Visto en perspectiva, 15 años después, ahora mucha más gente, especialmente desde algunos medios, parece tener una visión crítica, cosa que no sucedía entonces. Ahora nadie quiso la Expo (es ironía por si no se entiende) o lo hubiera planificado mejor.
Ahora bien, desde un principio se sabía que buena parte del recinto iba directo a la escombrera y que las obras más interesantes de la Expo no estaban en el recinto, ni tan siquiera en su entorno, como la reforma del aeropuerto.
Pero, claro ¿Qué puedes hacer con un rascacielos hueco como la Torre del Agua? El último viento que llega es el de su venta o alquiler pues su mantenimiento cuesta un pico, no deja de engullir dinero y no parece que de momento haya alternativas serias para el edificio de Enrique de Teresa. Lo que sí es seguro es el presupuesto de 2,5 millones hasta 2027 para reparar la construcción, que acusa el abandono.
En junio de este año se celebró un acto de una convención y eso ha sido todo. Por no tener ni tan siquiera el nombre es original ya que hay otros edificios con ese nombre, de hecho el segundo edificio más alto de Córdoba se llama también Torre del Agua.
Pero este año por fin se inauguró el Pabellón Puente con un museo sobre algo de movilidad (pregunten a cualquier zaragozano lo que hay allí, todo un reto) a mayor gloria de Ibercaja: Mobility City.
En pocas palabras se renovó el costoso edificio, todo un reto estético de muy difícil viabilidad por lo que se fue a los 88 millones porque, entre otras cosas, hubo que batir un récord mundial de cimentación. Al final se regaló a la entidad financiera para que montara “algo de coches” como decía en la radio un ciudadano el día de su inauguración. Ese algo le costó 3,8 millones extra al erario, más aparte el mantenimiento y seguridad de 15 años en desuso.
Al final el antiguo recinto de la Expo se ha convertido en el sitio de los algo... Del algo hay que hacer.
Nos olvidamos directamente de los pabellones de España y Aragón, otros ejercicios de arquitectura tan estéticos como poco prácticos que se suman a la Torre del Agua. En estos casos los edificios permanecen cerrados a cal y canto sin destino.
Otros edificios en los que parecía que se iba a hacer algo es en los llamados cacahuetes, que albergaban pabellones internacionales. El algo, en principio vivienda, se quedó en nada pero estos edificios, de los que prácticamente solo queda techo y vigas siguen costando dinero y siguen sin un propósito claro. Por lo pronto se han consignado 20 millones en cuatro anualidades pero sin aclarar destino.
Las buenas noticias: por fin, según las cuentas de Expo Empresarial, el recinto empieza a ser rentable, con un beneficio declarado a cierre de cuentas de 2022 de 8.8 millones.
Las malas: que estos beneficios no incluyen amortización y superan de largo las previsiones de inversión en obras y reformas.
Ese es, básicamente, el gran problema de la post Expo: que no ha dejado de invertir dinero y solo ahora empieza a ser viable económicamente la empresa pública Expo Zaragoza Empresarial que no el recinto en sí.
Bueno, viable con la Administración haciéndose trampas a sí misma, dado que buena parte de las empresas que han recalado en el recinto de Ranillas son instituciones y empresas públicas. Eso y los nada desdeñables 67,4 millones de deuda a largo plazo más toda la deuda que acumulan Ayuntamiento de Zaragoza y DGA que tardará al menos una década en amortizarse.
Fácil es ser crítico ahora. Presumir de que se podría haber hecho mejor, sobre todo por parte de los que no dijeron nada en su momento.
De hecho desde el punto de vista institucional de la Expo se habla poco, menos aún ahora con el gobierno del PP que prefiere cargar la cuenta negativa al PSOE, y el recinto se hace presente en eventos como el Vive Latino mientras el resto del tiempo es básicamente un no lugar. Un espacio empresarial e institucional sin mucha vida que se recupera poco a poco y que probablemente espera al 20 aniversario (todos los planes económicos apuntan hacia allí) para pegar un empujón definitivo. Que 20 años no son nada.

