Prohibido reírse de los hombres: podrían disgustarse y acabar con el planeta

Mientras la manosfera dicta cómo deben ser las mujeres, los datos muestran otra realidad: la igualdad sigue contando con amplio respaldo entre la juventud y la resistencia se concentra sobre todo entre hombres jóvenes conservadores. Frente al pesimismo individual del tardocapitalismo, este artículo reivindica el humor, la imaginación y la utopía como herramientas para disputar el futuro.

Foto: Pexels

En 1992, Jackie Chan se lanzó desde un edificio a un helicóptero en marcha y sobrevoló Kuala Lumpur sin arnés de seguridad porque Michelle Yeoh se había tirado al techo de un tren en marcha con una motocicleta. El actor no podía soportar que una mujer que había sido Miss Malasia fuera más valiente que él.

Cuando veo a Santiago Abascal, a Vito Quiles o al tonto ese que ganó aquel premio por una novela patética siempre me acuerdo de esta anécdota. Ojalá sintieran el mismo impulso que Chan y trataran de ganarle la partida al feminismo saltando al Super Puma (sí, así se llama el helicóptero del Gobierno español) desde el Edificio España. La fragilidad masculina es una cosa tan peligrosa como desternillante. 

El Ministerio de Igualdad del Gobierno español ha lanzado este 8 de marzo una campaña en la que se recopila, a modo de crítica, una especie de decálogo de lo que es una “Mujer de Alto Valor”. Lo cierto es que pese a que estos hombres no dejan de hablar de cómo deberíamos ser las mujeres, estas definiciones dicen más de ellos que de nosotras. 

Hace un par de meses Berta Jiménez traía a nuestro rincón terapéutico de Sororitrap Podcast Antisystem la novela “The Stepford Wives”. La novela aborda con ironía la respuesta de un grupo de vecinos ante el progresivo despertar feminista de sus esposas. Publicada en 1972, no podría ser más contemporánea.

Lo cierto es que al margen de todos nuestros intentos por volver a ese 8M de 2018 donde hasta el PP salió a la calle, la derechización de la sociedad es una realidad. Sin embargo, los datos no dicen exactamente esto. La pregunta está clara: ¿quién realmente se está derechizando?

Hombre joven conservador

Un informe del Consejo de la Juventud señala que más del 70% de las personas jóvenes en el Estado español respaldan, al menos, los principios básicos de la igualdad de género. Las posiciones claramente contrarias a la igualdad son minoritarias y el perfil que este informe define como “tradicional” representa el 17,2% de la juventud y se concentra especialmente entre HOMBRES jóvenes con ideologías conservadoras. En otras palabras, no hay un retorno generalizado a posiciones machistas sino que la igualdad sigue encontrando resistencia entre los hombres.

Por supuesto, y esto lo digo yo y no el informe: ningún grupo opresor podría alcanzar sus objetivos si no hubiera cómplices dentro del colectivo oprimido. 

Las tradwifes horneando pan, las chaquetas verdes de cazador, el clean look y la nueva espiritualidad están convirtiendo la experiencia femenina en una pesadilla beige y, lo que es peor, están adelgazando nuestros cuerpos y nuestra creatividad para imaginar otros escenarios posibles. Probablemente, más luminosos y descacharrantes.

“No estamos tan mal”

Sobre la posibilidad de crear futuros más amables con las mujeres habla Berta Comas Casas en su recientemente publicado ensayo. En “True crime: una mirada al dolor de las demás” analiza por qué el 80% de las consumidoras de podcast de crímenes reales son mujeres. Hay que leer el ensayo para entender el fenómeno completo pero, sin duda, el éxito de este formato está ligado a la tendencia cultural actual de la narrativa distópica.

Francisco Martorell en “Contra la distopía recuerda que el decadentismo y el cinismo “cotizan al alza”, mientras que “la esperanza cotiza a la baja y parece pueril”. En definitiva, los géneros violentos y catastróficos generan el sentir placentero de que “no estamos tan mal”. El principal problema de todo esto es su efecto secundario, el inmovilismo.

En esta línea, hace unos días le preguntaba al escritor Miguel Ángel Conejos si era posible escapar del tremendismo narrativo y él, como casi siempre, me daba la razón y me la quitaba al mismo tiempo. Por un lado, me concedía que, como su novela, el antifascismo también necesita leer (o ver) historias que le den ganas de seguir en la batalla. 

PERO, aseguraba que este aciago y pedregoso camino cultural que nos ha tocado vivir era necesario porque entre otras cosas nunca antes la clase obrera había accedido a los circuitos literarios. Los demonios y serpientes de quienes crecieron en barrios periféricos y se educaron en colegios públicos debían ser publicados y, sobre todo, leídos. Para variar, tenía razón. 

Sin embargo, no puedo evitar pensar si toda esa generación millennial que creció con la crisis de 2008, maduró con el COVID-19 y ahora se quiere comprar una casa mientras TikTok hace bromas sobre la III Guerra Mundial se está pasando de pesimista.

Mi propuesta ante este escenario fatal es radicalmente opuesta y vengo a demostrarla. Ante el pesimismo individual que nos ofrece el tardocapitalismo, yo apuesto por la utopía.

Un futuro más amable

En el ensayo “Soñar de otro modo”, Martorell desarrolla esta teoría y recuerda que “ni la humanidad ha progresado enormemente en los últimos siglos sólo a causa de la utopía ni lo habría hecho sin su ayuda”.

Solo un ejemplo. En 1405 Christine de Pizan imaginó una ciudad repleta de mujeres listísimas. Una hipótesis ridícula en la época dado que de siempre se ha sabido que las mujeres, temperamentales y volubles, no tenían igual acceso a la razón que los hombres. 

600 años después ya es posible decir que hay más mujeres que hombres en las universidades y que el porcentaje de aquellos que acceden con notas menores de 7 es mayor en hombres que en mujeres. Vamos despacio, pero vamos.

Apostar por la esperanza y plantear escenarios futuros más amables para todes no es una idea revolucionaria ni siquiera mínimamente original. La historia está llena de intentos utópicos que hicieron avanzar la sociedad. El 15M se quedó en agua de borrajas pero no debió de estar tan mal si ahora el fascismo se lo quiere reapropiar.

Un plan imposible

El otro día durante la gala de los Goya, la actriz y directora argentina Dolores Fonzi lanzaba una advertencia casi profética: “Ustedes que tienen tiempo no caigan en la trampa. La ultraderecha vino a destruirlo todo. Eso es así, yo vengo del futuro… Que no les pase a ustedes”. 

Como ella dice, aún podemos frenar esa dichosa derechización pero hay que organizarse bien y poner a trabajar a nuestra imaginación. 

En mi arquitectura mental hay un espacio de seguridad al que recurro cuando el presente tenebroso me aplasta el ánimo. Ahí, puedo encontrar libros de literatura juvenil, CDs de música de los noventa y series calentitas y reconfortantes como “Gilmore Girls”.

A este aparato cultural me he abandonado en los últimos días porque no hay nada más peligroso que una serie tonta de chicas. Hoy recurro a ella para cerrar este artículo. Como dice la abuela ultraconservadora de la protagonista: “A los hombres no les gustan las chicas que hacen bromas”. 

Y la verdad, teniendo en cuenta el prototipo de mujer que propone la manosfera creo que lo que más le hace rabiar es que sigamos riéndonos de su fragilidad. Riámonos, juntémonos, diseñemos planes imposibles y, entre tanto, algo habremos conseguido.

Por cierto, ¿cómo os va a los hombres buenos del pasado 8 de marzo? Empieza a ser urgente.

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