La acumulación de energía, el nudo gordiano

Aunque no nos demos cuenta en nuestra vida diaria, la acumulación de energía es básica en un sistema como el nuestro que demanda energía por necesidad o antojo. Por eso, hay que tener energía acumulada de algún modo para poder suministrarla cuando esa demanda individualizada lo requiera.

Imagen: NASA (Unsplash)

La suerte es que, hasta ahora, hemos ido encontrando fuentes energéticas que ya tienen la energía acumulada. Primero usamos la biomasa, la leña. Pero el crecimiento humano y su sobreexplotación la redujeron a algo casi testimonial.

Después encontramos carbón, petróleo y gas, tres almacenes energéticos que la Naturaleza y el planeta, con su evolución geológica, fueron conformando durante millones de años. Gracias a la presión, convirtió restos orgánicos en piedra, caldo o gas con alto poder energético.

Cuando llenas el depósito de combustible del auto, estás cargando con una energía acumulada que sólo se emplea cuando quieres desplazarte (y que dura mucho tiempo en ese estado).

Pero los combustibles fósiles tenían un inconveniente primigenio: la cantidad total es limitada y ni sabemos ni podemos fabricarlo de modo artificial: sustituir los millones de años de evolución requiere un gasto energético ingente, superior al que reportaría, un sinsentido.

Después descubrimos que tenía otro inconveniente no menos importante: su combustión genera una serie de residuos gaseosos tóxicos para la vida y con un alto potencial para calentar la atmósfera, de efecto invernadero.

Estos dos efectos se han hecho evidentes por un uso indiscriminado e ineficiente debido a su facilidad de extracción y su “baratura” y por el crecimiento exponencial de la población humana.

Pero lo que no querían que viéramos (aún lo siguen disimulando, nos dicen que la culpa es de Putin, pero no nos dicen que el pico máximo de producción de petróleo convencional fue en 2005 y el de todo tipo de mezclas oleosas en 2018), nos está explotando en la cara, pues ningún dirigente mundial ha tomado medidas ni planificado un escenario de reducción de disponibilidad energética. Están mucho más preocupados en agradar a las grandes empresas transnacionales (el capital no tiene patria) que en buscar una vida mejor para sus gobernados.

Y es aquí donde aparecen las prisas. La escasez de energía de alta densidad (fósil o mineral, uranio) nos ha empujado a buscar nuevas fuentes energéticas. Y hemos encontrado las que ya había, pero que dejamos de usar por su baja densidad energética: sol y viento. No hay mucho más donde rascar, a pesar de los anuncios de impresionantes nuevas tecnologías que nunca veremos.

Estas energías tienen dos ventajas indudables: son renovables y sostenibles, es decir, podemos obtener energía sin agotar la fuente y no tiene efectos secundarios graves, como la contaminación ambiental.

Pero tienen un grave problema: no son continuas, no pueden garantizar un suministro a demanda del consumo, el principal negocio de las grandes empresas energéticas.

Por este motivo llevan unos pocos años investigando en sistemas de acumulación energética, para poder tener un remanente que verter a la red en momentos de aumento de demanda y reducción de producción natural.

Los sistemas ideados son múltiples: baterías minerales, agrocombustibles, hidrógeno, embalses de bombeo, etc.

Estos sistemas tienen limitaciones muy importantes. Las baterías requieren muchas materias primas, muchas de ellas muy escasas y caras de extraer (requieren mucha energía, una paradoja). Tienen una limitación espacial, requiere grandes tamaños para grandes consumos, por lo que es inviable para la mayoría de industria y usos, como camiones, autobuses, tractores, barcos o aviones.

Los agrocombustibles, el intento humano de emular a la geología terrestre para fabricar petróleo, requiere tanta energía para su fabricación como energía acumulada en el producto final (ver el artículo de la serie Los combustibles del futuro).

El hidrógeno también requiere mucha energía para su fabricación y más aún para su transporte a presión o licuado a -254°. Y su combustión es mucho más ineficiente que la mecánica eléctrica (ver el artículo El higrógeno: ¿la energía del futuro)

Los embalses de bombeo son un sistema de dos embalses a diferente altura que produce energía soltando del superior y que bombea del inferior para rellenar el superior, cuando sobra energía. Pero es mucho más costoso subir el agua que dejarla caer. Es un sistema muy ineficiente (ver el artículo El futuro de la energía hidroeléctrica y las colonias)

Las grandes empresas energéticas quieren construir y manejar una extensa red de embalses de bombeo. Pero hay varios problemas. Primero, que las mejores ubicaciones ya las tienen los embalses actuales y ya quedan pocas ubicaciones rentables. Y que estas nuevas ubicaciones se sitúan en zonas montañosas con diferencias de altura, lo que produce más presión sobre paisajes, turismo, agroganadería, despoblación rural y medioambiente.

Por este motivo hay tantos nervios, es tan difícil acumular energía que, cuando ya no podamos usar combustibles fósiles, las empresas ya no podrán garantizar el suministro energético que, en su mayoría, será eléctrico. Y no quedará más remedio que adaptar la demanda a la oferta, es decir, consumir cuando se produzca energía y no al revés. Esto requiere un enorme cambio social con eliminación de gastos superfluos y una política mundial de ahorro energético extremo.

Y por eso es tan importante que se “democratice” la producción (y venta) de energía, porque en un mundo de escasez, la soberanía propia, no sólo la de un colectivo o país, será esencial. Los ricos ya lo han entendido (miren los tejados de los chalets, por muy negacionistas que sean), pero los pobres no tienen capacidad económica para afrontarlo. Sólo la asociación lo permitirá.

De momento nadie quiere enfrentarse al problema, porque el único modo de capear el temporal es planificar, lo que conlleva gran implicación del sector público y de la misma sociedad y porque significaría empezar a redistribuir la energía, o lo que es lo mismo, la riqueza (a nivel internacional y nacional).

Este es el nudo gordiano que nadie quiere deshacer pero, si esperamos mucho, todo parece indicar que ya no tendremos ningún Alejandro Magno capaz de cortar el nudo, para conquistar el futuro.

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