Eutanasia: un grillete menos

Otro paso hacia el progreso, la libertad. Avance que libera a la persona —solo quien quiera— de caminar aherrojada a las cadenas de su propia vida. La eutanasia: poder decir basta —solo quien lo desee— a un camino final que muchas personas pueden entender como pérdida de la dignidad como individuo. Los derechos individuales son eslabones de libertad. Nada ni nadie obliga a disponer de ellos. Son voluntarios e individuales: aborto, matrimonio igualitario, divorcio y, ahora, derecho a una muerte digna —derechos solo para el que lo quiera—. Esa es la regla básica de los derechos cuando están en el …

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Carlos Tundidor

Otro paso hacia el progreso, la libertad. Avance que libera a la persona —solo quien quiera— de caminar aherrojada a las cadenas de su propia vida. La eutanasia: poder decir basta —solo quien lo desee— a un camino final que muchas personas pueden entender como pérdida de la dignidad como individuo.

Los derechos individuales son eslabones de libertad. Nada ni nadie obliga a disponer de ellos. Son voluntarios e individuales: aborto, matrimonio igualitario, divorcio y, ahora, derecho a una muerte digna —derechos solo para el que lo quiera—. Esa es la regla básica de los derechos cuando están en el ámbito de la justicia.

Un país es más democrático cuantos más derechos individuales, que no atenten contra el otro —solo para quien los desee poner en práctica—, tenga. De base, existen derechos intrínsecos comunales: reunión, asociación, manifestación, educación, sanidad, trabajo, vivienda, jubilación, dependencia asistida…, pero son los derechos individuales los que, muchas veces, marcan el grado de democracia, tolerancia de la sociedad.

Derechos como la eutanasia —a nadie obliga—, el divorcio, el aborto o el matrimonio igualitario, son hitos que van tallando la roca que nos damos como sociedad y, conforme se van labrando, aquella será más sólida.

Sin embargo, hay una parte de esa sociedad dispuesta a cercenar derechos solo porque el resto, aunque ese resto sea la mayoría, no piensa como ellos. Esa parte, minoritaria por fortuna, solo tiene voz para decir aquello de “O estás conmigo o estás contra mí”, se tapa los oídos a los argumentos y solo escucha el crepitar de las llamas quemando al heterodoxo.

Frecuentemente, corea aquello de que la eutanasia amenaza a la vida solo porque el dios de sus conciencias, tan negras como intolerantes, desea tabla rasa para todos, que nadie levante la cabeza. Vocea aquello de que el aborto mata, porque prefiere que sean dos los que mueran en vida a que una mujer decida con su conciencia. Brama por la concepción ortodoxa de la pareja, añora los tiempos en que la homosexualidad transparente era motivo de cárcel o de muerte, tolerable solo si se practica de tapadillo. Increpa todo lo que no sea “hasta que la muerte los separe”, porque prefiere tener querida, querido, amante o alcahueta, siempre bajo cuerda, siempre bajo la máxima de “yo sí puedo, pero los otros no” y siempre para los mismos.

Es el mundo del cinismo, de los hipócritas, de los farsantes: aquel que más voceó contra el divorcio es el que más se ha aprovechado o el que más amantes tiene. Quien más se manifiesta contra el aborto es el que envía a su hija a Londres para interrumpir el embarazo a oscuras y sin candil. El que chilla, escandalizándose del matrimonio homosexual, es el mismo que, muchas veces, protagoniza orgías para, quizá, comulgar a la mañana siguiente con un pedófilo vestido de sotana. Ese que clama contra el derecho a morir dignamente, es el mismo que niega el derecho a una vida digna, a una vida con un salario digno, a una vida con sanidad, educación, justicia igualitaria para la mayoría de sus conciudadanos.Ese mundo, todavía activo, todavía evidente, va tocando a su fin; lentamente: se resiste a entregar sus derechos de pernada, pero tiene —tendrá— sus días contados. Es el mundo del que gana millones explotando a millares de personas en Bangla Desh que cosen prendas por cien dólares al mes y, después, pone un pobre a su mesa en Navidad; es el mundo del que roba y recita un padrenuestro para expiar el pecado, sigue robando y sigue diciendo padrenuestros o besando anillos de obispos que bendicen sus actos. Es el mundo de los jueces que prevarican y prevarican hasta que mueren prevaricando. Es el mundo del que miente descaradamente con sus poderosos medios informativos, del que predica ignorancia o del que suscita “pan y circo” como medio de tapar los problemas.

Satisface comprobar como los representantes de la extrema derecha, muchas veces del fascismo, se han quedado solos en el Congreso mintiendo, chillando, falseando, tapando el deseo del 82% de los españoles.

Podrán mentir, chillar, vocear, falsear, tapar… pero en sus frentes llevan impresa una palabra que no podrán borrar: CÍNISMO.

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