“Nosotras somos semilla”: mujeres de 30 países que defienden la tierra frente al expolio global

Con motivo de la publicación de su nuevo libro “Nosotras somos semilla”, conversamos con la escritora y veterinaria aragonesa Lucía López Marco. Treinta y nueve voces de mujeres rurales de los cinco continentes construyen un mapa global de resistencias femeninas.

Editado por Prames y con presentación prevista para el jueves 12 de febrero a las 19:00 horas en el Centro de Documentación del Agua y del Medio Ambiente (CDAMAZ), en Zaragoza, el libro reúne 36 relatos elaborados a partir de entrevistas realizadas a 39 mujeres rurales, campesinas y defensoras del territorio de los cinco continentes.

A través de sus voces, López Marco construye un mapa global de resistencias femeninas frente al modelo agroindustrial, el extractivismo y el abandono del mundo rural. Mujeres que sostienen la vida desde el campo, el mar, los bosques y las comunidades rurales, y que protagonizan luchas por la soberanía alimentaria, la defensa del territorio y una relación más justa con la tierra.

Desde AraInfo, charramos con Lucía López Marco sobre el proceso de escritura, la dimensión internacional del proyecto, el papel de las mujeres rurales en la defensa del territorio y los vínculos entre lo local y lo global que atraviesan estas historias.

Nosotras somos semilla reúne testimonios de mujeres rurales de todo el mundo. ¿Cómo nace este proyecto y qué lo diferencia de otros libros sobre mundo rural o ecologismo?

El libro nace de la necesidad de visibilizar que las luchas por la tierra, la alimentación y el territorio no son locales ni aisladas, sino globales, y que quienes están en primera línea de esa defensa del territorio y de la vida son, en gran medida, mujeres. Nosotras somos semilla recoge 36 relatos construidos a partir de entrevistas a 39 mujeres de 30 países distintos, de los cinco continentes. No es un libro de análisis teórico ni de expertos hablando sobre otras personas: es un libro que nace de la escucha, después de haber entrevistado a todas estas mujeres, a las que une su amor por el territorio, aunque con realidades muy distintas. Muchas de ellas conviven con contextos muy complejos, y el objetivo ha sido que sus voces aparezcan sin filtros, desde sus propias experiencias.

El libro tiene una fuerte dimensión internacional, pero también arraigo en Aragón. ¿Por qué era importante unir estas dos escalas?

Porque no se puede entender lo que pasa en el mundo sin mirar lo que ocurre aquí, ni al revés. En el libro hay mujeres de Aragón, una por provincia, pero sus problemas dialogan directamente con los de mujeres rurales de otros puntos de Europa, América Latina, África o Asia. El expolio del territorio, la dificultad de acceso a la tierra, la imposición de macroproyectos o la despoblación no son fenómenos aislados: responden a un mismo modelo económico global. Aragón no está al margen de eso. Cuando aquí se instalan macrogranjas, parques energéticos o infraestructuras extractivas, ocurre lo mismo que en Australia, Perú o Sudáfrica: el territorio se convierte en una despensa al servicio de intereses externos.

Has entrevistado a mujeres campesinas, ganaderas, pescadoras, defensoras del territorio ¿Qué perfiles aparecen en el libro?

La diversidad era una prioridad. Quería que estuvieran representadas agricultoras, ganaderas y pescadoras, pero también defensoras del territorio, activistas ambientales, mujeres indígenas, mujeres que trabajan desde el asociacionismo rural o desde el cuidado comunitario. Hay testimonios de mujeres completamente anónimas junto a otros de mujeres con gran proyección pública, como algunas galardonadas con el Premio Goldman, el equivalente al Nobel de Medio Ambiente. También aparecen realidades habitualmente invisibilizadas en el mundo rural, como la salud mental o el colectivo LGTBI. El mundo rural no es homogéneo y el libro intenta reflejar esa complejidad.

A pesar de la diversidad geográfica, ¿hay problemas comunes que se repiten en todos los continentes?

Muchísimos. Uno de los más claros es la dificultad de acceso a la tierra para las mujeres. A nivel mundial, la tierra sigue estando mayoritariamente en manos de hombres, y cuando las mujeres son titulares suelen ser de explotaciones pequeñas. Esto se agrava si además son mujeres indígenas. También se repite la imposición de macroproyectos —mineros, energéticos, agroindustriales— sin consulta previa a las comunidades locales. El medio rural aparece sistemáticamente como un espacio sacrificable, tanto en el Norte como en el Sur global. Cambian los contextos, pero la lógica es la misma.

El libro pone el foco explícitamente en las mujeres. ¿Por qué era necesario que fueran ellas las protagonistas?

Porque la historia en general se ha contado casi siempre desde una mirada masculina, invisibilizando el papel central de las mujeres, y el medio rural no es una excepción. Durante generaciones se ha hecho creer a las mujeres que no sabían, que no tenían nada que aportar. Sin embargo, las mujeres somos las grandes guardianas del territorio y del conocimiento tradicional. La FAO señala que si las mujeres tuviéramos igual acceso a la tierra que los hombres, se reduciría significativamente el hambre en el mundo. Eso no es una opinión, son datos. Faltan referentes porque seguimos mirando hacia los mismos sitios de siempre.

Desde Europa solemos mirar estas luchas como algo lejano. ¿Qué responsabilidad tenemos como sociedad consumidora?

Una responsabilidad enorme. Me lo decía una de las mujeres que aparece en el libro, Elizabeth Mpofu, una pequeña agricultora de Zimbabue y que fue coordinadora general de La Vía Campesina. Ella me decía que en Europa no tenemos hambre, porque comemos, pero no nos preguntamos cómo se produce lo que comemos, ni quién ha pagado el precio. El libro plantea una mirada muy clara: cada decisión de consumo que tomamos tiene consecuencias en otros territorios. Cuando importamos alimentos del Sur global, muchas veces estamos quitando comida a comunidades locales, fomentando el acaparamiento de tierras y profundizando desigualdades. No es algo abstracto. Las mujeres del libro lo explican con sus propias vidas. La soberanía alimentaria no es solo producir local aquí, sino entender que nuestro modelo de consumo impacta directamente en la vida de otras personas.

¿Qué papel juegan las mujeres en la lucha contra la despoblación y en la defensa del mundo rural?

Un papel clave y muy poco reconocido. Las mujeres son quienes sostienen el tejido social en los pueblos, quienes acogen a nuevas pobladoras, quienes impulsan asociaciones, redes y espacios comunitarios. Con muy pocos recursos hacen auténticos milagros. Además, suelen aplicar prácticas agrarias más respetuosas con el territorio, vinculadas a la agroecología y a los saberes tradicionales. Sin mujeres no hay futuro rural, ni en Aragón ni en ningún lado.

Foto: PRAMES

El libro se titula Nosotras somos semilla: ¿Qué encierra esa idea?

La idea de que cada gesto cuenta. Que cada mujer que cuida la tierra, que defiende su territorio, que transmite saberes, está sembrando futuro. Pero también interpela a quien lee: nuestras decisiones cotidianas, por pequeñas que parezcan, también son semilla. Podemos sembrar vida o podemos sembrar desigualdad. El libro invita a tomar conciencia de eso. El título lo cogí de uno de los poemas que publiqué en Cuan plegue o colapso (Gara d’edizions, 2022), del poema titulado Nusotras somos simient, y que ahonda en el vínculo invisibilizado que tenemos las mujeres con el territorio.

Además, es un proyecto solidario.

Sí, los beneficios de la autoría se destinan íntegramente a proyectos de Justicia Alimentaria, una ONG que trabaja por la soberanía alimentaria con enfoque feminista. El libro no solo quiere denunciar, sino también contribuir de forma concreta a transformar el modelo alimentario y apoyar a quienes llevan años luchando en primera línea.

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