No es “polarización”: es avance del neofascismo

Frente al relato complaciente de la “polarización”, este artículo sostiene que lo que está en juego es algo más profundo y peligroso: el avance organizado del neofascismo en medios, instituciones y sentido común, una ofensiva cultural que normaliza el odio, desplaza los consensos democráticos y convierte la persecución política en una práctica cada vez más habitual.

Fotograma de “Salvador”, la nueva serie de Netflix, que aborda el auge de la extrema derecha.

Cada día, cada minuto, cada segundo, la ultraderecha disfrazada de antisistema avanza como la pólvora. Un entramado político y empresarial, junto a medios de comunicación, grandes magnates y algoritmos a su servicio, lleva tiempo librando una batalla sin cuartel para alterar el sentido común y romper consensos básicos: desde si la Tierra es plana hasta el derecho al aborto o el reconocimiento de la violencia machista. Van con todo y contra todas. Y lo saben.

Muchos no han leído a Gramsci, pero comprenden perfectamente qué es la batalla cultural y la aplican sin escrúpulos contra la clase trabajadora, ignorando los hechos objetivos y desplegando toda una artillería de bulos e información manipulada para influir en la población.

Hace unos años, en plena ola expansiva del 15M, Carlos Cuesta era visto como un facha radical cuando estaba en 13TV. Hoy es un tertuliano habitual en Espejo Público de Antena 3. Aquellos fachas de Intereconomía, 13TV y otros medios de propaganda franquista han ido ganando fuerza en espacios que la población no considera de extrema derecha. Mientras tanto, periodistas rigurosas y comprometidas con los derechos humanos, como Olga Rodríguez o Arantxa Tirado, son invisibilizadas o señaladas como radicales; la última incluso tuvo que abandonar el programa de Susanna Griso ante la evidente manipulación.

El propio neonazi de Núcleo Nacional, Alberto Pugilato —quien agredió al cómico Jaime Caravaca y fue tildado de “padre de familia” en vez de neonazi por la mayoría de los medios— admitía ante Rodrigo, de Bastión Frontal, que Vox les beneficia porque normaliza sus ideas. Y tiene razón. Hoy Vox habla abiertamente de “remigración”, consignas racistas que antes solo difundían grupos neonazis marginales como Democracia Nacional o Núcleo Nacional. Ahora se presentan como propuestas legítimas y llegan a cada vez más gente.

Vox contribuye a que las ideas neonazis de gente encapuchada y con pasamontañas sean percibidas como “sentido común”. Y el PP hace exactamente lo mismo. Basta ver cómo en Zaragoza trajeron al ultraderechista acosador Vito Quiles o a grupos que hablan sin complejos de “volver al 36”. Pura batalla cultural: saben que avanzan posiciones ideológicas y golpean a su enemigo —la izquierda— en un momento de debilidad institucional.

Incluso El Jincho se ha subido al carro, utilizando el rap —nacido de la lucha antirracista— para glorificar a la División Azul o reivindicar a Primo de Rivera. Santiago Segura cada vez se parece más a su personaje Torrente y presentó la gala de los Ceci Army, donde se coreó “Pedro Sánchez, hijo de puta” y se propagaron discursos de odio de distintos ultras. El ‘Dandy de Barcelona’ se ha paseado por discotecas de Zaragoza e incluso fue invitado a Sesue por el PSOE. Un agresor sexual franquista invitado por el PSOE… Podría seguir poniendo ejemplos durante horas, pero el escenario está claro.

Están desplazando la ventana de Overton. Consiguen que ideas antes socialmente inaceptables hoy se presenten como respetables: racismo, machismo, terraplanismo o teorías conspirativas como el “plan Kalergi”, que habla de una supuesta conspiración para sustituir a la población blanca. Todo envuelto en un mismo envoltorio: el “sentido común”.

Horas después de conocerse el resultado de las elecciones en Aragón, donde Vox, gracias al papel de Jorge Azcón, ha duplicado sus resultados, Javier Negre, presidente del medio ultra EDA TV, y jefe de Vito Quiles, amenazaba a la izquierda con “ajustar cuentas pendientes”, afirmando, entre otras perlas: “Ahora me comen literalmente la polla, y así lo digo abiertamente, todos. Esa izquierda de mierda, porque desde Estados Unidos, desde América, tenemos ya los recursos para que se acabe ya la mierda esta (…)”.

Esta ofensiva no es un debate abstracto ni una exageración retórica: tiene consecuencias materiales, incluso sin que la extrema derecha gobierne en el Estado. Héctor de Miguel (Quequé) anunció su retirada temporal tras recibir amenazas por parodiar al ultraderechista Nacho Abad; Ane Lindane está siendo perseguida judicialmente por Abogados Cristianos por un supuesto delito inexistente en Francia; Pablo Hasél cumple en unos días cinco años de prisión; y dos de los seis de Zaragoza siguen encarcelados. No hablamos de “excesos” ni de “ruido en redes”: hablamos de intimidación, censura y persecución —dentro y fuera del derecho— contra la izquierda como herramientas políticas.

Decir que “los moros nos roban las ayudas”, que “las feminazis se inventan denuncias falsas” o que “los menas viven de la pensión de tu abuela” ya no son bulos racistas: son “opiniones respetables” y “sentido común”. El lema de Vox en las elecciones aragonesas era precisamente ese: “sentido común”. Saben perfectamente lo que hacen, tienen dinero y están muy bien asesorados.

Da igual que los cachorros de Vox, Revuelta, se quedaran con el dinero de la DANA. Da igual que el sindicato fake Solidaridad de Vox esté dirigido por el neonazi Jordi de la Fuente, proveniente de grupos fascistas como el Movimiento Social Republicano. Avanzan a tal ritmo que hoy, para cada vez más gente, votar al PP es votar al centro o incluso a la izquierda.

El Ku Klux Klan no empezó quemando personas negras de un día para otro. El nazismo no comenzó con cámaras de gas de la noche a la mañana. Las cacerías en Torre Pacheco no fueron algo espontaneo. En todos esos escenarios antes hubo una batalla por el lenguaje y por la normalización de sus tesis. Trump lo hace cada día, midiendo hasta dónde puede llegar: secuestro al presidente de Venezuela, escuadristas armados como el ICE asesinando a personas racializadas, fábricas de bulos, invasiones. Netanyahu hace algo similar, siendo hoy la cara visible de un genocidio en Palestina.

En este contexto, se repite constantemente que la sociedad está “polarizada” y que debemos “tender puentes”, que hay que “evitar los extremos”. Ya saben, la clásica teoría de los dos polos: ni racistas ni antirracistas, ni machismo ni feminismo, ni Ku Klux Klan ni personas negras, ni Josué Estévez —asesino de Carlos Palomino— ni la víctima, ni Israel ni Palestina, ni especuladores ni quienes luchan por la vivienda. Una trampa que, en este contexto de individualismo neoliberal, siempre beneficia a la ultraderecha, diluyendo responsabilidades y ocultando la raíz de los conflictos sociales: el capitalismo y su violencia.

Asumir la tesis de que “los extremos se tocan” en última instancia defiende la posición política de aceptar como asumible este orden social cada vez más fascistizado, donde el odio se dirige contra las personas vulnerables. Es la misma trampa que habla de “guerra entre hermanos” para no hablar del golpe de Estado franquista, o de “guerra entre Israel y Hamás” para no hablar de genocidio. Trampas discursivas que no difunden solo medios abiertamente de derechas, sino también otros como La Sexta.

Si seguimos aceptando el marco tramposo de la “polarización”, su victoria estará cada vez más cerca. Si, por el contrario, nombramos e interiorizamos la realidad —el auge del neofascismo, el avance del trumpismo y la fascistización social— todavía hay margen para disputar el terreno. La primera tesis desactiva cualquier respuesta, paralizándonos y señalando como culpables a quienes plantan cara a este sistema injusto. La segunda permite identificar al enemigo, transformar el dolor en política y acción colectiva, y construir un “ellos y nosotros” imprescindible frente a un enemigo que actúa sin cuartel. El enemigo no espera. La batalla es ahora.

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