interesante resulta acudir a la primaria, al propio informe interno, un documento ya desclasificado, del entonces senador y luego candidato presidencial John Kerry. Tal es la denominación con la que se encuentra en internet: “Informe Kerry”…).

[9] El tráfico y el “comercio legal”: la mayor compradora de hoja de coca del mundo es la maldita Coca-Cola, cuyos intereses son custodiados convenientemente por ejército y paramilitares en Colombia, asesinando a sindicalistas si es preciso.

[10] Recordad que ésta fue la primera formulación de Hungtington y su “Choque de civilizaciones”, aunque la primera parte de la “amenaza”, la “confuciana” se relegó en primera instancia y sólo ha sido retomada públicamente el último lustro.

[11] O, mejor dicho, de la mezcla de matarratas que se vende en el mercado negro, y que contiene de media alrededor de un 5% de heroína.

[12] Me refiero a su ponencia: “Introducción a una sociología de la droga”, en el libro colectivo VV.AA., ¿Legalizar las drogas?: criterios técnicos para el debate, Editorial Popular, Madrid, 1991.

[13] En cualquier caso, poseerán mejores o peores cualidades farmacológicas, en función de su toxicidad, de la adecuación a los efectos requeridos, etc…en comparación con otras sustancias más o menos apropiadas.

10 enero, 2012

Autor/Autora

Coordinador de Consumo ConCiencia. (@_Con_Ciencia_)


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