Sin reposo ni tranquilidad. Con la incesante tortura del remordimiento.
'A Christmas Carol' de Charles Dickens
Al terminar el día, el alcalde estaba exhausto, tanto, que le costaba conciliar el sueño. Se puso a repasar asuntos municipales, como quien cuenta ovejas para dormir. El Pleno ha salido perfecto. Nadie en el partido se atreve a discutirme nada. Los socios de gobierno están entretenidos con los caramelos que les doy. Mejor que sea así. El líder de uno de ellos cuando le da por ponerse exigente provoca algo de miedo, la última vez pensé que iba a exigirme que vistiera en los plenos un hábito blanco con capirote y una cruz ardiendo. Este es el chiste que mi secretario y yo solemos hacer cuando nos relajamos. De los otros socios qué decir, solo la incompetencia es mayor que su sosería. Hoy estoy contento. No habré hecho grandes logros, pero cogí el mando de esta ciudad llena de divisiones. Ya, ya sé que fue otro partido el más votado, pero nosotros siempre hemos sido más prácticos. Y así, poco a poco se durmió, arropado por la niebla que envolvía la noche.
A las pocas horas le despertó un concierto de cláxones, vuvuzelas, megáfonos y gritos que venían de la calle. A los pies de su cama, una figura alada vestida de negro señaló la ventana.
—Pero ¿quién es usted? ¿Cómo ha entrado aquí?
—Tranquilo, no grites. Nadie puede oírte. No vengo a quitarte nada, no te preocupes. Vengo a que veas lo que tú has quitado. Y para que escuches lo que en estos años no has escuchado. Soy el espíritu de la ciudadanía olvidada.
—¿A quién no he escuchado? ¿A quién le he quitado yo algo?
—Este año uno de tus vasallos ha devuelto más de 850.000 euros que deberían haberse utilizado en gasto social. ¿Sabes la cantidad de familias a las que has dejado sin ayuda social? Has eliminado tantos servicios vitales para la gente, como la Oficina de Empleo Joven o el desastre en el que has convertido el Servicio de Orientación Laboral para mujeres. ¿Y lo que has hecho en cultura? Habéis maltratado a la música, especialmente al folk, pero ¿qué os han hecho? Y encima censurando la imagen de una jotera… Han sido tantas cosas.
—¡Pero les he concedido logros! Van a tener el Bosque de los Zaragozanos.
—Pero eso no es un bosque, y lo sabes. Verás, ahora soy el espíritu de los árboles talados de la ciudad. Míralos, vienen hacia aquí. Algunos eran centenarios, daban sombra, testigos de las conversaciones de la gente que se cobijaba bajo sus ramas. Mañana serán leña para el fuego. Míralos, vienen a por ti.
—¡No quiero mirar! Déjame, vete.
—No puedo irme, aún me queda enseñarte lo que otro de tus concejales vasallos ha hecho en esta ciudad.
—¿Qué ruido es ese? —preguntó el alcalde asustado ante los maullidos ensordecedores que le taladraban la cabeza, sin saber de dónde venían.
—También soy el espíritu de las colonias felinas de tu ciudad, alcalde. Míralos, aquí han venido para recordarte que, primero, una de tus concejalas emprendió una campaña que relacionaba animales con plagas; luego, el más hipócrita de todos tus ediles empezó a desmantelar colonias y a almacenar gatos en un recinto cerrado llamado Guano. Eso fue solo el principio, después se ha desatado una guerra contra los animales, ya sean los gatos, las palomas o los perros del centro municipal, de los que no se sabe nada, salvo que mueren más de los que debieran. Sí, este también es tu legado. Míralos, ese montón de cadáveres de animales son tuyos. No lo olvides.
—Quiero salir de aquí, quiero volver a mi despacho de alcalde, quiero que desaparezcas. ¿Por qué no puedo salir?
—No podrás salir de aquí hasta que amanezca. Mientras, ellos, todas las personas y todos los animales que has silenciado y olvidado te lo van a recordar esta noche, en procesión delante de tu cama hasta el alba.
—¡No! —gritó el alcalde aterrado.
—Como castigo, tu presidente nacional te va a enviar a la Aljafería para que te pudras cuatro años como un simple diputado de la oposición.
—¿Y el Ayuntamiento? ¿Qué va a pasar con él? ¡Es mío, mío, mío! —gritó desconsolado.
—Bueno, si la gente vuelve a despertar y decide tomar el destino en sus manos, puede que tengan un gobierno que se preocupe por ellos. Les irá mejor sin ti.
—Noooooo... —El alarido del alcalde al despertar sobrecogido y envuelto en un sudor frío rompió el silencio de la noche.

