La memoria también implica decidir qué historias se cuentan y cuáles se olvidan. ¿Por qué conocemos algunos casos y otros no? ¿Por qué la memoria de Carlos Palomino sí ha tenido más presencia en el imaginario colectivo antifascista y otras no? ¿Por qué no conocemos el caso de Rafael Rincón Rodríguez, asesinado por neonazis hace 30 años? Si conocemos algunos asesinatos fascistas ha sido gracias a la lucha incansable de asambleas antifascistas y familiares que han peleado para que la memoria de Carlos Palomino, Richard, Guillem Agulló y tantos otros no se apague. Pero esto no ha sido la norma, sino la excepción. La mayoría de las víctimas del fascismo durante la dictadura y después de la Transición no han pasado a formar parte del imaginario colectivo: se han invisibilizado con el tiempo. Por eso, proyectos como Crímenes de Odio han empezado a documentar estas realidades, recordando que no son cifras, sino personas con una historia común: ser víctimas del fascismo y de su odio.
Mientras Argentina ha avanzado durante décadas en un proceso de verdad, memoria y justicia frente a su dictadura, en el Estado español persisten limitaciones sobre cómo recordar, o directamente no recordar, la dictadura franquista y a sus víctimas. La dictadura argentina dejó 30.000 desaparecidos, torturas y un sistema represivo basado en el secuestro y la desaparición forzada, con personas hacinadas en centros de exterminio y posteriormente asesinadas. Sin embargo, a diferencia del Estado español, Argentina ha desarrollado durante décadas un proceso memorialista que, con enormes reticencias de la derecha golpista, ha obtenido avances claros y sostenidos en el tiempo: juicios, condenas, monumentos, placas, memoria viva y, sobre todo, un relato oficial que forma parte de la identidad nacional sobre lo que supuso la dictadura fascista de Videla.
Ese proceso sobre la memoria histórica en el país latinoamericano no fue espontáneo ni es monolítico. Se construyó gracias a la lucha incansable de colectivos como las Madres de Plaza de Mayo. Frente a la desaparición sistemática, estas mujeres recorrieron comisarías y cuarteles buscando a sus hijos. Al no obtener respuestas, el 30 de abril de 1977 comenzaron a marchar alrededor de la Pirámide de Plaza de Mayo. Fueron tachadas de “locas” y “terroristas”, pero no cedieron ante el olvido y el relato que se pretendía instalar. Encabezadas por figuras como Azucena Villaflor, se colocaron pañuelos blancos hechos con pañales de sus hijos. Ese símbolo dio la vuelta al mundo. Su lucha fue decisiva para romper la impunidad de los asesinos y su relato, y enseñaron la importancia de resistir incluso cuando todo está en contra.
Gracias a esa lucha, hoy en Argentina esa memoria es un elemento central del presente que ha impregnado incluso a generaciones muy jóvenes. Ese relato antifascista permite que haya una identidad colectiva que activa imaginarios y pulsiones colectivas, valores de solidaridad y apoyo mutuo… algo que condiciona la política del presente y futuro de cualquier sociedad. Por eso no resulta extraño que el gobierno ultraderechista de Javier Milei y sus medios de propaganda hayan puesto en el punto de mira esa memoria democrática y pretendan desmantelarla, promoviendo narrativas negacionistas o revisionistas que cuestionan las cifras y equiparan a las víctimas con los verdugos, al tiempo que recortan recursos a las instituciones memorialistas. Saben que el relato oficial sobre lo ocurrido es fundamental a la hora de hacer política.
Frente a ese modelo, en España la memoria democrática sigue tratándose como algo “de abuelos”, como algo del pasado, algo muy lejano, algo “de historiadores”. Y esa diferencia es clave. La falta de un relato oficial claro en el Estado español ha impedido construir una identidad colectiva con valores antifascistas, de solidaridad y justicia. Cuando falta ese relato colectivo, falta una dirección, un sentido político compartido y una capacidad de transformar el pasado en aprendizaje y acción en el presente. La izquierda parte de una derrota en ese terreno que le pesa a nivel político y de transformación social.
El lenguaje no es neutral. Hablar de “guerra civil” en lugar de golpe de Estado, de “transición modélica” o de “pelea entre hermanos” en vez de dictadura franquista y sanguinaria construye un marco que diluye responsabilidades y lava la cara al franquismo, presentándolo como una tragedia inevitable, como si simplemente hubiera dividido a familias. Este marco se conecta con la teoría de los “dos demonios” (que iguala víctimas y verdugos), reproducida en España incluso en ámbitos progresistas y culturales: películas como La vaquilla de Berlanga, canciones que hablan de “matarse entre hermanos”, como la que hizo Los de Marras sobre la guerra civil, o discursos que romantizan el consenso de la Transición.
La Transición se construyó en gran medida a medida de los ganadores, y en ningún momento fue una expresión de fuerza democrática. Los Pactos de la Moncloa y la cultura del consenso construyeron ese relato del “abrazo entre las dos Españas”, normalizando la violencia capitalista y desplazando la política del conflicto por el consenso.
A pesar de algunos avances, como la ley de memoria democrática, las limitaciones son evidentes. El artículo 38 establece que son contrarios a la memoria democrática los actos públicos que supongan humillación de las víctimas o exaltación de la dictadura. Sin embargo, estos actos se siguen produciendo. Cada 20 de noviembre hay misas fascistas y actos de exaltación en honor a Francisco Franco o José Antonio Primo de Rivera. También hay actos de grupos abiertamente nazis como Núcleo Nacional, entre otros. Y no solo se producen: son autorizados por las instituciones, incluso por la propia delegación del gobierno.
Este año, como destapamos en AraInfo, incluso en colegios que reciben dinero público se cedieron instalaciones para realizar un acto para conmemorar al dictador Francisco Franco en su 50 aniversario de la muerte, como ocurrió en el colegio San Vicente de Paúl en Zaragoza.
El alcalde de Madrid homenajeó a figuras franquistas como José Millán-Astray, y Vox defiende declarar bienes de interés cultural toda la simbología franquista. También ha defendido la dictadura franquista, teniendo entre sus cargos a neonazis declarados como Jordi de la Fuente, al mando de su pseudosindicato Solidaridad. Podríamos seguir poniendo ejemplos, pero es bastante representativo de cómo las instituciones no han frenado el auge de la extrema derecha, sino que le han puesto la alfombra roja.
En el Estado español han cobrado notoriedad las narrativas que trivializan el fascismo. Ahí está Arturo Pérez-Reverte y su lucha por defender un relato de “las dos Españas” y de que “se mataron entre hermanos”.
Ejemplos como el personaje Mauricio Colmenero de Aída o Torrente, de Santiago Segura, y su nueva película Torrente 6, forman parte de ese imaginario donde comportamientos machistas, racistas o violentos se presentan como humor. No es casual que triunfen estos personajes y que sean ejemplos para imitar, al igual que agresores sexuales como el Dandy de Barcelona o el agitador ultra Vito Quiles: reflejan y refuerzan un imaginario donde ser fascista puede parecer algo gracioso y donde insultar o ejercer violencia se banaliza. El cine es una herramienta política de primer nivel, y hay niños de 8 o 9 años deseando ir a ver Torrente 6. Una película que, al situar a Vox dentro de la ventana de Overton en contraste con Torrente, contribuye a hacerlo parecer moderado y que, bebiendo del discurso antipolítica, acaba legitimando a un personaje fascista al presentarlo como humorístico.
A todo esto se suma que se ha conseguido instalar la idea de que el antifascismo son “tribus urbanas violentas”, como un espejo de los nazis, sin entender su significado real. Y, sin embargo, para ser demócrata hay que ser antifascista.
Esta batalla por el relato la vemos también en cómo se redefine la violencia machista como “violencia intrafamiliar”, o en cómo se individualizan problemas estructurales como la vivienda o la explotación laboral, tratando a quienes sufren desahucios como “fracasados” en lugar de señalar a los especuladores. No es casual tampoco que desde sectores de la derecha se hable de “reconciliación” en lugar de memoria democrática. La derecha y la extrema derecha saben lo que hacen y están muy bien asesoradas.
Nada es casual. Hay una estrategia consciente sobre el lenguaje, los medios y los dispositivos de comunicación. Se busca romper la posibilidad de construir identidades colectivas, aislar a las personas e impedir que se reconozcan en problemas comunes. Lo que hay de fondo es impedir la unión de luchas distintas en un proyecto común.
En Vietnam, por ejemplo, existe un relato claro sobre el papel imperialista de Estados Unidos y lo que supusieron sus atrocidades. Aquí, en cambio, no se apostó por recuperar la memoria, sino por el olvido y la humillación a las víctimas.
En última instancia, la memoria democrática no es solo recordar. Es decidir qué valores definen a una sociedad, qué relatos construyen identidad y qué futuro se hace posible. Sin memoria, lo que queda no es neutralidad: es el terreno abonado para el olvido, la impunidad y la repetición de la historia.
Por eso, 50 años después del golpe en Argentina, la lucha por el relato y la memoria colectiva sigue siendo una batalla necesaria, en Argentina, en el Estado español y en cualquier territorio que luche por su libertad.

