Berta Comas (Zaragoza, 1992) publica un ensayo que acecha y descuartiza el género del true crime desde una perspectiva feminista. ‘True crime, Una mirada al dolor de las demás’ (Lengua de Trapo, 2026) es un estudio profundo sobre quién crea, qué dice, cómo se cuenta y a quién va dirigido un tipo de producto que no deja de crecer en su cantidad de producciones literarias, sonoras y audiovisuales.
Yo, que escribo estas líneas, me declaré ante Berta como antifan del true crime. Sin embargo, me llama mucho la atención cómo se llega a ser una adicta al género. Berta parecía tenerlo muy claro. “Yo llegué sobre todo con los podcast, porque empecé a escuchar el de Negra y Criminal (…) Lo empecé a escuchar con mi madre. Me acuerdo muchas veces con el coche o haciendo cosas. O sea, que tampoco era tan pequeña, ¿eh? Pues empezando la carrera o algo así. Y nos gustaba mucho a las dos. Y me acuerdo que a veces íbamos con el coche a Barcelona o de vuelta. Era de noche, y yo que sé, que te está contando que el asesino no sé qué y la descuartizó, y parabas en una gasolinera y te quedabas así, en plan, es que..., es que no queremos bajar. Es que ahora tenemos miedo”. La no casualidad hizo que el libro de Berta se presentara en sociedad en el Circulo de Bellas Artes de Madrid y que lo hiciera acompañada de Mona León Siminiani, creadora del podcast Negra y Criminal que, según sus propias palabras, introdujo a la autora en el true crime. “Eso me hizo mucha ilusión”, asegura Berta, aunque siento que es de las pocas cosas que le hizo ilusión.
A mí me gusta mucho leer ensayos. Pero no es lo que más leo. Siempre he tenido la sensación de que cuando te introduces en un tema tanto, cuando lo desmenuzas y reorganizas en tantísimas formas distintas, desde tantas perspectivas, el tema, por lo que sea comienza a perder el interés inicial, a desviarlo, incluso a deformarlo. Eso me ocurre siendo un simple y torpe lector. La sensación que tuve al hablar con Berta Comas es la de un antifan que entrevistaba a una exfan del true crime. No es para menos.
El género sobre crímenes reales, como los señoros de la RAE quieren que lo nombremos en nuestros escritos, tiene particularidades que saltan a la luz cuando la perspectiva con la que miramos, ya no los crímenes (que también) sino el propio género, es feminista. Una de las primeras particularidades es la víctima. En el mundo la estadística arroja que el 80% de los asesinados son hombres, que, por regla general, han sido asesinados por otros hombres, ya que el 95% de los asesinatos son cometidos por hombres.
Sin embargo, el true crime adolece de un problema: la búsqueda de la víctima perfecta. Que casualmente, suele ser una mujer. “Muchas veces aparece la imagen de la asesinada y es como todo fotos de súper cándida, ¿no? Fotos y videos familiares en los que se le ve como la víctima perfecta. Pobrecita que ésta no se lo merecía, estaba estudiando, era popular, ¿no? Si lo había hecho todo bien y no sé qué”, cuenta Berta, que describe cómo se crea esa imagen de chica joven, guapa o bien parecida, integrada en su instituto o facultad, blanca, delgada, rubia… como la víctima perfecta. Rechazando la víctima racializada, la gorda, la queer… “Bueno Dahmer mataba maricas”, añade Berta, lo que no quita que lo hiciera no tanto por homofobia sino también como una forma de supremacía y de control.
Otras de esas particularidades del true crime es que no solo las víctimas son mujeres sino que el público mayoritario también lo son. “Hablando con gente, y leyendo sobre el género me enteré de que las mujeres son las que más escuchan o ven true crime. Y fue como, ¡ostras, qué raro!, porque al final es que somos las víctimas que se muestran en todos los documentales. No sé, como que nos gustara ver a otra mujer muerta, ¿no? Que, joder, al final es raro. También funciona con el terror, pero bueno, es que aquí además son reales. Que podría ser alguien conocido, podrías ser tú, podría ser tu amiga”. Ciertamente es sorprendente. Berta, incluso se pregunta si, en cierto modo, seguir viendo esta violencia perpetúa el carácter de la misma.
A mí ese seguimiento femenino del true crime me hace lanzar una pregunta. ¿Existe en el género del true crime un carácter perpetuador del heteropatriarcado o puede estar tratando de generar miedo en su público, compuesto mayoritariamente por mujeres? “No sabría decir qué es más o qué va por arriba o por abajo. No lo sé”, me responde Berta a lo que añade que “hay más una cosa de generar miedo. O sea, en general, hacia todo el mundo. Otra cosa también que leí es que los programas como de policías y juicios y tal, ese rollo muy de Estados Unidos, que se habían hecho estudios que si veías muchos programas de crímenes tenías una percepción de que había más crímenes en tu entorno”. Como lo de Ana Rosa con los okupas y el aumento de venta de alarmas, o de votos a Vox, que es peor. Sin embargo, es cierto que el true crime no nombra la violencia machista como tal, ni los feminicidios como lo que son.

Pero si hay algo realmente sorprendente de la reacción de las mujeres a los true crime son las formas en las que se acepta, por un lado, esa suerte de autorreclusión y, por otro, la capacidad de análisis de lo sufrido por otra mujer como aprendizaje. “Que una de las cosas que más nos atrae, aunque sea de una forma inconsciente, es que sentimos que si podemos ver lo que les ha pasado a otras mujeres, podemos aprender de eso y que no nos pase a nosotras. Pero, a ver, es una trampa gigante. Porque es que al final lo que te están diciendo los true crime es como lo que pasó tras el crimen de las chicas de Alcàsser. No hagáis autoestop, no salgáis de fiesta, no os fiéis de otros hombres, no ayudes a este que te está diciendo que le ayudes con la furgoneta. Y eso ya es en plan, pues no salgas sola por la noche, no tengas relaciones con hombres que no conoces, no seas promiscua…”, explica Comas.
Si pasamos de la víctima al victimario el true crime tiene cierta predilección por los traumas o enfermedades mentales del asesino. Esa fijación genera una visión peligrosa, una suerte de cosmovisión de locura de la que parecen partir todos los asesinos. Y no. No es así. “Es algo así como que todos estos son unos psicópatas, ¿no? O sea, el que ha matado a 25 y el que ha asesinado a su mujer. Hay un gran grueso de gente que no son psicópatas y que si los metes a todos en el saco de la locura, no lo estás analizando como debes, no estás hablando de estructura patriarcal, estás como quitándotelos un poco de en medio, ¿no? Como están locos y por eso no son como nosotros, no podemos intentar comprenderlo y por lo tanto, no podemos intentar que no ocurra”, asevera Berta con visible malestar. Pareciera que el true crime vive este auge desde la comodidad de que su público se autoatemorice y no se haga estas, ni otras preguntas.
Siguiendo con el asesino, el true crime se caracteriza por los finales penitenciarios. Más penas, más cárcel, pena de muerte… Pareciera que es un género creado para incubar ese clima de miedo en la sociedad que impulse un mayor punitivismo. El true crime tiene una vara de medir extraña en la que se puede analizar la mente del asesino en profundidades casi psiquiátricas, para tratar de buscarle el lado humano, aquello que le hizo ser así, para que al final, al terminar la serie, película o podcast se le meta en una celda y se cierre la verja. “A mí me fascina la capacidad que tenemos como sociedad de punitivizarlo todo, ¿no? O sea, de cuando ocurre algo así, pensar que la solución pasa por penas de cárcel más grandes. Y creo que el true crime contribuye mucho a eso”, remacha Berta.
Lo cierto es que, tal y como hace el true crime, nos hemos centrado en la visión clásica victimario, crimen, víctima, castigo. Y ese parece ser el principal problema del género en la visión de Berta. Pero, ¿existe una forma distinta de acercarse a un crimen? “Bueno, sí. Claro, una de las cosas que ha salido varias veces es, ¿y cómo se haría?, ¿no? ¿Cómo hay que hacerlo? Nerea Barjola cuenta en alguna entrevista que después de su libro (“Microfísica sexista del poder”, Virus Editorial, 2023), después del documental de Alcàsser y tal, como que le han contactado para que ayude en el guion para hacer algún tipo de documental como de true crime feminista. Y ella dice que no, por ejemplo, que no es el momento, que no se puede hacer ahora mismo, ¿no? Como que no está al nivel para eso. Pasa lo mismo cuando se informa de feminicidios, que hay un protocolo, que se sigue o no se sigue, pero también genera muchas dudas, ¿no? Dices el nombre, no dices el nombre. Parece que si la nombras, la pones encima de la mesa, pero al final, o sea, que y está encima de la mesa la pobre, ¿no? Yo qué sé”. No es un asunto sencillo. Sin embargo, salen en la conversación algunas claves que pueden hacer de este del crimen real, un género menos machista, menos punitivista, menos enclaustrador… y no parece fácil. “Porque no entrarías en los detalles, no entrarías en el morbo, no entrarías en el amarillismo, porque nos quedaríamos analizando la estructura”, advierte Berta. “Una de las cosas que se puede hacer, es ampliar la mirada, y decir vale, han ocurrido estos hechos, estos casos, ¿no? Pero cómo han repercutido en la sociedad, en las mujeres que se quedan, ¿no? Analizar más las consecuencias que ha traído el crimen, no tanto para la familia, no tanto para los protagonistas concretos, sino para el resto”.

