La memoria de las mujeres que sufrieron el desplazamiento forzoso por la construcción de pantanos

Esto iba a ser una reseña del libro ‘Detendrán mi río’, de Virginia Mendoza, pero ha terminado siendo una especie de homenaje a las mujeres que lucharon contra la multinacionales energéticas, las que se rindieron y perdieron la esperanza y las que siguen haciendo bingos para sostener la lucha

La presa de mequinenza expulsando agua del embalse.

Hay una frase del libro de Virginia Mendoza que dice mucho del Aragón que habitamos ahora: “No se entiende el éxodo rural español sin el hormigón”. Y es que, quienes creen que Francisco Franco se inmortalizó con la construcción del Valle de los Caídos, es que no ha rodeado con el coche los valles inundados de Aragón.

En todo el Estado español hay 371 embalses, unos 81 se encuentran en Aragón. A fecha del 26 de julio había unos 2.860 hm³ de agua aragonesa embalsada, 24.260 hm³ en todo el Estado. El pasado y el presente de Aragón sigue atravesado por el interés extractivista de las grandes empresas multinacionales. Antes, lo fueron los embalses, ahora la instalación desproporcionada y no regulada de placas solares y aerogeneradores. De hecho, mientras se aprueban estos proyectos, hay quienes todavía siguen luchando contra los recrecimientos y la construcción de pantanos.

El libro ‘Detendrán mi río’ es un ensayo novelado, eso que llaman periodismo narrativo o, simplemente, un intento de rescatar la memoria de una huerta que Franco inundó. Unos recuerdos que nos transportan a Cauvaca, una pequeña zona a las afueras de Caspe rodeada de tierras ricas y fértiles a la orilla del río Ebro que contaba con unas 20 torres y que sus últimos 50 años de historia vivió con un rumor que se convirtió en realidad: una presa hundirá el pueblo para dar energía a Barcelona.

La periodista y antropóloga Virginia Mendoza comienza a investigar qué fue lo que pasó con este paraíso sumergido a partir de escuchar una leyenda: “Si el Titanic no se hubiera hundido, su pueblo no se hubiera inundado”.

Esta periodista y antropóloga descubre que si bien no es del todo cierta esta leyenda sí intervino otro barco: El Lusitania. De esta forma, teje dos historias principales en paralelo, la de un ingeniero a bordo de este transatlántico y el de una familia a la que le toca la lotería en Caspe.

Este librito que apenas llega a las 150 páginas y que se lee como quien lee un cuento, pesa en el alma cómo si la inundaran con 910.68 hm³. Esta es la cantidad que a fecha del 26 de julio de 2022 tenía el embalse de Mequinenza, el responsable de tragarse la huerta cauvacana. Detalles de la vida cotidiana de las primeras décadas del siglo XX, de anécdotas que duelen en las manos como la del miliciano y las patatas fritas, o de las que se te escapa la sonrisa como la del cinturón que predice el tiempo o la del hombre que le explica a su mujer ciega que el mar es “como un río pero sin paredes”.

Portada del libro de Virginia Mendoza para ilustrar la lucha de las mujeres
Portada del libro de Virginia Mendoza. Foto: Rocío Durán.

Mercedes creció bajo el agua

El río es, sin duda, el gran protagonista de las memorias de Mercedes Sánchez que nació en Cauvaca y hasta hace bien poco recordaba cada detalle de sus aventuras. Como explica Virginia Mendoza, todo lo recogido en este cuento parte de los recuerdos de esta caspolina: “Mercedes va más allá, te cuenta las cosas como si hubiese vivido en una aventura constante. Haciéndose cinturones con piel de serpiente, prediciendo el tiempo con el cinturón... son detalles de puro realismo mágico”.

Ella es una entre las muchas mujeres anónimas atravesadas por el hormigón, que como explica Virginia Mendoza, se encuentran en todas partes, en Cauvaca, en Santa Cruz del Quiché, Santa Bárbara o en la Patagonia: “No hay cifras, no las va a haber nunca pero no es una cosa que ocurre en España, es universal”.

Resulta imposible hacer una aproximación de todas las personas que han sufrido desplazamientos forzosos por la construcción de presas a lo largo de este planeta. Las hay que resistieron hasta el final y fueron desalojadas a la fuerza, las que fueron asesinadas como Berta Cáceres, las hay que han tenido que exiliarse para evitar ese destino y las hay que crecieron con el rumor y se marcharon para no ver cómo el agua llegaba al umbral de la puerta. Mercedes es una de estas últimas y como explica Mendoza, también es una heroína.

“A veces tenemos idealizadas a las personas que resisten hasta el último momento pero personas como Mercedes que también se ha sacrificado a su manera, no sé lo que lleva por dentro. No va a contar oficialmente pero si a ti te están machacando con el rumor de que un embalse va a sumergir tu pueblo desde hace más de medio siglo, la gente en cuanto puede y esto era muy común, los que se iban casando se iban del pueblo”.

Virginia Mendoza durante la presentación del libro en la Pantera Rossa de Zaragoza para ilustrar la lucha de las mujeres
Virginia Mendoza durante la presentación del libro en la Pantera Rossa de Zaragoza. Foto: Rocío Durán.

Lolita Chávez

En 2018, hace aproximadamente tres vidas en tiempo pandémico, tuve una pequeña conversación con la activista guatemalteca Lolita Chávez. Ella que acababa de llegar al Estado español exiliada por recibir amenazas de muerte por su defensa de los derechos de las mujeres y de los recursos naturales de los Pueblos K’iche’s, acudía como uno de los grandes nombres de las Jornadas Feministas de Zaragoza.

En esos cinco minutos, entendimos el estrecho lazo entre Aragón y Quiché. No volvimos a hablar nunca más pero ella sigue en Euskal Herria, lejos de su tierra y sus ríos, desplazada y exiliada y sin contar en ningún registro. Otra heroína.

Hay una diferencia entre Guatemala y Aragón. Lolita, como muchas otras en Latinoamérica, sí fue una lideresa y portavoz de su organización, el Consejo de Pueblos K’iche’s por la Defensa de la Vida, Madre Naturaleza, Tierra y Territorio (CPK). Sin embargo, como explicaba Charo de COAGRET durante la presentación de ‘Detendrán mi río’, en Aragón no es tan común ver a mujeres líderes de los movimientos por el territorio.

para ilustrar la lucha de las mujeres
Lolita Chávez durante su intervención en las Jornadas Feministas. Foto: Ramón Comet ©

Las mujeres que sostienen la lucha

Lo común, lo normal por aquí, es que las mujeres sostengan pero no hablen. Sí, hay alguna excepción pero esta es la sensación compartida. Por eso, Charo pedía al final de la presentación del libro un reconocimiento para todas las mujeres que gracias a su trabajo activista han permitido que otros pongan la cara (sin duda, otro trabajo ingrato y peligroso).

La activista recordaba a las mujeres que se han dedicado a esas pequeñas y poco valoradas tareas sin las que no sería posible luchar: pegar carteles, vender camisetas, hacer bingos y preparar loterías. Sin esta financiación de guerrilla no habrían ganado la lucha en Biscarrués o el grito de ‘Yesa No’ no habría pasado de los caminos de Artieda.

Galliguera para ilustrar la lucha de las mujeres
Foto: Coordinadora Biscarrués Mallos de Riglos.

La compensación de abandonar el paraíso

Si volvemos al caso concreto del embalse de Mequinenza y de Cauvaca, el libro ‘Detendrán mi río’ plantea una pregunta: ¿Cuál es el precio de perder el lugar en el que se ha crecido?

Así, aclara algunos de los mitos, lo que ahora llamamos desinformaciones, sobre las compensaciones por abandonar sus tierras, sus hogares y su modelo de vida. En este sentido, Alfredo Grañena, autor de ‘Cauvaca. Paraíso perdido’ y la persona que llevó a Virginia Mendoza hasta la protagonista del libro, explica que “no les pagaron bien”.

Además, recuerda que “había mucha gente que vivía alquilando las torres por lo que cuando los echaron se quedaron sin nada. La indemnización no iba para el mediero que trabajaba la tierra sino para el amo que normalmente vivía en Caspe, Zaragoza o Madrid”. Otro tema silencioso es sobre el suicidio y el aumento de la mortalidad de personas desalojadas para construir presas.

Morir de pena

En este sentido, es un hecho que cuando las autoridades obligaron a desalojar los pueblos de los valles inundados la mortalidad se disparó. Así, Grañena lamentaba que “los abuelos caían como moscas”. La razón se encuentra para el escritor en que ya no tenían ningún motivo para permanecer. Se morían o se dejaban morir.

Virginia Mendoza asegura que “ya no encontraban sentido a su vida. Han estado toda su vida en esa casa y de pronto con 70 años cuando ya no puedes trabajar te mandan a la ciudad y te encierran en un avispero sin tus animales, sin tu río… ¿qué haces?”.

Quien haya llegado hasta aquí se habrá dado cuenta de que este librito emana nostalgia y que a veces mientras lees te sobrecoge una tristeza que te empapa pero Mendoza te acompaña con sus líneas, sus saltos temporales y te recoge al final para mostrarte la oportunidad que nos ofrece volver a Cauvaca.

Ella desde hace unos años comenzó otra empresa faraónica, como Franco con el hormigón. En la página web de ‘Detendrán mi río’ recoge en un mapa-reportaje microhistorias de los pueblos, aldeas y huertas sumergidas o afectadas por la construcción de presas. Otra forma de devolverle al río el arraigo que perdió.

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