No te rías que es peor. Muchas veces, respiramos aliviadas cuando vemos a un incel en YouTube hablar de seducción o al gym bro de la Isla de la Tentaciones hablar de respeto. En un intento de autocomplacencia, nos decimos a nosotras mismas y, entre nosotras, que por suerte los hombres de izquierdas son mejores que eso.
Luego, cuando acaba “la isla” y volvemos a nuestras vidas, aparecen los Errejones, los Monederos, el tío ácrata que ha minado la autoestima de tu amiga, el conocido ese que siempre se pone pesado en el Bembé o aquel ex que te acostumbró a no pedir/esperar demasiado.
Hay un ensayo que debería ser lectura obligatoria para todos los grupos de amigas, así fue en el mío que fue pasando de mano en mano como una lectura sagrada y peligrosa. Se trata de La novia grulla en la que CJ Hauser reflexiona sobre cómo concebimos el amor las mujeres. Utilizando la metáfora de las grullas —concretamente una historia japonesa sobre una grulla que sacrifica su bienestar por amor— Hauser explora cómo, durante años, se había moldeado para encajar en las expectativas de los demás, perdiendo su propia identidad en el proceso.
En su relación, Hauser se da cuenta de que, al igual que la grulla de la historia se adaptaba a las necesidades y expectativas de su novio, reprimiendo sus propios deseos y perdiendo su autenticidad en el proceso. Con el tiempo, comprende que esta entrega incondicional no la hacía feliz ni le permitía ser verdaderamente ella misma. Al reflexionar sobre su experiencia, Hauser comprende que no se puede vivir de las migajas, de un racionamiento del amor. Todo el mundo (las mujeres) se merecen todo el amor y cariño que necesitan. Tenéis que leer el ensayo completo.
A veces, por increíble que parezca, podemos encontrar más inteligencia emocional en un Montoya descamisado, iracundo y lacrimoso corriendo por una playa que en un tío tranquilo que te habla en voz baja sobre desrromantizar los afectos cuando, en realidad, no sabe que lo que te está pidiendo es que no quiere responsabilizarse de tus cuidados. Al menos Montoya conoce un sentimiento, aunque tristemente sea la ira.
En 1988, Kurt Starke y Ulrich Clement realizaron el primer estudio comparativo de experiencias sexuales evaluadas por las propias encuestadas entre chicas estudiantes de la Alemania del Este y la del Oeste. El estudio, que tenía el nombre nada sexy de Comportamiento sexual y actitudes hacia Sexualidad entre estudiantes en la República Federal de Alemania y en la RDA, dio como resultado uno de los mejores titulares del mundo: “Los hombres comunistas follan mejor”.
En otras palabras, este estudio demostró que las mujeres del Este “disfrutaban más del sexo y declaraban un índice más elevado de orgasmos por relación que sus homólogas del Oeste”. Esto ocurría porque la juventud soviética recibía mejor educación sexual. Pero, ¿eran ellos mejores en la cama o eran ellas, las mujeres comunistas, las que sabían más sobre el placer?
¿Qué pasaría si no hubiera hombres?
Veinte años antes, en 1967, Valerie Solanas resumía en un manifiesto lo que pensaba de los hombres en general. Su manifiesto empezaba así: “Al ser la vida en esta sociedad, en el mejor de los casos, un auténtico aburrimiento, y al no ser ningún aspecto de ella relevante en absoluto para las mujeres, a aquellas con mentalidad cívica, responsables y entusiastas sólo les queda derrocar al gobierno, eliminar el sistema monetario, establecer la automatización total y destruir al sexo masculino”.
Este manifiesto era una fantasía inconfesable, por supuesto. Nadie quiere la destrucción absoluta de los hombres, pero al leer sus páginas (muchas de ellas muy cancelables, ninguna de ellas asumibles a día de hoy por la agenda transfeminista), hay cierta ventana en tu cerebro que se abre y se pregunta: ¿qué pasaría si no hubiera hombres?
Sobre esto ya habla Berta Comas Casas en el proyectito sonoro que compartimos: Sororitrap Podcast Antisystem. En el episodio que puedes escuchar aquí analiza el cómic “Y: el último hombre” en el que se plantea si sería una utopía o una distopía, un Paraíso terrenal o una pesadilla postapocalíptica la desaparición de los hombres.
¿Qué hacemos con los hombres buenos?
Este artículo no quiere abrir ningún melón al respecto de aquellos actos y comportamientos que, de una manera u otra, están recogidos en el Código Penal. Y nunca, nunca, plantearía el punitivismo como solución, incluso después de asomarse al proyecto de #Cuéntalo de Cristina Fallarás. Sin llegar a leer ninguna publicación, abrir su cuenta de Instagram ya es terrorífico: bajar y bajar y bajar en su muro resulta perturbador. Pantallazo tras pantallazo, agresión tras agresión.
Tampoco es necesario hablar de ese grupo selecto de personas que cuestiona las agresiones porque no están bajo sumario en un juzgado. Solo alguien muy alejado de esa realidad se atrevería a exigir pruebas, porque quien ha vivido de cerca una agresión sabe lo difícil que es demostrarla y, quien la ha cometido, también. Si hay un hombre a tu alrededor que defienda este discurso, desconfía.
Este artículo pretende lanzar otras preguntas: ¿Qué hacemos con los hombres que no violan ni agreden? ¿Qué hacemos con los hombres que creen hacerlo bien? ¿Qué hacemos con los hombres buenos?
La realidad es que no le deseo a nadie que Montoya sea su novio pero tampoco le deseo a nadie tener que pelear que, por ejemplo, regalar flores o abrazar en público, no es, necesariamente, perpetuar el amor romántico. Esta es una conversación que ya la hemos tenido entre nosotras, ya hemos desdibujado el amor romántico y hemos horizontalizado los afectos, ya colmamos a nuestras amigas de cariño y regalos, ya las llevamos a cenar fuera y las hacemos sentir especiales. Bien, ya no dependemos ni económica ni emocionalmente de los hombres, y ahora, ¿cuándo es el turno de que esos hombres buenos se responsabilicen de los afectos y de los cuidados?
Investigando en mi estantería para escribir este artículo, entre el ejemplar manoseado de “Ética promiscua” y otros títulos que solo he visto leer a mujeres encontré un facsímil que compré hace años y todavía no había abierto, “Manual del cortejo e instrucción de cortejantes”. Un librillo de 1839 que, al estilo de un taller de seducción de criptobros de 2024, trata de instruir a los hombres en los pasos a seguir para “conseguir” a una chica. El plot twist de esta referencia llega cuando, salvando las distancias temporales y culturales, lo que lees es mejor que lo que hizo tu ex el año pasado.
Salvo por el pequeño detalle de que, al gusto de la época, este texto infantiliza a las mujeres, sí es divertido encontrar que hay cosas de la masculinidad que no cambian y el ejemplo es este poema: “Muchachas, huid de aquel que requiebra a todas las damas sean lindas o feas. Amor tan extenso en nada se queda: no pasa del labio, al pecho no entra. Si uno de estos hombres a vosotras llega oídle como el viento que zumba en la selva. ¿Creerle? Eso nunca. Juzgar que os aprecia ni poco ni mucho sería demencia. No le deis oídos, dadle orejas, puesto que él tampoco da sino lengua”.
Los hombres que están por llegar
No puede ser más cierto que hay un pensamiento intergeneracional: las mujeres buscamos hombres que todavía no existen. Por favor, hombres buenos, tenéis que leer menos teoría política y escuchar(nos) más. Creednos, sabemos de lo que hablamos, llevamos milenios deconstruyéndonos, adaptándonos a vuestras exigencias y volviendo a ser una y otra vez, una nueva feminidad.
Valerie Solanas tenía una ligera idea sobre qué hacer con los hombres buenos o como ella los llamaba: “hombres auxiliares”. En su célebre obra explica que “las SCUM matarán a todos los hombres que no sean Hombres Auxiliares de SCUM. Éstos son los que están trabajando diligentemente para eliminarse a sí mismos, hombres que, sin importar razones, hacen el bien...”.
De verdad, nadie quiere matar a nadie ni nadie quiere que nadie se mate a sí mismo, pero por favor, matad ya esa masculinidad. Necesitamos ocuparnos de otras cosas.
Más sobre el 8M en este especial.

