La fidelidad de las cigüeñas

Una pareja de cigüeñas blancas ha regresado a Graus y ha iniciado el cortejo y la reconstrucción de su nido en la torre de Telefónica. Su presencia, única en Ribagorza, reabre el debate sobre la protección efectiva de esta especie y la convivencia con el entorno urbano.

Foto: José Luis Cortés

Hace ya unas semanas que venimos observando a la pareja de cigüeñas blancas por Graus. Lo más importante y destacable es que han comenzado su cortejo nupcial. Sus sonoros crotoreos proclaman, a quien los quiera escuchar, que la primavera está cercana y que el ciclo de la vida afronta una nueva etapa. Eso lleva aparejado algo esencial: han empezado a reconstruir el nido en la torre de Telefónica de la plaza Tournefeuille.

Recordamos que en junio del año pasado se retiró la antena parabólica, y con ella el nido que soportaba. Hace unos años, otro nido fue retirado del mismo lugar. Es bien sabido que las cigüeñas muestran gran fidelidad por los lugares de cría, a pesar de que estos no ofrezcan las mejores garantías. También es proverbial la fidelidad de las parejas de cigüeñas, que acostumbran a mantenerse de por vida. Tal parece ser nuestro caso.

Este nido, ahora incipiente, tiene un valor adicional: es uno de los situados más al norte del Alto Aragón y, por lo que sabemos, el único de la comarca de Ribagorza.

En su día, propusimos instalar una plataforma estable, en la misma torre o en sus proximidades, para paliar el desahucio provocado. Ahora ya es tarde, pues las cigüeñas han obrado por su cuenta. Pero debería considerarse esa posibilidad para el futuro, en la torre o en otro lugar cercano. Sería una buena manera de ayudar a protegerlas y demostrar que podemos vivir en armonía con nuestros vecinos, alados en este caso.

Cabe señalar que la cigüeña blanca (Ciconia ciconia) está incluida en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial, a nivel estatal (Real Decreto 139/2011 y Ley 42/2007) y autonómico (Decreto 129/2022). Es decir, se trata de una especie protegida, que no se puede cazar, ni siquiera molestar, y mucho menos destruir sus nidos, en especial en época de cría, todo lo cual está contemplado como delito en el artículo 334 del Código Penal.

La ciudadanía tiene el derecho y el deber de conservar nuestra riqueza natural. Las administraciones públicas deben velar por ello. Han de valorar y proteger esa riqueza, han de cumplir y hacer cumplir las leyes. Hay que ir más allá de una supuesta protección sobre el papel y de añadir la consabida coletilla “sostenible” a cualquier actuación que, a menudo, léase telecabina o macrourbanización, poco tiene que ver con tan manido término. Es responsabilidad de todos proteger una biodiversidad que afronta amenazas crecientes, básicamente provocadas por nosotros mismos.

La cigüeña blanca es uno de los mejores ejemplos de nuestro patrimonio natural y cultural, y de las múltiples relaciones entre ambos. Se trata de una especie vinculada desde antiguo a nuestros pueblos y ciudades. Ha inspirado leyendas y refranes, es símbolo de fertilidad, de buena suerte, del cuidado a los mayores y del paso de las estaciones. Por no hablar de sus efectos beneficiosos para el campo y para los ecosistemas en general, gracias a su eficaz labor depredadora de roedores e insectos, entre otras presas. Pero, por encima de todo, es hermosa y tiene tanto derecho como nosotros a estar aquí.

Si caben longanizas y trufas como insignias de una identidad, ha de haber espacio suficiente para las aves. Deberíamos aprovechar la oportunidad de que la cigüeña sea también un emblema de la riqueza natural de nuestra villa, de nuestro entorno.

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