Fonsi Loaiza: “Las mismas 100 familias que controlaban el país en el franquismo siguen controlando el poder ahora”

El periodista y escritor conversó con AraInfo en un Ateneo Laico Stanbrook lleno sobre las oligarquías económicas, Florentino Pérez, el papel de los medios, las privatizaciones, la ultraderecha y el coste de investigar al poder. Una charla que terminó mirando también hacia las resistencias: “Hay esperanza de que se puede hacer un periodismo independiente”.

25 septiembre, 2026. 13:53
El Ateneo Laico Stanbrook se llenó para escuchar la conversación “Oligarquía vs democracia” con Fonsi Loaiza | Foto: Dora Díaz / AraInfo

“¿Quién manda aquí?”. La pregunta abrió este jueves una conversación de casi dos horas en el Ateneo Laico Stanbrook de Zaragoza. La respuesta de Fonsi Loaiza no necesitó demasiados rodeos. “Las mismas 100 familias que controlaban el país en el franquismo son las mismas 100 familias que controlan en la supuesta democracia el poder en nuestro país”.

Era el punto de partida de “Oligarquía vs democracia”, el encuentro organizado por el Club de Opinión El Acebo y Amnistía Internacional Zaragoza, con la colaboración del Ateneo Laico Stanbrook y La Pantera Rossa. Una conversación que recorrió algunas de las investigaciones que Loaiza ha publicado durante los últimos años, pero que terminó hablando también de periodismo, amenazas, fascismo, privatizaciones y de dónde encontrar razones para seguir peleando cuando enfrente parece estar casi todo.

Marina Fortuño abrió el acto recordando precisamente el coste que ha tenido para Loaiza investigar y señalar determinadas estructuras de poder. Amenazas en las redes, campañas de acoso y agresiones que no han conseguido apartarlo de un oficio en el que él mismo se define como “picapedrero de la información”.

Sobre la mesa estaban principalmente tres de sus libros: “Florentino Pérez, el poder del palco”, “Oligarcas. Los dueños de España” y el más reciente “Peligro de muerte”. Tres trabajos que permiten seguir un mismo hilo: quién tiene el poder, cómo lo construye, cómo lo protege y qué consecuencias tiene cuando los intereses económicos chocan con los derechos y, en algunos casos, con la propia vida.

De Florentino Pérez a los oligarcas

Loaiza puso como ejemplos a Juan Roig, Amancio Ortega, Florentino Pérez, Ana Patricia Botín o Rafael del Pino para defender que buena parte del actual poder económico no puede entenderse sin mirar atrás.

Su tesis atraviesa “Oligarcas”: las grandes fortunas actuales no surgieron en un vacío histórico. Durante la charla relacionó la acumulación de riqueza de determinadas familias empresariales con el franquismo, las adjudicaciones de la dictadura y, en algunos casos, el trabajo forzado de presos republicanos.

Pero la conversación pronto llegó a quien probablemente sea el personaje al que Loaiza más tiempo ha dedicado: Florentino Pérez.

“Florentino Pérez, el poder del palco” comenzó como una investigación sobre un hombre. Dos años después, “Oligarcas” amplió el objetivo hacia toda una estructura. La cuestión era inevitable: ¿qué descubrió investigando al presidente del Real Madrid para concluir que el problema iba mucho más allá de Florentino?

Loaiza apuntó directamente al proceso de privatización de servicios públicos y a las relaciones construidas durante décadas entre grandes empresas y poder político. Sanidad, educación, servicios sociales o, más recientemente, centros de datos forman parte, según explicó, de espacios de negocio en los que operan compañías vinculadas al grupo que preside Pérez.

Los tentáculos llegan también a Aragón. Durante la conversación recordamos la declaración de interés autonómico concedida por el Gobierno de Aragón al proyecto de centro de datos de ACS en La Puebla de Alfindén y los beneficios fiscales asociados a este tipo de inversiones.

¿Cómo se construye semejante poder sin presentarse a unas elecciones?

Para responder, Loaiza recurrió a uno de los episodios que recoge en su investigación sobre Florentino Pérez. En mitad de la charla hizo escuchar al público un fragmento de la declaración judicial del empresario en el caso Púnica. Durante unos instantes, la conversación dejó paso a aquella grabación.

Loaiza utilizó el episodio para explicar una de las tesis centrales de su trabajo: las conexiones entre poder empresarial, partidos políticos y medios de comunicación.

Más tarde, durante las preguntas del público, regresaría al lugar que da título a su libro. “En el palco del Bernabéu acuden grandes empresarios, jueces y dirigentes políticos de toda índole”, señaló. Para Loaiza, ese palco representa mucho más que un espacio privilegiado para contemplar un partido de fútbol: simboliza una determinada manera de relacionarse entre quienes concentran poder económico, político, judicial y mediático.

Cuando quien vigila al poder depende del poder

Y entonces la conversación llegó inevitablemente al periodismo. Una de las funciones esenciales del oficio debería ser vigilar al poder. Pero, ¿qué sucede cuando quienes deben hacerlo dependen económicamente de ese mismo poder?

Loaiza fue especialmente duro con el funcionamiento de los grandes grupos de comunicación y defendió la necesidad de medios independientes. Habló de propiedad empresarial, publicidad, financiación y concentración mediática, pero también de mecanismos mucho menos visibles.

Porque el control, sostuvo, no siempre necesita una llamada desde un despacho. Según Loaiza, determinados comunicadores han interiorizado hasta tal punto los intereses de quienes sostienen económicamente sus medios que “ya vomitan directamente lo que quieren escuchar los poderosos. Entonces ya no hacen falta ni las llamadas”.

También señaló otro mecanismo: la precariedad y el miedo. “Cuando se despide a una persona realmente se está también dando un aviso a navegantes a otros periodistas”, afirmó. Un despido o un ERE, explicó, no afecta únicamente a quien abandona la redacción: también puede disciplinar a quienes permanecen dentro.

La conversación terminó cuestionando una de las palabras más repetidas cuando se habla del oficio: neutralidad. Loaiza rechazó de plano esa supuesta asepsia periodística y acusó a quienes se presentan como neutrales mientras protegen los intereses de grandes poderes económicos de convertirse en “mercenarios del poder al servicio de estos grandes oligarcas”.

Marina Fortuño, Fonsi Loaiza e Iker González durante la charla-debate celebrada este jueves en Zaragoza | Foto: Maite Solas

“No me debería acostumbrar”

Hablar del poder también significa hablar de lo que sucede cuando alguien decide enfrentarse públicamente a él. Loaiza recibe diariamente insultos y amenazas en las redes sociales. Ha denunciado campañas de acoso y ha sufrido agresiones y episodios de intimidación. La pregunta era cómo se vive cuando abrir el teléfono y encontrarse ese nivel de odio termina formando parte de la rutina.

“Yo me he acostumbrado porque, si no, no podría vivir con normalidad. No me debería acostumbrar, pero de verdad que en mi trabajo ya forma parte como algo más”, respondió. Y añadió una frase que explica por qué continúa: “Si esa gente se dedica a insultarme será porque algo, al menos, estoy contando que no le gusta”.

Loaiza recordó la agresión sufrida durante la Feria del Libro de Madrid y diferentes episodios relacionados con denuncias y procedimientos judiciales. Su conclusión fue tajante: “Estamos muy desprotegidos por parte de las instituciones”. “Lo que buscan es intimidarnos y eso es lo que no se les puede consentir”, defendió.

El asunto toca de cerca también a AraInfo. Durante la conversación recordamos que dos periodistas de este diario están citados el próximo 23 de octubre a un acto de conciliación tras una denuncia de la empresa Desokupación por informaciones publicadas por este medio.

¿Estamos hablando demasiado de la ultraderecha?

La conversación dio entonces un giro interesante. Frente a la insistencia mediática sobre el crecimiento de la ultraderecha, Loaiza introdujo una advertencia que puede resultar incómoda incluso para quienes pretenden combatirla. “Estamos hablando demasiado del auge de la extrema derecha”, afirmó.

No cuestionaba su existencia ni su peligrosidad. Su crítica apuntaba hacia otra parte: convertir cada movimiento de la ultraderecha en noticia, multiplicar su presencia en tertulias y redes o utilizar permanentemente su crecimiento como amenaza puede terminar amplificando precisamente aquello que se pretende combatir.

Loaiza criticó además que el miedo a la ultraderecha pueda utilizarse para reclamar apoyo a gobiernos que, a su juicio, no han desarrollado políticas suficientes frente a problemas como la vivienda o no han cumplido compromisos como la derogación de la Ley Mordaza. “Ese es un error que hemos cometido durante estos años: hablar del peligro de la ultraderecha mientras no se han hecho políticas contra el neoliberalismo”, resumió.

El debate llegó también hasta nuestra propia práctica periodística. Desde AraInfo explicamos que existe una reflexión compartida con otros medios libres sobre cómo informar de la ultraderecha sin convertir sus provocaciones en propaganda gratuita: informar y confrontar sus discursos cuando sea necesario, pero no regalarles el altavoz que precisamente buscan.

Cuando privatizar “acaba en muerte”

“Peligro de muerte”, el último libro de Loaiza, llevó la conversación desde quienes acumulan el poder hasta las consecuencias de determinadas decisiones políticas. Apareció entonces otro concepto: necropolítica.

Loaiza citó las 7.291 personas fallecidas en residencias de Madrid durante la primera ola de la pandemia sin recibir atención hospitalaria, la gestión de la DANA en el País Valencià y las denuncias de mujeres afectadas por los fallos en los cribados de cáncer de mama en Andalucía.

Para el periodista, detrás de esos episodios existe un hilo relacionado con el deterioro y la privatización de servicios esenciales. “Son esas privatizaciones que, al final, acaban en muerte”, sostuvo.

Cuando le preguntamos por la relación entre privatización, beneficio empresarial y deterioro de derechos, respondió que “esos tres conceptos van de la mano”.

Sanidad, educación, residencias y cuidados aparecieron así como algo más que sectores económicos. Para Loaiza son espacios en los que se libra una disputa entre el derecho a recibir servicios esenciales y el interés empresarial por convertirlos en negocio.

Una estudiante de Periodismo

La conversación terminó, pero no el debate. Una estudiante que acaba de comenzar primero de Periodismo tomó el micrófono. Después de escuchar hablar durante más de una hora de concentración mediática, precariedad, presiones y amenazas, preguntó cómo puede abrirse camino una nueva generación de periodistas y ofrecer información veraz en una sociedad atravesada por la desinformación y las redes sociales.

La pregunta cambió durante unos minutos el tono de la sala. Desde AraInfo contamos nuestra propia experiencia: para intentar preservar la independencia construimos una cooperativa. Eso no elimina la precariedad ni las dificultades de sostener económicamente un medio libre, pero permite decidir colectivamente qué contamos y cómo lo contamos.

Loaiza animó a buscar precisamente esos espacios independientes. “Si no se destapan las mafias de estos oligarcas y lo que realmente está ocurriendo, el resto es publicidad”, respondió. Y frente al panorama oscuro que había dibujado durante buena parte de la tarde, dejó también una rendija abierta: “Hay esperanza de que se puede hacer un periodismo independiente”.

En la sala apareció entonces otra idea. Quizá frente al discurso permanente de derrota también sea necesario reivindicar el entusiasmo. Recordamos una frase de Biznaga que últimamente acompaña a quien firma esta crónica: “Cuando el desencanto es tradición, el entusiasmo es disidencia”.

Los 99 golpes anteriores

La pregunta final del conversatorio era sencilla de formular y mucho más difícil de responder. Después de años investigando a quienes acumulan poder, ¿dónde encontrar razones para no resignarse?

Loaiza habló de movilizaciones por la vivienda, organización colectiva, solidaridad frente a la represión y espacios como el que aquella tarde había llenado el Ateneo Stanbrook.

Y entonces regresó al principio. Al comienzo del acto lo habíamos presentado como él mismo suele definirse: un “picapedrero de la información”. Pero detrás de esa expresión hay una historia. Su abuelo fue picapedrero. Tuvo que emigrar y apenas había podido estudiar. De él, contó Loaiza, aprendió que para romper una piedra hay que golpearla una y otra vez. Quizá sea el golpe número cien el que finalmente consiga quebrarla, pero ese golpe nunca habría funcionado sin los 99 anteriores.

De eso iba también la tarde. De seguir golpeando.

Antes de terminar llegó una noticia que permitió cerrar la conversación con algo más que una metáfora: acababa de conocerse la paralización del desahucio previsto para el lunes de Kheira, vecino de Zamoray. Otra pequeña grieta en la piedra.

Quedaba una última pregunta. Si mañana comenzara a escribir “Oligarcas 2”, ¿quién entraría en el libro? Fonsi Loaiza habló de nuevos multimillonarios, empresarios convertidos en personajes mediáticos y de una nueva generación que combina enormes fortunas con discursos que hasta hace no demasiado tiempo parecían reservados a una barra de bar.

Pensó durante unos segundos cómo llamarlo. “El siguiente libro sería la lumpenoligarquía”. Y ahí terminó la conversación.

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