En mayo de 2023 está previsto que entre en vigor el Reglamento para minimizar la degradación forestal provocada por la Unión Europea. En su estrategia de lucha contra el calentamiento global, quiere evitar que la importación europea de productos (soja, aceite de palma, carne de vacuno, cuero, madera, cacao, café, caucho, carbón vegetal, papel o biodiésel) produzca deforestación en los países de origen.
Europa es el segundo deforestador mundial a consecuencia del comercio (16%), por detrás de China (24%) y por delante de Estados Unidos. La Alianza Cero Deforestación, conformada por organizaciones ecologistas y de consumo, exigen a Europa y al Estado español mayor ambición y normas que protejan de modo efectivo los bosques del planeta, esenciales contra el cambio climático.
Si los países occidentales han visto mejorar sus masas boscosas al reducir la presión socioeconómica sobre sus bosques, lo han hecho a costa de externalizar los daños colaterales en terceros países (madera y plantas para producción de piensos animales o de agrocombustibles, alimentos, etc.) y de abandonar el mundo rural.
Sin embargo, la crisis energética y la dependencia europea de combustibles fósiles, ha hecho girar la mirada de los especuladores (y los políticos amigos) hacia una fuente energética tradicional pero muy limitada en sus posibilidades de explotación: la biomasa. Ahora que Europa quiere proteger los bosques mundiales, planifica depredar los propios.
La Directiva 2018/2001 de la Unión Europea establece un objetivo vinculante de, al menos, el 32% de energía renovable para 2030, e incluye medidas para garantizar que el apoyo a las energías renovables sea rentable (subvenciones y ayudas financieras y fiscales) y para simplificar los procedimientos administrativos relativos a los proyectos de energías renovables.
Los estados podrán importar o exportar energía renovable para cumplir este objetivo. La biomasa, un recurso relativamente abundante en los países nórdicos, es catalogada como energía verde, renovable y necesaria para la descarbonización de la economía.
La biomasa puede proceder de restos forestales, agrícolas, ganaderos, pesqueros, industriales o urbanos. Como los demás sistemas son más complicados y costosos, el sector se ha fijado en los bosques.
Un árbol talado hoy no volverá a ser un árbol aprovechable energéticamente hasta dentro de 30 años, al menos. Es, por tanto, una energía renovable a largo plazo. Pero su combustión implica emisión de CO2, que sólo será reabsorbido por el nuevo árbol en los siguientes 30 años. Sin embargo, en un ejercicio de trilerismo medioambiental, nuestros gobiernos establecen que, como el árbol ha absorbido CO2 antes, la emisión ahora hace al proceso neutral, aunque el CO2 se queda en la atmósfera. Ni siquiera exige una reforestación posterior acorde con la tala realizada (lo que, de paso, podría mejorar los bosques artificiales monoespecificos de eucaliptus o pino).
El Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) 2021-2030 persigue una reducción de un 23% de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) respecto a 1990. Se planea que las renovables alcanzan en 2030 el 42% del uso final de energía, siendo el mix eléctrico generado en un 74% por fuentes renovables.
Para ello planea duplicar la producción de electricidad con biomasa, pasando del actual 0,63 al 0,87 % en 2030. Esta cantidad sería ridícula si no incluyera planes de arrasar parte de los bosques españoles. Una central grande como Curtis en Galicia necesita 500.000 toneladas anuales de biomasa seca, 10 veces lo que podría extraerse “sosteniblemente” de una provincia como Segovia (nos dice Aitor Jiménez en “El capitalismo verde quiere comerse los bosques”).
El Estado español cuenta con 83 fábricas de pellets y decenas de centrales térmicas de producción eléctrica con biomasa.
La biomasa es un recurso energético esencial en los pueblos, donde su uso es más habitual y no hay redes de gas. Las últimas décadas de abandono rural han permitido una extensión de las zonas boscosas.
Como los pueblos y la población en general no iban a tolerar la tala de árboles para beneficio de grandes empresas por sus afecciones medioambientales y paisajísticas y porque no deja riqueza local (las empresas se lo llevan todo a su lugar de producción), han debido recurrir a la ingeniería lingüística, de nuevo.
El concepto de Gestión Forestal Sostenible viene a convencernos de que nos van a talar los árboles, pero lo van a hacer por nuestro bien porque los bosques, como sabemos, no eran capaces de gestionarse a sí mismos hasta que llegó el hombre moderno del siglo XXI. Así, van a crear economía ¿dónde? Y van a mejorar la salud de los bosques a base de meter maquinaria pesada. El hierro es muy buen fertilizante.
Para que la idea cale, debe repetirse muchas veces y hacerlo desde voces especializadas. Así, una pequeña legión de ingenieros forestales (profesores de universidad conveniados con empresas o, directamente, empresarios forestales) y políticos han iniciado una cruzada para convertir nuestros bosques en parques forestales.
Según el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico: “La gestión sostenible de los bosques es imprescindible para garantizar la persistencia de los mismos”. ¡Toma ya! “La biomasa es renovable, ya que la fuente de obtención es virtualmente inagotable”, dice Endesa, echándose tripa arriba.
La generación eléctrica con quema de biomasa se está extendiendo rápidamente por el país, siendo Andalucía el mayor productor. Según el sector hay una cantidad ingente de materia prima desaprovechada.
El Instituto de Ingeniería de España organizó en diciembre las jornadas “Biomasa y Aprovechamiento Forestal”. El Gobierno de Aragón, a su vez, organizó en enero, en Zaragoza, el foro “El desafío de los grandes incendios forestales. Impactos en el territorio”. El invitado estrella fue el ex-presidente Felipe González, adalid de la especulación y los oligopolios y cuya fundación dispone de la palanca “Megaincendios: caos y oportunidades”.
La Confederación de Selvicultores de España (la palabra talar es fea, selvicultura es más...), con la connivencia del gobierno de Castilla y León, pide la eliminación de trabas legales y medioambientales para talar bosques. ¿Se han puesto todos de acuerdo?
Aprovechar los restos forestales que se pierden, evitar que el monte se llene de combustible para los incendios, buscar una alternativa económica contra la despoblación rural, hacer los bosques resilientes a las enfermedades o ayudar en la lucha contra el cambio climático con energía verde y sostenible son las ideas que alimentan esta teoría que podemos tildar de sectaria. Donde hay dinero...
El PNIEC dice: “La gestión y el aprovechamiento de la biomasa conllevan elementos de valor añadido además de su potencial exclusivamente energético. En particular permiten la dinamización del entorno rural y mitigan el riesgo de despoblación, así como favorecen una mejor adaptación de determinados territorios a los efectos del cambio climático. La biomasa puede desempeñar asimismo un papel instrumental en el ámbito de la transición justa. Es por ello que la biomasa forma parte de diversas estrategias impulsadas por las diferentes Administraciones Públicas más allá del ámbito de aplicación de este Plan. Por otro lado, los residuos son un elemento clave dentro de la economía circular. Por ello, es necesario desarrollar actuaciones que faciliten la conexión y el logro de ambos objetivos: transición justa y economía circular”.
Los restos forestales son esenciales para el mantenimiento de la fauna y flora del bosque, no son desechos inservibles. Pero, además, es falso. Las podas no dan para alimentar las fábricas y las centrales de biomasa (sólo hay que ver las fotos de las mismas empresas con cientos de troncos de grandes dimensiones) ni les es rentable su recogida.
Retirar las ramas podadas o talar árboles no disminuyen, tampoco, el riesgo de incendio forestal, como ha demostrado el incendio de Ateca (sobre todo si no se actúa sobre los pastos resecos adyacentes). El aprovechamiento de la madera por una empresa foránea no deja riqueza ni empleo en la zona (por lo que no puede haber transición justa ni economía circular). Los árboles talados no mejoran la salud del resto y empeoran la absorción de CO2 y, por tanto, el cambio climático que está provocando el calentamiento global.
Pero la palabra “sostenible” tiene que aparecer repetida machaconamente. Es el único concepto que puede hacer digerible este atropello. Además de salvar bosques y enriquecer pueblos, producen una energía verde, ya que la biomasa, dicen, es neutra en emisión de CO2. Tampoco nos hablan de los tóxicos que emiten a la atmósfera y que están esperando una persona incauta que los inhale y enferme.
Greenalia Forest construye la mayor fábrica de biomasa del Estado español en Galicia. Forestalia hizo lo propio en Aragón. Magnon Green Energy (ENCE) tiene varias centrales térmicas de biomasa, la mayor en Huelva. Nunca sospecharemos de empresas con nombre tan ecológico.
Los montes privados, el 70% en el Estado español, no dan para este expolio, así que los bosques públicos son mejores y más difícil para la oposición vecinal. Miremos el caso de los Montes Universales, uno de los bosques menos antropizados de Aragón y base de la reserva hídrica que alimenta el nacimiento de los ríos Tajo y Júcar, muy amenazados por la sequía a la que las talas van a contribuir enormemente. Ahora es un parque lleno de caminos y laderas arrasadas (autorizado por el Gobierno de Aragón).
El informe de Ecologistas en Acción “Usos energéticos de la biomasa”, ya advertía en 2007 que: “La utilización de residuos forestales debería limitarse a residuos sacados del monte con auténticos criterios ambientales, de modo que se evite el riesgo de que, con fines económicos, se incrementen las podas, la eliminación de “maleza” y las labores de limpieza. Debe evitarse la proliferación de pistas e infraestructuras para el acceso a estos recursos”. Es, justo, lo que está ocurriendo hoy.
Pero es todo muy ecológico porque la madera, por toneladas, se lleva a fábricas de pellets o centrales térmicas a menos de 150 km. del estropicio. La madera procede de limpiezas forestales, no de talas. Es lo mismo, pero suena más feo. De hecho, el argot de los ingenieros evita la palabra tala y habla de clareos y aclarados (no es lo mismo y ojo que es esencial conocer la diferencia para que no lo tilden a uno de inculto en el sector).
Por cierto, los pellets son la leña de toda la vida, pero modificada en un proceso industrial (astillado, secado y prensado) que consume bastante energía y no crea empleo dada su alta mecanización. Las estufas de pellets no admiten leña tradicional ni es posible fabricarla en casa, lo que crea dependencia de las fábricas. Su precio se ha multiplicado por 2,5 en un año, hasta en punto de que el gobierno central ha reducido el IVA aplicado.
Sin darnos cuenta, todo se hace con suma opacidad y celeridad, están arrasando nuestros bosques, robándonos nuestro oxigeno y nuestros paisajes, destruyendo ecosistemas y contaminando ríos. Y no van a parar si no los paramos, les ciega el dinero.
Conservemos los bosques por su gran valor para la humanidad y dejemos su aprovechamiento, sostenible de verdad, a los habitantes de la zona y a las generaciones futuras. Si vienen a nuestros bosques, que sea para pasearlos, no para destruirlos.

