Nunca se recomienza por el principio: apuntes para un fin de ciclo

Ha pasado una década que parece un siglo desde las cargas policiales contra un grupo de apenas treinta personas que había decidido pasar la noche en la Puerta del Sol de Madrid, tras una manifestación masiva en protesta por la falta de democracia y las políticas neoliberales de respuesta a la crisis (nos suena, ¿no?). La oleada de indignación provocó un efecto contagio y al día siguiente varios cientos de personas trataban de acampar en Sol. Dos noches más tarde, las acampadas se contaban por decenas en todo el Estado. Había comenzado el 15M. Esta es una historia que conocemos …

Ha pasado una década que parece un siglo desde las cargas policiales contra un grupo de apenas treinta personas que había decidido pasar la noche en la Puerta del Sol de Madrid, tras una manifestación masiva en protesta por la falta de democracia y las políticas neoliberales de respuesta a la crisis (nos suena, ¿no?). La oleada de indignación provocó un efecto contagio y al día siguiente varios cientos de personas trataban de acampar en Sol. Dos noches más tarde, las acampadas se contaban por decenas en todo el Estado. Había comenzado el 15M.

Esta es una historia que conocemos de sobra pero que corre el riesgo de convertirse en memoria fosilizada. Ni la apología ni la condena, en sus vertientes teleológicas, sirven para nada en política. Preguntarse cuáles son las diferencias entre el entonces y el ahora, qué parte de las similitudes se deben a la falta de ruptura y qué parte a los intentos de recuperación y, sobre todo, qué es lo que ha pasado en estos diez años, es una tarea prioritaria para la izquierda. Porque es cierto, como dijo Bensaïd, que nunca se recomienza por el principio: siempre recomenzamos por el medio.

El momento impugnador

El Movimiento 15M tuvo enormes potencialidades (que muchos no quisieron ver en su momento) e importantes déficits (que otros tantos no quieren reconocer ahora). Más que un movimiento sólidamente definido, se trató de la expresión de un malestar general y de una crisis orgánica sin articulación política. Se compartían eslóganes contundentes y avanzados que lograron generar un salto en el sentido común y los imaginarios colectivos en muy poco tiempo, pero se carecía de una propuesta o algún tipo de planteamiento con respecto al poder, no existían vínculos con el mundo sindical, y reivindicaciones centrales en la actualidad como el feminismo o el antirracismo eran entonces inexistentes. El Gobierno, aunque muchos parecen haberlo olvidado, estaba en manos del PSOE, e imaginar la irrupción de nuevos partidos era todavía un ejercicio imposible.

Los años que siguieron a 2011 fueron embrión de muchos fenómenos desarrollados posteriormente. Le debemos al 15M, en su aspecto ideológico, la apertura de una brecha en la naturalidad de nuestro sistema político. En su dimensión más material, el 15M fue responsable del desarrollo de las prácticas de “sindicalismo social” a través de la expansión acelerada de la PAH, la multiplicación de asambleas barriales y el surgimiento de un nuevo modelo de defensa de los servicios públicos: las Mareas.

Algo que se ha dicho mucho es que Podemos fue la continuación lógica del 15M. Esto no es cierto (era, tan solo, una de las muchas continuaciones posibles), pero tenemos claro que sin el 15M no habría existido Podemos. Por otro lado, tampoco es verdad que Podemos fuera una operación diseñada para anular al movimiento. Los intentos de unificar las luchas y de dotarlas de una coherencia política se venían sucediendo desde hacía ya un tiempo. Las Marchas de la Dignidad, que trataban de romper con la disgregación movimentista para consensuar un programa de mínimos (pan, trabajo, techo) son un buen ejemplo. Era 2014 y la máxima de “el movimiento por el movimiento” había desembocado en una situación de agotamiento generalizado. En las grandes ciudades como Zaragoza, grupos de activistas comenzaban a barruntar la posibilidad de impulsar procesos de construcción de programas municipales. Tras perder la ilusión por lo social, mucha gente comenzaba a mirar lo electoral como terreno viable.

La vuelta al 15M no es posible. Las bases que en 2011 permitieron un movimiento de masas impugnador, antisistémico y destituyente ya no existen. Partimos de otro momento y cualquier proceso que surja ahora lo hará sobre bases nuevas. El empeño de algunos sectores activistas por seguir hablando en el lenguaje construido hace diez años es fruto de una desconexión radical con las luchas existentes en la actualidad y sólo puede llevar al aislamiento político. Y, sin embargo, muchos de los elementos puestos en juego por el 15M pueden y deben ser recuperados de las garras de la nostalgia para ponerlos a funcionar en el presente: el cuestionamiento de las privatizaciones de bienes comunes y de los derechos básicos, la impugnación de unas instituciones vendidas a los intereses de la patronal y del capital internacional, la ocupación del espacio público y la insubordinación a leyes injustas. Es en su doble dimensión de enmienda a la totalidad y de cantera de imaginación política que el 15M puede sernos útil diez años más tarde.

El asalto institucional o la ambición de “ganar”

En 2013, el movimiento 15M y todas las luchas derivadas estaban en crisis. Era necesario transformar la correlación de fuerzas existente en ese momento, apoyarse en lo que quedaba de la movilización social y dar un paso hacia la vía electoral. Por primera vez desde la Transición, parecía posible impulsar una fuerza política capaz de presionar para abrir procesos constituyentes que hicieran real la ambición de “cambiarlo todo”. El escenario internacional (Grecia) lo favorecía. Se produjo así, para muchos sectores, una oscilación del péndulo: se cerraba la etapa de ilusión social y se abría paso a la ilusión electoral.

Podemos nació con un acuerdo entre varias personas de la Universidad Complutense de Madrid e Izquierda Anticapitalista (ahora Anticapitalistas). Mientras el primer sector aportaba caras visibles reconocidas entre el activismo de izquierdas, el segundo proporcionaba la necesaria red inicial de militantes que impulsara la organización territorial por todo el Estado. El objetivo inicial era lanzar una fuerza política antineoliberal, lo más amplia, plural y abierta posible (hubo invitaciones a IU, Frente Cívico y organizaciones territoriales), que superara el bloqueo de los aparatos de los partidos tradicionales y sirviera para para conquistar el poder político con un programa de ruptura, basado en el inicial Manifiesto “Mover ficha”.

En enero de 2014, tras un acto de presentación que tuvo que celebrarse en la calle el desborde de aforo, se creaba el primer Círculo de todo el Estado: el de Zaragoza. Posteriormente vinieron Huesca, Teruel, y muchos otros. A partir de entonces, la conformación del que posteriormente se conoció como “sector Echenique” marcó el desarrollo territorial de la formación. Durante todos esos primeros años, Aragón supuso una anomalía en el panorama estatal. La gran aceptación inicial que tuvo Pablo Echenique dejó con poco espacio al resto de corrientes. Pablo Iglesias se vio empujado a dar apoyo a las diferentes figuras que fueron surgiendo como oposición interna y ellas a aceptar la ayuda independientemente de sus inclinaciones políticas. Junto con Andalucía, Aragón fue la excepción dentro de Podemos. Logramos no sólo frenar la imposición del tándem Iglesias-Errejón, sino marcar debates públicos de confrontación directa con el PSOE, así como dar espacio en la organización a otras corrientes y establecer alianzas con procesos hermanos que iban surgiendo, como Alto Aragón en Común. Echenique carecía de experiencia política previa, pero supo ser altavoz de las demandas de los círculos y rodearse de un equipo de personas comprometidas, procedentes de las luchas, y que creían firmemente en lo que hacían y decían. Y, sin embargo, bastó su incorporación al aparato estatal para desarticularle como voz crítica y anular la fuerza política de Podemos Aragón.

De aquella primera etapa de Podemos Aragón es destacable el casi sorpasso al PSOE en 2015, una negociación de investidura en la que nunca se habló de reparto de sillones sino de medidas políticas, pulsos fuertes con el gobierno como la renovación de los conciertos educativos, y la quiebra por primera vez en la historia del bipartidismo en la provincia de Huesca, logrando un diputado de Alto Aragón en Común en las elecciones generales. No se logró, sin embargo, una aplicación efectiva de los acuerdos de investidura ni una coordinación ágil con Zaragoza en Común, se erró al pactar la Presidencia de las Cortes y se falló al no construir portavocías corales que permitieran no centralizar todo el foco en la figura de Echenique, voluble y poco sólida políticamente. A partir de 2016, Nacho Escartín, Maru Díaz y Violeta Barba se repartieron el poder de Podemos Aragón. Se terminó la confrontación con el PSOE; desde ese momento, el único objetivo será la entrada en el Gobierno liderado por Lambán. En 2019 se consuma el mayor destrozo para las posiciones de la izquierda transformadora: la ruptura con Zaragoza en Común. Con Errejón fuera ya de Podemos, era el errejonismo quien lideraba el partido en Aragón.

El resultado ya lo conocemos: organización muy debilitada a nivel militante y batacazo monumental en las elecciones aragonesas de 2019, perdiendo casi dos terceras partes del apoyo electoral. No hubo asunción de responsabilidades; quizá, porque los verdaderos objetivos de la nueva ejecutiva sí se habían logrado. La respuesta al fracaso electoral fue una huida hacia adelante para vender como éxito la integración en un Gobierno liderado políticamente por el PSOE y el PAR, con Maru Díaz al frente de una Consejería de Universidad cuya orientación los dos últimos años en poco ha diferido de la de su antecesora del PSOE, Pilar Alegría.

La dimensión local

En 2015, en pleno ascenso de Podemos, el mapa político de todo el Estado se pobló de candidaturas locales de diverso tipo que se agruparon de manera general bajo la etiqueta “municipalismo” y que consiguieron importantes éxitos electorales. La debilidad orgánica que todavía tenía Podemos, la diversidad de intereses puestos en juego por Izquierda Unida y la existencia o no de sectores activistas autoorganizados, dieron como resultado una multiplicidad de experiencias políticas y fórmulas organizacionales. Barcelona en Común con Ada Colau, Ahora Madrid con Manuela Carmena, Por Cádiz Sí Se Puede con José María González “Kichi” y Zaragoza en Común con Pedro Santisteve y Luisa Broto tenían muy poco que ver unos con otros. Pero para bien y para mal, la etiqueta de “ayuntamientos del cambio” los unificó a todos haciendo difícil contraponer las políticas ejecutadas y diferenciar los proyectos.

No descubrimos nada nuevo si decimos que los cuatro años de gobierno en minoría de Zaragoza en Común fueron duros. El Heraldo desplegó una campaña de acoso y derribo de casi titular diario. PSOE y CHA, que se habían visto forzados a apoyar la investidura, orientaron la legislatura a un trabajo de desgaste que poco tenía que envidiar del papel de las derechas. Pero incluso así, Zaragoza en Común fue capaz de ejercer como dique de contención contra las políticas de saqueo y expolio, y llegó a 2019 siendo uno de los gobiernos del cambio más dignos y consecuentes de todo el panorama estatal.

En 2021, la situación es muy diferente que hace apenas seis años. La mayor parte de candidaturas municipalistas surgidas en Aragón al calor de 2015 sin mimbres previos ni estructuras democráticas sólidas han desaparecido. Las diferentes fórmulas “En Común”, “Ganar” y “Cambiar” impulsadas por Izquierda Unida siguen funcionando sin que su revestimiento de “nueva política” haya supuesto cambios significativos en sus formas ni contenidos. La decisión de Podemos Zaragoza de no incorporarse a Zaragoza en Común, sino de hacerle frente electoralmente, profundizó una derrota electoral que era previsible y facilitó el retorno del gobierno municipal a sus verdaderos dueños. Y, sin embargo, experiencias recientes como el Espacio Municipalista por Teruel demuestran que es posible construir proyectos municipales también a contrapelo del ciclo, basados no en ilusiones fugaces sino en el trabajo de articulación con las luchas y conflictos sociales.

Fin de ciclo

La entrada de Podemos y de Unidas Podemos en los gobiernos liderados por el PSOE, tanto en Aragón como a nivel estatal, consolida el cierre de ciclo. Tras la capitulación de Tsipras, para Podemos esto sólo podía suponer la aceptación de la derrota política frente a la Troika y la renuncia a romper con el Régimen del 78. Se pasó del “Sí se puede” y de querer acceder a las instituciones para superarlas, al cogobierno con el PSOE como fin en sí mismo, despreciando la posibilidad de bloquear a las derechas mediante apoyos de investidura y negociaciones programáticas desde fuera de los gobiernos social-liberales.

Unidas Podemos está instalado en el discurso del “No se puede”, incumpliendo sistemáticamente promesas como la derogación de la reforma laboral y la ley mordaza, la regulación de los alquileres, la congelación del precio de la electricidad, la reforma fiscal, etc. Y lo que es peor, tratan de contrarrestar su impotencia con una campaña de propaganda triunfalista y de difusión de noticias falsas que les hace perder toda credibilidad actual y de futuro. Podemos Aragón está demostrando ser el alumno aventajado en esto, como con el cambio de nombre del ICA a IMAR. Además, el Gobierno de Aragón sigue adelante con proyectos inaceptables como Castanesa, la llegada de Amazon, la industria porcina, los parques de aerogeneradores que exprimen el territorio, la eliminación del impuesto de sucesiones, el maltrato a la lengua y cultura propias, Motorland, etc. Las élites aragonesas pueden estar contentas con este gobierno, como se ve en el buen trato que le da el Heraldo. Sin horizonte estratégico en Aragón y a nivel estatal, todo se centra en el cortoplacismo y en la obsesión por el relato y las redes sociales.

Podemos tiene futuro como partido político e incluso logrará gobernar en más ocasiones. Pero ha quedado totalmente amortizado como herramienta de transformación: se ha convertido en un proyecto transformista necesario para el apuntalamiento y la restauración sistémica. En este nuevo papel, es la necesidad de eliminar de su interior a los pocos sectores que todavía mantienen un horizonte de ruptura democrática lo que explica la expulsión de 11 diputados de Anticapitalistas del grupo Adelante Andalucía.

En este sentido, resulta paradójico el modo en que las compañeras y compañeros de IU-PCE han recorrido la cuadratura del círculo: de la desconfianza o el ataque más o menos directo a las nuevas formas de expresión política y su posterior manifestación electoral, al establecimiento de alianzas estables como vía no para la construcción de un frente amplio opuesto al social-liberalismo, sino para la entrada en sus gobiernos. Es cierto que en Aragón Izquierda Unida, a diferencia de Podemos y CHA, se ha mantenido al margen del gobierno Frankenstein liderado por PSOE y PAR, pero en el plano estatal están siendo partícipes de las renuncias programáticas y del miedo al enfrentamiento. Esperamos honestamente que, a la hora de la verdad, no acaben jugando un papel como el que recientemente han ejercido en Andalucía y sepan apostar, como hasta ahora, por la construcción de procesos amplios y plurales como Zaragoza en Común.

Lo más preocupante de la deriva de estos últimos años no es la sensación de tirar por tierra una buena oportunidad para la izquierda transformadora. El gran peligro reside en que Unidas Podemos, estando dentro de los gobiernos del PSOE, no puede ser parte de la solución ante la crisis económica y social que vivimos, sino que se coloca como parte del problema. Sin referencias fuertes de izquierda enfrentadas a la gestión neoliberal-progresista de la crisis, se abona el terreno para que la extrema derecha se presente como única alternativa posible.

Por todo esto, y tras más de un año de debates internos en Anticapitalistas, en 2020 tomamos la decisión de salir de Podemos. Un punto y final que ratificaba lo que ya era una realidad en Aragón y otras partes del Estado, y que venía a confirmar la derrota de nuestro proyecto para Podemos. No volvemos al principio, sin embargo: siempre se recomienza por el medio. De esta etapa salimos cargados de experiencia para enfrentar mejor el próximo ciclo y habiendo entrado en contacto con nuevas generaciones activistas y militantes. Estamos convencidos de que nuestra apuesta fue la correcta y de que la hipótesis de construcción de poder popular a partir de organizaciones amplias, democráticas y bien delimitadas con el social-liberalismo sigue siendo válida.

Recomenzar por el medio

La crisis de régimen que evidenció el 15M sigue hoy abierta, aunque con una pugna muy fuerte entre los intentos de agrandarla y las operaciones de restauración. La pandemia ha venido a profundizar un reflujo social que ya estaba en marcha, agravado por una sensación de desorientación en las izquierdas tras la formación de los cogobiernos con el PSOE. En este contexto, la tarea principal es combatir la desafección política y el discurso del “no hay alternativa” en dos planos: construyendo una voz de izquierdas creíble y con autonomía política, que no se subordine a la doctrina neoliberal ni se auto-relegue a la marginalidad; y empujando la aparición y consolidación de focos de poder popular a partir de las luchas.

Para que esto sea posible son necesarias varias cosas. La primera, una ampliación de las bases sindicales para incorporar a todos los sectores que llevan ya tiempo auto organizándose por fuera de las prácticas burocráticas y oxidadas del sindicalismo mayoritario: kellys, riders, trabajadoras del hogar, etc. La segunda, poner en el centro de los procesos de rearticulación política la impresionante experiencia de autodefensa colectiva y de construcción de un sujeto de clase que está suponiendo el movimiento por el derecho a la vivienda, fundamentalmente en Catalunya. La tercera, establecer relaciones de solidaridad activa con todos los procesos de impugnación que puedan evitar la consolidación de un cierre represivo, neoliberal y autoritario, aunque discursivamente progresista, de la crisis de régimen.

2021 no es 2011, pero la hipótesis de construcción de espacios amplios antineoliberales, en ruptura con el Régimen del 78, pluralistas y democráticos, sigue vigente. El repliegue en grupos pequeños, autorreferenciales y aislados de las mayorías sociales, no es una opción y no indicaría más que la propia impotencia y nula incidencia política. Seguir instaladas en 2014, reproduciendo discursos épicos y triunfalistas acerca de un contexto y de un Podemos que ya no existe, tampoco. Se abre una etapa compleja en la que las coyunturas serán cada vez más variables y mutables. Nuestra prioridad debe ser alimentar los conflictos que vayan surgiendo y construir un armazón capaz de evitar el vaciamiento de la calle. Combinando capacidad de respuesta, pero también de iniciativa, trabajando para unificar las luchas de distintos sectores y avanzando hacia la articulación de un proyecto político transformador con ambición unitaria y de clase.


Todo sobre el especial #20voces10años15m.

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