Vida y muerte dignas

La vida y la muerte nos pertenecen, una y otra son algo personal, intransferible e indelegable. Desde el mismo momento que nacemos empezamos a vivir, empezamos a recorrer un camino que, indefectiblemente tiene la muerte como llegada. La vida, como fenómeno natural, está compuesta por ciclos y etapas, por vivencias, por momentos, por actos. Lo último que haremos todos y todas será morir. Lo haremos porque hemos vivido. Aunque parezca una paradoja, solo muere quien vive. Por eso, cuando hablamos de vida y de muerte, estamos hablando de derechos, de los dos más inviolables que tiene todo ser humano. Estamos …

Ebro holocausto leonor

La vida y la muerte nos pertenecen, una y otra son algo personal, intransferible e indelegable. Desde el mismo momento que nacemos empezamos a vivir, empezamos a recorrer un camino que, indefectiblemente tiene la muerte como llegada. La vida, como fenómeno natural, está compuesta por ciclos y etapas, por vivencias, por momentos, por actos. Lo último que haremos todos y todas será morir. Lo haremos porque hemos vivido. Aunque parezca una paradoja, solo muere quien vive.

Por eso, cuando hablamos de vida y de muerte, estamos hablando de derechos, de los dos más inviolables que tiene todo ser humano. Estamos hablando de la vida y de la libertad. Precisamente por ese doble derecho, inalienable, cuando el de la vida está gravemente afectado por unas condiciones de salud extremas e irreversibles, cuando la vida es un sufrimiento diario, cuando la existencia depende de medios extraordinarios, o de estar conectado/a a máquinas de supervivencia, o sometido/a a estados vegetativos, debemos ser honestos/as y resolver un dilema. En estos casos, ¿estamos luchando por la vida o estamos prolongando innecesariamente la agonía?

Es entonces cuando, en función del derecho de libertad, la persona afectada debe tener derecho a elegir una muerte digna. Este derecho es inseparable del derecho a una información veraz y rigurosa que, ante una situación irreversible o terminal, permita decidir con el necesario conocimiento de causa se decidimos morir, si renunciamos libre y voluntariamente a una no deseada prolongación de nuestra existencia. Y aquí viene el derecho a morir con la misma dignidad con la que se ha vivido, derecho que significa decidir el momento de nuestra propia muerte con la misma autonomía que hemos tenido para tomar decisiones en nuestra vida.

El concepto de morir dignamente, así como el de ayudar a ello, debe ser entendido como el respeto a la persona en la elección de cuando acabar. Es así. Aunque sea doloroso para los seres queridos que acompañan estos procesos, aceptar la voluntad de la persona que agoniza sin retorno, supone un acto de generosidad y respeto máximos, pese a que en ocasiones, el afecto se torne egoísta y haya reparos a dejar ir a esa persona.

Para estar vivo o viva hace falta querer vivir. Vivir es algo más que estar vivo o viva, vivir no es no haber muerto. Vivir es comunicar, relacionarse, soñar, amar, discutir, compartir... Vivir es tener una vida digna, es tener unas condiciones que valga la pena vivirlas.

La vida es un fenómeno natural, no es un misterio trascendente ni es un regalo divino, como hacen creer algunas confesiones. Las personas somos las únicas dueñas de nuestra vida y por eso deberíamos ser también las únicas dueñas de nuestra muerte.

La ley de eutanasia aprobada ayer, si no la boicotean con triquiñuelas jurídicas, obligará a respetar la dignidad de las personas moribundas, protegerá la voluntad de morir voluntariamente y con la debida atención de aquellas personas que, como pacientes, no quieran estar vivos sin poder vivir.

Morir dignamente es más que morir libre de dolor, es más que disponer de los analgésicos y tranquilizantes necesarios, poder morir dignamente es el último derecho que debemos y que podemos ejercer. Pero esto no lo entienden miserables y canallas que definen esta ley como una forma de ahorrar gastos, como una máquina de matar. No lo entienden quienes, escondidos tras sotanas, desde los púlpitos, convocan ayunos y vigilias.

El debate vivido en el Congreso, a propósito de la Ley de Eutanasia, ha dejado al descubierto cómo, y de qué manera, sin vergüenza alguna, hay diputados/as que utilizan su escaño como elemento de confrontación sin más en lugar de utilizarlo como herramienta para aliviar el sufrimiento de las personas.

Son los/as mismos/as que defienden esas políticas liberales que explotan al trabajador y trabajadora, que hacen que aumenten las grandes fortunas mientras llevan a la pobreza a familias enteras. Algunos/as, preocupados/as por la eutanasia reconocen como suyos a quienes quieren fusilar a la mitad de la población. Está claro que quienes no luchan por una vida digna de sus compatriotas no van a trabajar, tampoco, por una muerte digna. Por eso han votado en contra de una Ley que protege derechos fundamentales de la ciudadanía en el trance de la muerte.

La Ley aprobada es una ley de derechos. Reconoce la plena dignidad de la persona en su proceso de muerte. Desarrolla derechos y determina deberes. Derechos de la ciudadanía, derechos del o la paciente, derechos y deberes del personal sanitario, deberes para las instituciones sanitarias ya sean públicas o privadas. Regula lo referente a la obligación del personal sanitario de dar la información adecuada, una información transparente que debe quedar recogida y reflejada en la historia clínica del paciente. Garantiza el respeto hacia las preferencias del paciente, tanto si las ha expresado mediante consentimiento informado o mediante testamento vital. Es, en suma, una ley que eleva el nivel democrático de nuestra sociedad.

Aquí, en Aragón ya lo debatimos, y aprobamos por un amplio consenso, en marzo de 2011, exceptuando al PP, por supuesto. La ley aragonesa no ha sido suficientemente desarrollada, por eso decía que esta, aprobada ayer, hay que protegerla, hay que desarrollarla, hay que hacer que se cumpla para que la muerte, un trago que vamos a pasar todos y todas, deje de ser una prórroga tortuosa cuando ya no hay vuelta atrás.

La derecha, como siempre, con ese estilo vil, ruin y despreciable de quienes carecen de empatía, confunde el derecho a la vida con la obligación de vivir porque además de canallas y miserables son un atajo de mentirosos y mentirosas. La ley de la eutanasia no obliga a nadie a suicidarse, pero sí permite hacerlo a quienes deciden que no quieren vivir porque, señores y señoras de la derecha, no se suicida quien quiere morir, se suicida quien ya no quiere vivir.

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