Se tiene una idea bastante reduccionista sobre las orquídeas ya que, por lo general, se suelen presentar asociadas a lluviosos bosques tropicales o a cálidos invernaderos. Pero la familia de las orquídeas es cosmopolita y la forman más de treinta mil especies, siendo una de las familias más amplia entre las plantas con semillas.
Para gozo de fotógrafos y naturalistas, también en nuestra tierra contamos con una excelente representación, incluso en los secanos más estrictos del valle del Ebro. Y es en estos meses de marzo y abril cuando las orquídeas de estas zonas pueden verse durante unos días en todo su esplendor.

Efectivamente, entre tomillos y romeros, retamas y espartos y en los claros de los pinares de carrasco y coscoja podemos encontrar algunas de las especies adaptadas a los secanos.
Sin duda, lo que llama la atención de las orquídeas son sus llamativas flores, tanto por las formas como por el colorido. Las flores de las orquídeas tienen simetría bilateral y están formadas por seis piezas, los tres sépalos del cáliz y los tres pétalos de la corola, con la característica de que los sépalos son petaloideos por su color y aspecto de pétalos, más la particularidad de que el pétalo en posición inferior o labelo está muy desarrollado y diferenciado del resto de las piezas, adoptando formas y colores espectaculares.
Esta disposición se debe a la especializada polinización entomógama de las orquídeas pues con el aspecto de la flor, y también con aromas, buscan atraer a insectos polinizadores. La especial estructura de la flor de cada especie permite el acceso a unos determinados insectos.

En el caso de las especies del género Ophrys, el labelo imita a hembras de diferentes especies de avispas, abejas y abejorros, con los que los machos acuden a aparearse y entonces es cuando quedan adheridas a su cuerpo las masas de polen o polinios que se escondían en el fondo de la flor. Posteriormente, dichos polinios quedarán despositados en la siguiente falsa hembra que visite el insecto, facilitando, así, la polinización cruzada.
Al parecer, tras varios intentos frustrados de aparearse, los machos descubren el engaño y con el tiempo aprenden a esquivar las flores, por lo que las orquídeas dependen de machos jóvenes inexpertos o bien tendrán más éxito aquellas capaces de producir flores aún más llamativas que las haga irresistibles.
Cuando se observa o fotografía una orquídea de nuestros montes no sólo se asiste a un espectáculo de color efímero, sino a un largo proceso de evolución conjunta entre plantas e insectos, símbolo de los complejos procesos que sostienen la biosfera.

