El fenómeno de las personas sin hogar no es exactamente nuevo, aunque sí contemporáneo al capitalismo moderno y a sus normas cada vez más excluyentes hacia la pobreza. Un sistema terriblemente injusto y desigual es una fábrica de ricos cada vez más ricos, pero también de cada vez más pobres, que además lo son cada vez más en términos relativos. La exclusión residencial es una de las expresiones más extremas causadas por la pobreza en el marco de los Estados capitalistas más desarrollados, sobre todo en aquellos con coberturas sociales más débiles y con menores garantías de derechos. En ese contexto, en la medida en que no se garantiza el acceso a la vivienda, una parte de la población —la más empobrecida— no puede dotarse de una solución habitacional en el mercado y las salidas son estrechas: la ocupación de viviendas vacías —normalmente de entidades financieras e inmobiliarias—, la construcción de infraviviendas —lo que en el Estado español se han llamado chabolas— o, en el peor de los casos, dormir al raso o bajo un refugio efímero como un cajero o las zonas abiertas de una estación de transporte.
En la medida en que se combina la profundización de la ausencia de una política de vivienda pública —y cuando esta se produce excluye de forma deliberada a los sectores más vulnerables con términos engañosos como “vivienda asequible”— con una enorme presión hacia el fenómeno de la ocupación o hacia la creación de asentamientos chabolistas, el resultado de dicha combinación —en una coyuntura de crecimiento de las desigualdades— es, de forma invariable, un aumento de la gente que se ve obligada a dormir en la calle.
Aumento imparable de las personas sin techo en Zaragoza
Sería demagogia apuntar que el fenómeno del sinhogarismo nació, como se suele decir, antes de ayer en Zaragoza. Pero la situación que vive la capital aragonesa, completamente imbuida en el proceso socioeconómico anteriormente descrito, es la de un importante aumento de las personas que, por distintos motivos —aunque con la pobreza como vector principal—, duermen en las calles, plazas o parques de la ciudad. Un aumento constatado en el uso de los recursos y en el número de atenciones prestadas por organizaciones como Cruz Roja, que en noviembre del pasado año explicaba haber atendido a más de 600 personas durante lo que se llevaba de 2025. A finales de ese mismo mes, el denominado “recuento” realizado por esta misma entidad en colaboración con el Ayuntamiento de Zaragoza contabilizó 266 personas durmiendo en la calle. Más allá de la exactitud de la cifra, refleja un enorme crecimiento. Hace dos años ese mismo “recuento” contabilizaba 166 personas, lo que arroja un incremento superior al 60%.
Las políticas hacia este fenómeno por parte del gobierno municipal de Natalia Chueca están en el punto de mira de cualquier persona con un mínimo de sensibilidad por sus semejantes desde hace un tiempo. La falta de recursos, unida a desalojos de alojamientos irregulares o inmuebles ocupados sin alternativa habitacional, así como el continuo hostigamiento hacia las personas que duermen en la calle, han creado una situación endemoniada. Un castigo realmente gratuito a quienes ya sufren un infierno para sobrevivir día a día, que además no soluciona ninguno de los problemas que afectan a este colectivo ni tampoco a quienes —sobrealimentados por prejuicios reaccionarios— ven en el mismo una amenaza para “su seguridad”.
Uno de los ejemplos paradigmáticos del actuar del actual equipo de gobierno municipal es lo ocurrido durante este último año en el Parque Bruil o en la Plaza San Agustín, pero también en la terminal de autobuses de la Estación de Delicias. Con intervenciones improvisadas y cosméticas que, lejos de resolver el problema, lo profundizan. Así lo hemos contado en repetidas ocasiones desde AraInfo a lo largo del año pasado.
Decenas de personas expulsadas del albergue
Una de nuestras últimas piezas sobre la cuestión denunciaba el osado triunfalismo de Marian Orós, concejala responsable de las políticas sociales del Ayuntamiento de Zaragoza. Orós llegó a afirmar que “ninguna persona que haya solicitado alojamiento se ha quedado en la calle”. Tal era la eficacia y las sobradas capacidades de los dispositivos municipales para atender la emergencia de personas sin hogar con la llegada del frío, que se despachó a gusto explicando que en el Albergue, durante unos días gélidos de noviembre, “en ninguna de las tres noches se ha completado el aforo, que puede alcanzar las 150 plazas”. Entonces AraInfo desmontó el discurso oficial recogiendo testimonios de vecinos y vecinas que aseveraban que eran decenas las personas que, en realidad, no habían sido cobijadas y pasarían las noches al raso.
En la noche de este mismo jueves se ha producido otro episodio que habla de la precariedad de la política municipal para abordar la cuestión. Clara, vecina de la zona del Parque Bruil y que colabora con el grupo de apoyo a personas refugiadas ligado a la Red SOS Refugiados Europa, nos alertaba de que a 21 personas que durante las últimas noches habían pernoctado en el Albergue Municipal les habían impedido pasar la noche allí. “Quien lo decidió debe considerar que, si no se acerca a cero grados, no hace frío”, lamenta Clara en relación con el inhumano protocolo de “frío extremo”, que restringe estas pernoctaciones de emergencia a las noches con temperaturas mínimas que bajan de los cero grados centígrados o cuando “la sensación térmica es muy baja”. Como en la noche de este jueves y en los próximos días las temperaturas mínimas rondarán entre los cuatro y los seis grados, parece que para los responsables municipales ya hace “buen tiempo” para dormir de nuevo en la calle. Así lo explicaba Clara: “Como esta noche ha debido hacer cinco o seis, o no sé cuántos, pero ya varios por encima de cero, pues dijeron que no hacía frío y no les dejaron entrar”.
“Una mantita y un cartón para tres”
“Bajé a llevarles un poco de sopa, porque es lo que tenía en casa. Eché un poco de sopa, dos botes de garbanzos, lo calenté todo y lo bajé”, explica la vecina, que fue alertada de la situación por la llamada de tres personas refugiadas de origen africano que ya conocía del Parque Bruil. Cuando bajó, tal y como hemos contado, se encontró a más de dos decenas de personas. “Luego me fui a buscar mantas”, relata Clara, ya que muchas carecían de mantas o abrigo suficiente. “Me escribió un chico a las ocho y media para decirme que estaban en la calle. En concreto, tenían entre tres amigos una mantita y un cartón”. Precisamente, gran parte de estas personas perdieron todos sus enseres, entre ellos las mantas, cuando “los sacaron del Bruil”, denuncia nuestra interlocutora. Para Clara, la situación que vivió la noche entre este jueves y el viernes ha sido “alucinante”.
El ejemplo de esta vecina y activista social pone en evidencia a las instituciones y su persistente incapacidad para garantizar un mínimo de dignidad para todas las personas que residen en Aragón. Cuando hablábamos esta mañana con ella, después de no haber dormido demasiado, se encontraba de camino a intentar conseguir un alquiler para algunas de las personas a las que ayudó por la noche. Clara denuncia que existe una “conjunción de clasismo y de racismo” contra las posibilidades de lograr una solución habitacional. “Hay varios que, aun trabajando, no han conseguido alquilar una habitación”. Nos explica que, cuando para echarles una mano hace llamadas para conseguir una habitación, “primero me dicen muy bien”, pero cuando les dice que es para un amigo africano llegan excusas como “Ay, es que es solo para chicas”. “Era para cualquiera hasta que te he dicho que era africano”, rememora.

