Mira arriba o libertad

Acaba de estrenarse 'No mires arriba' y, sorprendentemente, está gustando a la mayoría. ¿Su secreto? Permite defender lo uno y lo contrario, es decir, sirve a todo el mundo para afirmarse en sus convicciones

Foto: Netflix

Su director, Adam McKay (Filadelfia 1968) siempre se ha desenvuelto bien en el mundo de la sátira. Entre sus muchas películas como director, firmó en 2015 'La gran apuesta', una crítica feroz al sistema económico vigente, capaz de permitir estupideces como las hipotecas basura, con el único fin de enriquecer a unos pocos aunque todo se hunda después. En 2018 estrenó 'El vicio del poder', una crítica a la política internacional de EEUU que espolvorea la tragedia por el mundo, con el único fin de hacer ricos a unos pocos, los mismos de la primera película. Y usa como vehículo a Dick Cheney para narrar cómo la mediocridad puede llegar a dominar el mundo con un bastante de ambición (aunque haya que destruir, robar y matar). Y este es el modelo que el sistema nos incita a copiar, el objetivo de toda persona “emprendedora”.

Como sus películas no consiguieron su objetivo, que era concienciar a la sociedad de que los dirigentes mundiales nos estaban llevando a la destrucción por su codicia, ha decidido contarlo desde otro punto de vista: la tragicomedia de una catástrofe.

'No mires arriba' es una tragedia, como cualquier hecatombe mundial (una pandemia, el cambio climático o... un asteroide asesino de planetas), pero tratado con mucho humor, ya que la estupidez humana es cómica vista desde fuera. Pero es difícil sonreír porque todas las idioteces que aparecen están ocurriendo en la vida real, participamos en ellas. “La realidad es tan absurda y macabra que ha dejado de hacer gracia. La realidad ha cambiado tanto y se ha vuelto tan surrealista, que los géneros convencionales ya no sirven”, ha dicho el autor. Pero tranquilidad, no acabemos agobiados porque el futuro, por próximo que sea, es ficción.

Dos científicos descubren que un asteroide gigante está en órbita de colisión con la Tierra (curiosamente, en enero, un satélite del tamaño de España pasará a 50 veces la distancia de la Luna; volverá en 80 años). Realmente lo descubre una doctoranda, pero es el profesor titular, Randall Mindy (Leonardo Di Caprio) -hombre-, quien adquiere el protagonismo. Acaba de empezar la película y ya nos da un bofetón de realidad.

Y aquí empieza el circo de vanidades. Primero acuden al gobierno a informar, pero la presidenta está muy ocupada... con una fiesta. La primera aparición de Jean Orlean (Meryl Streep) es la encarnación de Ayuso pero, para otros, de Pedro Sánchez. Lo que decía en el primer párrafo. Pero esta vez, el director nos da la razón, ya que su pensamiento estaba en los Bolsonaro, Erdogan o Trump del mundo.

Pero después la presidenta cambia de opinión, ya que su popularidad baja tras un escándalo y una representación de patriotismo rancio la puede disparar a ganar las próximas elecciones. Y lo consigue. El paroxismo llega al extremo cuando la presidenta anuncia la hecatombe próxima y el envío de una misión para salvar a la humanidad en medio de un escenario de fuegos artificiales que permite alejar la percepción de la realidad. Y aún mejora cuando la operación para salvar a la humanidad es abortada pues el hiperrico emprendedor (pongan aquí los dos o tres nombres que están pensando) y financiador de la presidenta le presenta un plan para rentabilizar económicamente el asteroide, gracias a su tecnología futurista.

Y así se van desentrañando todas las adicciones que hacen de la humanidad un producto con fecha de caducidad:

  • El caciquismo de la presidenta, que sólo ve disfrute personal y expectativa de voto, con gusto por el lujo del que no explícita si es regalado
  • El asesor colocado continuamente de endiosamiento y drogas
  • El superhéroe americano que nos salvará de todo mal, en sus dos versiones: la militarizada y la empresarial
  • El jefe militar corrupto (podría ser cualquier funcionario de alto grado)
  • Los indiferentes, ni afirmacionistas ni negacionistas, una legión
  • Los medios de comunicación-espectáculo que le dedican más tiempo al romance de dos jóvenes músicos que a la destrucción de la Tierra (es imposible no pensar en Griso y otros)
  • El pobre seducido por el lujo y la fama, como buen cuento de Navidad (y lotería, si se me permite)
  • La ciencia que soluciona todos los problemas del hombre
  • Los servicios secretos mercenarios y sin escrúpulos
  • El ciudadano que, mientras viva bien hoy, se aferra a creer lo que le permita seguir viviendo así, aunque sea negando la evidencia
  • Y el empresario ejemplar que financia políticos que le favorecen hasta llegar al monopolio

Sin olvidar el control de toda la información de nuestra personalidad (consumo, ideología, vicios...) que controlan unas pocas empresas. Y las noticias falsas o fabricadas, que recorren la película de principio a fin. Esconder la noticia por seguridad nacional, negarla, contraponer informes de “cientificos buenos” o justificar inacción gubernativa porque va a crear empleo (sale en la película, no me lo invento), establecer la disyuntiva entre mirarribistas (los que miran arriba y creen que el asteroide existe y chocará con la tierra) y mirabajistas (los que no), a pesar de que los científicos lo confirman (claro que todos estos han sido despedidos y silenciados).

Los protagonistas afirmacionistas, al ver que los medios de comunicación tradicionales se alinean en el servilismo al poder, deciden entrar en el juego del sistema de “likes”. Participan en conciertos y eventos mediáticos como un espectáculo más. Su fama aumenta, pero el inmovilismo social sigue siendo predominante. La frustración se nos apodera, pero no mucho: sigue siendo ficción.

La película es una crítica feroz a esa derecha ultra machista y xenófoba, pero también a la izquierda acomodada. Para McKay “el problema es que en Estados Unidos la izquierda ha dejado de existir. Lo que entendemos por izquierda, el Partido Demócrata, es la derecha en cualquier parte del mundo. Lo que ha pasado es que la política es desde hace tiempo asunto de las grandes corporaciones”. Y estas no piensan en el bienestar social, sino sólo en ganar más dinero y guardarlo a buen recaudo de los fiscos mundiales (para eso tienen los paraísos fiscales).

Pero McKay también representa la esperanza, en el personaje del doctor Oglethorpe, jefe de la Oficina de Coordinación de Defensa Planetaria (no se rían, que existe de verdad). Un funcionario preocupado por el bienestar de su país que, con mucha templanza y constancia, es el más firme apoyo de los científicos. Obviamente, como en la vida real, no es reconocido ni poderoso. Algo querrá decir que esté interpretado por Rob Morgan, actor de color. ¿Estará en África y su modo de vida poco consumista, la salvación de la humanidad? ¿Estará en la igualdad, en el reparto de la riqueza?

Y esa esperanza sólo puede venir de la juventud, la que va a heredar el planeta y la que debe exigirnos que lo cuidemos. La rebeldía de la joven doctoranda Kate Dibiansky (Jennifer Lawrence), de origen inmigrante para más inri, es la que se enfrenta a una sociedad narcotizada por el hoy-ismo.

Aunque, quizás, el papel menos vistoso sea el más importante. June Mindy (Melanie Lynskey), más allá de la esposa dolida, es la misma expresión del futuro posible: el cariño como seña de identidad del ser humano (frente al egoísmo característico del capitalismo) y una vida tranquila basada en las cosas pausadas, en la estabilidad, no en la aventura continua y el crecimiento como meta. Volver a un pasado desde el que poder construir un futuro posible.

No debemos obviar que el director se ha fijado en el modo de vida, historia y personalidades norteamericanas. Él mismo reconoce desconocer el caso español. Sin embargo, todos los personajes tienen acomodo en un nombre propio patrio. Es sintomático. La globalización económica es inseparable de la globalización cultural capitalista.

La película de más éxito a finales de 2021 no se ve en los cines, sino en plataforma de pago. Si alguien ha ganado con la pandemia, además de los fabricantes de gel hidroalcohólico y las grandes empresas farmacéuticas, han sido ellas. Una especie de Don Quijote, caballero andante cuyas cuitas acaban en fracaso como sátira a aquellos libros de caballerias, en este caso al predominante cine norteamericano de héroes que salvan a la humanidad en todos los casos posibles de hecatombe, y que permite que puedas seguir en casa viendo la retransmisión en directo de la catástrofe con unas palomitas y toda la tranquilidad del mundo.

Así que el final es sorprendente. La humanidad tiene las herramientas para salvarse pero los yonkys del dinero, como dijo Benavent, sólo ven la oportunidad de ganar más dinero. Son dos fuerzas enfrentadas ¿Quién vencerá? ¿Será el cambio climático el epitafio de la humanidad? ¿Tendremos libertad para decidir si la humanidad desaparece mientras tomamos una caña bien fresca en una terraza (paradigma actual del bienestar)? Película muy recomendable.

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