Del fascismo de Mussolini a Trump: el Mundial vuelve a jugarse también fuera del campo

Visados denegados, vulneraciones de derechos, protestas vecinales y alertas climáticas acompañan la Copa del Mundo más rentable de la historia para la FIFA y vuelven a evidenciar la estrecha relación entre fútbol, poder y negocio

10 junio, 2026. 07:00
Donald Trump y Gianni Infantino durante un acto oficial relacionado con el Mundial de 2026. La relación entre la FIFA y la Administración estadounidense ha marcado los preparativos del torneo | Foto: White House

“Ganar o perder, pero siempre con democracia” 

La frase acompaña para siempre la figura de Sócrates. Futbolista brillante, médico, capitán de Brasil y uno de los rostros más reconocibles de la Democracia Corinthiana, la experiencia de autogestión con la que la plantilla del Corinthians desafió a la dictadura militar brasileña tomando de forma colectiva las decisiones del club.

Para Sócrates, el fútbol nunca fue un territorio neutral. Tampoco lo es hoy.

Cuando faltan apenas unas horas para el inicio del Mundial de 2026, la FIFA presenta el torneo como una celebración planetaria del deporte. Será la Copa del Mundo más grande, costosa y polémica de la historia: 48 selecciones, tres países anfitriones y miles de millones de personas pendientes de un mismo acontecimiento. Pero detrás del espectáculo vuelven a aparecer preguntas que acompañan al torneo desde hace décadas. ¿Quién gana realmente con los Mundiales? ¿Quién paga la factura? ¿Qué intereses políticos, económicos y geoestratégicos se juegan alrededor del balón?

Sócrates, capitán de Brasil y símbolo de la Democracia Corinthiana.

La utilización política del fútbol no es nueva. En 1934, el dictador Benito Mussolini convirtió el Mundial de Italia en una gigantesca operación propagandística al servicio del fascismo. El torneo fue utilizado para proyectar al exterior una imagen de fortaleza y modernidad del régimen mientras la maquinaria represiva consolidaba su control sobre el país.

Cuarenta y cuatro años después, la dictadura militar argentina de Jorge Rafael Videla aprovechó el Mundial de 1978 para intentar lavar su imagen internacional. Mientras la selección albiceleste levantaba el trofeo, miles de personas permanecían secuestradas, torturadas o desaparecidas en centros clandestinos repartidos por todo el país. La euforia futbolística convivía con uno de los episodios más oscuros de la historia argentina.

En 2022, Catar organizó el campeonato más controvertido de la historia reciente. Las denuncias por la explotación de trabajadores migrantes, las restricciones a los derechos civiles y la persecución de las personas LGTBIQ+ acompañaron al torneo. Pese a ello, la FIFA logró convertir el evento en un éxito económico y televisivo.

Cuatro años después, el foco apunta a Estados Unidos, México y Canadá. Y las alertas vuelven a multiplicarse.

La Copa del Mundo de Trump

La de 2026 será la primera Copa del Mundo organizada parcialmente bajo la presidencia de Donald Trump tras su regreso a la Casa Blanca. Las restricciones migratorias, las denuncias por vulneraciones de derechos y las críticas de organizaciones como Amnistía Internacional han situado la política en el centro incluso meses antes del pitido inicial.

Las dudas ya no son teóricas. Estados Unidos ha denegado la visa al entrenador del equipo nacional iraní, Mehdi Mohammadnabi, y mantiene obstáculos para gran parte de la delegación técnica. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, confirmó además que Washington no quiere que el combinado persa se hospede en territorio estadounidense pese a que dos de sus partidos se jugarán en Los Ángeles y Seattle, por lo que finalmente tendrá su base en Tijuana en lugar de Tucson (Arizona). La selección solo dispondrá de permisos de un día para entrar en Estados Unidos, disputar sus encuentros y regresar después a su sede.

Ante este panorama, la delegación iraní llegó a México con un mensaje político visible. Sus integrantes lucieron en la solapa el número 168 para recordar a las víctimas del ataque contra la escuela primaria Shajare Tayebé de Minab, la mayoría niñas y niños. La imagen se ha convertido rápidamente en uno de los primeros símbolos reivindicativos del torneo y en un recordatorio de que el Mundial se disputará mientras continúa la agresión imperialista de Estados Unidos e Israel contra Irán. También el genocidio en Palestina y los ataques del Estado sionista al Líbano.

El caso no es aislado. Varios jugadores y miembros del cuerpo técnico de Irak fueron retenidos en su entrada a Estados Unidos. El delantero Aymen Hussein permaneció más de siete horas bajo interrogatorio de las autoridades migratorias. “Me han tratado como a un terrorista”, denunció posteriormente. Un integrante del staff fue además devuelto a Irak tras negársele la entrada al país. La federación iraquí ironizó sobre el episodio con un mensaje dirigido al presidente de la FIFA: “¡Bravo, Infantino!”.

Tampoco se han librado del abuso de autoridad otras delegaciones. La selección de Senegal denunció exhaustivos controles a su llegada a San Antonio y las autoridades estadounidenses sometieron también a registros, cacheos y retenciones a integrantes de la selección de Uzbekistán. Estados Unidos negó además la visa a Omar Abdulkadir Artan, árbitro somalí considerado uno de los mejores del continente africano y designado por la FIFA para participar en el Mundial. La organización terminó alineándose con la decisión estadounidense y confirmó que no formará parte del torneo.

Las restricciones alcanzan incluso a las aficiones. La Federación de Fútbol de Irán denunció que Estados Unidos ha revocado la cuota del 8% de entradas asignada a sus seguidores, impidiendo por el momento la distribución de localidades entre la afición del país persa. República Democrática del Congo, Haití y Costa de Marfil, son otros países incluidos en la “lista negra” de la Casa Blanca. Todo ello en un contexto marcado por el endurecimiento de las políticas migratorias impulsadas por Trump y por la actividad de organismos como el ICE, así como una política exterior cada vez más agresiva, marcada por el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro, las amenazas contra Cuba y Groenlandia y las tensiones con países como el propio México.

“Ignorantes y racistas”

La cita norteamericana llega además en un contexto internacional marcado por el avance de la extrema derecha y el auge de los discursos racistas y xenófobos.

El fútbol tampoco permanece al margen. Durante los últimos años se han multiplicado los episodios de racismo en estadios de todo el mundo, los ataques islamófobos y las campañas de odio dirigidas contra jugadores racializados.

Figuras como Kylian Mbappé han intervenido públicamente contra el ascenso de la ultraderecha en Francia, mientras futbolistas como Lamine Yamal han denunciado cánticos racistas e islamófobos sufridos en los campos. “Soy musulmán y usar la religión como burla en un campo os deja como ignorantes y racistas”, fue la respuesta del extremo zurdo del Barcelona tras lo acontecido en Cornellà en el España-Egipto.

La propia composición del Mundial refleja muchas de las contradicciones del momento. La FIFA presenta la competición como una celebración de la diversidad global al mismo tiempo que numerosos gobiernos endurecen políticas contra las personas migrantes, refugiadas y racializadas.

El negocio infinito de la FIFA

Nunca antes un Mundial había movido tanto dinero. La ampliación de 32 a 48 selecciones permitirá aumentar el número de partidos —104 en total, 40 más que en Catar 2022— y por consiguiente: los contratos publicitarios, los derechos televisivos y los ingresos comerciales. La FIFA espera batir todos sus récords económicos con una competición que convertirá el fútbol en un espectáculo todavía más rentable.

El negocio también se refleja en el acceso a los estadios. Los precios de algunas entradas han alcanzado cifras inéditas, mientras el transporte y el alojamiento se encarecen en las ciudades anfitrionas. Diversos analistas advierten de que miles de aficionados y aficionadas de rentas populares están quedando fuera de un evento cada vez más diseñado para patrocinadores, grandes empresas y públicos con alto poder adquisitivo.

Las críticas al modelo no dejan de crecer. En una entrevista publicada por NAIZ, el exinternacional estadounidense y profesor universitario Jules Boykoff acusa a la FIFA de actuar “de la manera más avariciosa” y de poner “en riesgo a los aficionados”. Boykoff, una de las voces más críticas con los megaeventos deportivos, ha definido además el actual modelo impulsado por Gianni Infantino como una “máquina de codicia a pleno rendimiento”.

La sintonía entre Infantino y Trump ha sido especialmente visible durante los preparativos del torneo. En diciembre de 2025, el presidente de la FIFA entregó al mandatario estadounidense el Premio de la Paz de la FIFA por su supuesto “compromiso inquebrantable con el avance de la paz y la unidad”.

Las dudas no afectan únicamente a la FIFA. También alcanzan a las ciudades anfitrionas. Numerosos estudios sobre Juegos Olímpicos y Mundiales muestran que las promesas de riqueza, empleo y desarrollo suelen chocar con una realidad mucho más compleja. Los beneficios se concentran en grandes empresas privadas. Los costes recaen sobre las administraciones públicas.

Los barrios que pagan la fiesta

Las consecuencias ya son visibles en México. Como ha relatado El Salto, diversos colectivos vecinales llevan años denunciando los efectos de las transformaciones urbanísticas impulsadas alrededor del Estadio Azteca. Las obras asociadas al Mundial han provocado protestas por la presión inmobiliaria, el encarecimiento de la vivienda, la mercantilización del espacio urbano y el impacto sobre comunidades históricas.

Las imágenes de celebración que acompañan la reapertura del estadio contrastan con los testimonios de quienes denuncian estar pagando el precio de una fiesta diseñada para otros. En otra crónica de El Salto, una frase resumía la fractura social que rodea al torneo: “Así celebran adentro, mientras nosotros lloramos afuera”.

No es una historia nueva. Río de Janeiro, Johannesburgo, Doha o París conocieron procesos similares. El patrón se repite con frecuencia: grandes inversiones públicas, promesas de prosperidad y una factura social que suele recaer sobre los barrios populares.

En México, además, diversos colectivos han aprovechado la proximidad de algunos estadios mundialistas para visibilizar conflictos sociales que rara vez aparecen en la promoción oficial del torneo. Una imagen que resume una de las grandes contradicciones de los megaeventos deportivos: mientras las cámaras enfocan el espectáculo, muchas de las problemáticas que atraviesan los territorios anfitriones quedan fuera de plano.

Protesta en Ciudad de México contra los impactos sociales y urbanísticos asociados al Mundial de 2026 | Foto: Diego Fernández González / El Salto

El cambio climático también juega

Otro de los grandes protagonistas de este Mundial será el cambio climático. Diversas investigaciones han alertado de los riesgos que las altas temperaturas pueden representar para la salud de futbolistas, árbitros y personas aficionadas. Algunas sedes podrían registrar episodios de calor extremo durante el desarrollo del torneo.

La situación obliga a replantear horarios, medidas de protección y protocolos sanitarios. Paradójicamente, el campeonato más grande de la historia se celebrará en un momento en el que los efectos de la crisis climática resultan cada vez más visibles y difíciles de ignorar.

Lo que el Mundial de 2026 puede enseñar a Zaragoza

Las controversias que rodean a los Mundiales tampoco terminan en Norteamérica. La edición de 2030 estará organizada conjuntamente por España, Portugal y Marruecos, un país que continúa siendo señalado por organizaciones internacionales por la situación de los derechos humanos y por la ocupación del Sáhara Occidental.

Diversos organismos han denunciado durante años restricciones a la libertad de expresión, vigilancia sobre activistas, persecución de voces críticas y vulneraciones de derechos fundamentales en los territorios saharauis ocupados. Si el Mundial de 2026 plantea interrogantes sobre fronteras, migración y derechos humanos, la cita de 2030 amenaza con abrir debates similares a ambos lados del Estrecho.

Las discusiones que acompañan al torneo norteamericano no son ajenas a Aragón. Zaragoza será una de las sedes del Mundial de 2030 gracias a la Nueva Romareda, un proyecto que acumula controversias por su financiación, sus costes y la falta de transparencia denunciada por la oposición municipal.

La reciente fiscalización de la Cámara de Cuentas cuestionó aspectos esenciales de la gestión del proyecto, desde la ausencia de un plan de negocio completo hasta deficiencias en materia de transparencia y control económico. Zaragoza en Común lleva meses reclamando explicaciones sobre los compromisos adquiridos por las instituciones públicas y sobre la factura final que deberá asumir la ciudadanía.

La operación del estadio tampoco llega sola. A su alrededor avanzan importantes transformaciones urbanísticas y operaciones inmobiliarias justificadas, en parte, por la llegada del Mundial.

Por eso el campeonato que está a punto de comenzar en Estados Unidos, México y Canadá puede servir también como espejo. Las preguntas que hoy se hacen colectivos vecinales mexicanos, organizaciones de derechos humanos o personas expertas en urbanismo probablemente volverán a escucharse en Zaragoza durante los próximos años.

Porque los Mundiales no hablan únicamente de fútbol. Hablan de poder. Hablan de dinero. Hablan de ciudades. Hablan de fronteras. Hablan de quién decide y de quién paga. Preguntas incómodas. Precisamente las que le gustaba hacer a Sócrates.

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