Las Fiestas del Pilar de 2025 comenzaron, como cada año, en el balcón del Ayuntamiento. La alcaldesa Natalia Chueca fue la primera en tomar la palabra, en un arranque institucional marcado por los gestos y los silencios. Su discurso, más protocolario que popular, recordó a la “Alcaldesa del Pilar” —la Virgen— y concluyó con un “¡Viva España!” que, aunque previsible, desentonó en una plaza en la que mucha gente esperaba otra cosa: un viva Zaragoza, un viva la gente o un viva los barrios.
El tono solemne y españolista contrastó con lo que vino después: un pregón hecho de cine, de barrio y de humanidad. También con lo que se vivía abajo, en una plaza repleta de zaragozanos y zaragozanas con ganas de arrancar las fiestas en la que abundaron las banderas palestinas y unas pelotas hinchables con aspecto de sandías. Incluso una pancarta de considerables dimensiones, sostenida por integrantes de la Coordinadora Juvenil Socialista (CJS), con el lema "Ni un respiro al sionismo. Entalto Palestina libre" fue perfectamente visible en el centro de la celebración. En el balcón Elena Tomás, portavoz de Zaragoza en Común, y Reema Souqy, que representó a Casa Palestina en el acto de entrega de medallas y distinciones, también mostraron una bandera palestina.
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Con el empuje de la plaza y tras la intervención de Chueca, llegó el verdadero corazón de la noche. Pilar Palomero, Paula Ortiz y Javier Macipe transformaron el balcón institucional en un escenario colectivo desde el que hablar de paz, cultura y justicia. Tres cineastas, tres miradas y una misma idea: que Zaragoza es una ciudad que se sostiene gracias a su gente. En el balcón les acompañaban sus colegas de profesión Pepe Lorente, Blanca Torres y Arantxa Ezquerro.
Pilar Palomero abrió el pregón con emoción y memoria familiar: cuatro generaciones de Pilares y una idea hermosa —que un pilar es aquello que se mantiene firme cuando todo tiembla—. Sus palabras fueron un canto al cine y a las mujeres que sostienen la vida, y su cierre dejó un mensaje político y valiente: “Que estas fiestas nos recuerden la belleza de celebrar la vida en paz”, dijo, citando también a Palestina, entre aplausos y algún pitido aislado.
El tono se volvió más íntimo con Javier Macipe, que dedicó el pregón a su madre, hospitalizada en la UCI, y recordó al músico Mauricio Aznar, símbolo de libertad y mestizaje. Con una chapa con la bandera palestina en el pecho, habló del valor del trabajo colectivo y rindió homenaje a quienes sostienen las fiestas desde el anonimato: “barrenderos, payasos, camareros, técnicos, artistas, feriantes...”. Fue el momento más emocional, cuando el aplauso del público se volvió agradecimiento.
Y entonces Paula Ortiz tomó el micrófono y cambió el aire. Su vibrante intervención fue más que un discurso: fue un manifiesto. “Somos ciudad, somos foro, somos asamblea”, comenzó, para después enumerar todo aquello que falta en Zaragoza —aceras, profesores, médicos, casas de juventud— y todo lo que aún nos sostiene: los barrios, la gente en la calle, la rasmia. Habló de los que se quedan, de los que se van, y de una ciudad que recibe “a quien llega sin preguntar”. La sonrisa de Chueca, situada tras la cineasta, se congeló.
El pregón cerró con los vivas colectivos —a la cultura, a la juventud, a la paz, al cine y a la Virgen del Pilar—. También sonaron el "S'ha feito de nuey", el "Canto a la libertad" de Labordeta y los fuegos artificiales. Pero, sobre todo, el pregón dejó una idea compartida: las fiestas son del pueblo y no del poder. Un balcón lleno de símbolos donde, entre banderas y contradicciones, el arte volvió a recordarnos que Zaragoza no solo celebra: también resiste.
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