Milano–Cortina 2026 marca la tercera ocasión en que Italia organiza unos Juegos Olímpicos de Invierno. Cortina d’Ampezzo, en el corazón de los Dolomitas del Véneto, ya fue sede olímpica en 1956. Setenta años después, el territorio vuelve a ser epicentro deportivo internacional, aunque bajo un contexto climático y político muy distinto. Hoy la nieve es más escasa, el clima más inestable y la contestación social más organizada.
El relato oficial convive con una realidad más compleja. El Comité Olímpico Internacional presenta los XXV Juegos Olímpicos de Invierno como modelo de sostenibilidad, pero las competiciones —ocho deportes y 16 disciplinas— se reparten, del 6 al 22 de febrero, en una superficie de 22.000 metros cuadrados distribuidos en siete sedes: Milán, Cortina d'Ampezzo, Bormio, Anterselva, Livigno, Tesero/Predazzo y Verona.
Cada sede cuenta con su propia Villa Olímpica para albergar a 2.871 deportistas —más de 3.500 personas en total si se suman delegaciones técnicas y personal deportivo—. Un despliegue logístico que tradicionalmente implica sobrecostes, presión presupuestaria e incumplimiento de los derechos laborales. Las dos sedes principales, Milán y Cortina, están separadas por más de 400 kilómetros, lo que ha incrementado la complejidad organizativa y el gasto en nuevas obras muy cuestionadas.
Especialmente polémica ha sido la construcción de la nueva pista de bobsleigh en Cortina, rescatada in extremis tras descartarse inicialmente por su elevado impacto ambiental y económico. El cambio de criterio disparó las críticas de organizaciones ecologistas y de parte de la población local, que denuncian un modelo de desarrollo pensado más para el evento que para las necesidades reales del territorio.
Los costes tampoco han dejado de crecer. Informes y filtraciones apuntan a desviaciones presupuestarias millonarias, mientras el Gobierno italiano ha recurrido a procedimientos de urgencia y excepciones administrativas que han debilitado los controles públicos. A ello se suman las denuncias sindicales por subcontrataciones en cadena, ritmos extenuantes y falta de medidas de seguridad. En 2024, la muerte de varios trabajadores vinculados a infraestructuras olímpicas reabrió el debate sobre las condiciones laborales.
El calentamiento global es otro actor central de estos Juegos. Las dificultades para garantizar nieve suficiente en varias sedes han obligado a recurrir de forma masiva a nieve artificial, con el consiguiente consumo de agua y energía. Para numerosas plataformas ecologistas, Milano–Cortina simboliza la contradicción de impulsar grandes eventos invernales en plena emergencia climática, cuando los Alpes pierden nieve a un ritmo acelerado.
Historias humanas más allá del espectáculo
Frente a este panorama, los Juegos siguen siendo también un espacio de historias personales y colectivas. Deportistas que llegan tras años de precariedad, lesiones o abandono institucional; comunidades pequeñas que ven en el evento una oportunidad —aunque sea temporal— de visibilidad; y disciplinas minoritarias que apenas sobreviven fuera del foco olímpico.
Entre ellas, destacan las trayectorias de atletas que compaginan entrenamientos con trabajos precarios, o que dependen de campañas de micromecenazgo para poder competir al máximo nivel. Historias que chocan con la imagen de lujo y patrocinio que rodea al olimpismo oficial.
Apertura con abucheos y represión
El impacto ambiental de las infraestructuras, la nieve artificial y la priorización del espectáculo frente a las necesidades sociales fueron las principales denuncias desde el primer día de los Juegos. También se puso el foco en la presencia en territorio italiano de agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de Estados Unidos, la “Gestapo de Donald Trump”. La cobertura mediática dominante ha minimizado estas críticas, centrando la narrativa en resultados deportivos.
La ceremonia inaugural del viernes 6 de febrero evidenció esa tensión. Mientras la primera ministra Giorgia Meloni recibía a líderes internacionales, el vicepresidente estadounidense J. D. Vance fue recibido con protestas desde las gradas del estadio de San Siro. Fuera del recinto, cientos de personas se manifestaban contra el modelo olímpico. Al día siguiente, las movilizaciones de colectivos ecologistas y plataformas solidarias con Palestina derivaron en cargas policiales, uso de gases lacrimógenos, cañones de agua y personas detenidas.
Cuando apareció JD Vance en las pantallas de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno hubo un abucheo masivo.
Todo el mundo odia lo que está haciendo el gobierno de Trump. pic.twitter.com/MAAgWAgxTU— Julián Macías Tovar (@JulianMaciasT) February 6, 2026
ICE, Trump y el conflicto exportado
La presencia en Italia de agentes del ICE para proteger a la delegación estadounidense sigue generando una fuerte polémica. El alcalde de Milán, Giuseppe Sala, afirmó que ese cuerpo “no es bienvenido” en la ciudad, evidenciando una fractura institucional en torno a la gestión de la seguridad olímpica.
El debate escaló cuando el esquiador estadounidense Hunter Hess reconoció que es “difícil” representar a su país en estos Juegos y subrayó que portar la bandera no significa respaldar todo lo que ocurre en Estados Unidos. No fue el único atleta que alzó la voz. Su compañero Chris Lillis se mostró “desconsolado” por las operaciones migratorias de la Administración Trump y defendió que el país debería respetar los derechos de todas las personas. Maddie Mastro, snowboardista de la misma nacionalidad, señaló que “es muy duro lo que está pasando en casa” y “no podemos ignorarlo”.
La respuesta de Donald Trump no tardó en llegar. Desde su plataforma Truth Social calificó a Hess de “auténtico perdedor”, en la misma línea de confrontación que ha venido desplegando contra figuras públicas que cuestionan su agenda política. El cruce de declaraciones trasladó el enfrentamiento interno estadounidense al escenario olímpico. La neutralidad proclamada por el olimpismo volvió a quedar en entredicho.
Israel, genocidio en Palestina y el doble rasero olímpico
Esa tensión entre deporte y geopolítica no se limita al caso estadounidense. En los Juegos de Milano-Cortina compiten 92 comités olímpicos, incluido Israel, mientras Rusia y Bielorrusia continúan vetadas por el COI a raíz de la guerra con Ucrania. La inclusión de la delegación del estado sionista, como ya ocurrió en los Juegos Olímpicos de París 2024, ha sido señalada como ejemplo de doble rasero en la aplicación de sanciones deportivas según intereses geopolíticos.
Durante la ceremonia inaugural, la delegación israelí fue recibida con una sonora protesta desde las gradas. El contraste entre el discurso oficial de neutralidad olímpica y el contexto internacional volvió a hacerse visible en un estadio.
El estadio entero abuchea al equipo de Israel en la presentación de los Juegos Olimpicos de invierno.
Israel no debe participar en ninguna competición deportiva hasta que desmantele su estado estado terrorista. pic.twitter.com/SAvzVR6tok
— Noa Gresiva (@NoaGresiva) February 7, 2026
Tal y como recuerda la periodista Olga Rodríguez, desde la declaración de “alto el fuego” del 10 de octubre de 2025 hasta el 9 de febrero de 2026, el Ejército israelí ha matado a 581 personas en Gaza, al menos un centenar de ellas menores de edad. Además, Israel mantiene el control militar de más del 50% del territorio gazatí —elevado al 56% tras nuevas ocupaciones— en el marco del plan impulsado por Donald Trump que divide la Franja mediante la llamada “línea amarilla”, una frontera no señalizada sobre el terreno que ha dejado a cientos de miles de personas desplazadas sin saber siquiera si la cruzan.
Rodríguez subraya que alrededor de 1,3 millones de personas sobreviven hoy en campamentos improvisados, muchas en tiendas que se inundan o en estructuras dañadas, mientras la infraestructura sanitaria está devastada y la ayuda humanitaria sufre fuertes restricciones. Desde diciembre, al menos 39 personas han muerto por hipotermia o derrumbes, más de la mitad menores, y la ONU proyecta que más de 100.000 niños y niñas pequeñas necesitarán tratamiento por desnutrición aguda antes de octubre de 2026. Cuatro meses después del anunciado “alto el fuego”, el genocidio en Palestina continúa.
El espejo del Pirineo: lo que Aragón ya debatió

Pero más allá de la coyuntura internacional, Milano–Cortina 2026 interpela directamente a Aragón. Cuando se impulsó la candidatura conjunta a los Juegos de Invierno 2030 entre Aragón y Catalunya, el Pirineo vivió un debate que iba mucho más allá del deporte. La plataforma #StopJJOO —documentada ampliamente por AraInfo— articuló una oposición que cuestionó el modelo de desarrollo basado en macroeventos, ampliación de estaciones y dependencia estructural de la nieve artificial.
En Aragón se plantearon preguntas que hoy resuenan en los Alpes: ¿Tiene sentido impulsar grandes infraestructuras de nieve en plena emergencia climática? ¿A quién benefician realmente estos eventos: a la población local o a grandes operadores turísticos e inmobiliarios? ¿Qué ocurre cuando el territorio se convierte en escenario de dos semanas de espectáculo global?
El movimiento aragonés señaló que los Juegos no eran solo una cita deportiva, sino un proyecto político y económico que reconfiguraba el territorio. Se habló de turistificación, presión sobre el agua, precariedad laboral estacional y subordinación de la planificación pública a intereses privados.
La candidatura 2030 terminó descarrilando en medio de disputas políticas entre gobiernos y una creciente contestación social. No fue solo un fracaso institucional; fue también el resultado de un cuestionamiento ciudadano profundo. Hoy, mientras en Cortina se multiplican las protestas bajo lemas como “No olimpiadi del cemento” o “Salviamo le Dolomiti”, el paralelismo es evidente. El conflicto no es italiano. Es estructural.
Durante 17 días, 2.871 deportistas compiten por el oro. Las medallas brillan. Las retransmisiones celebran. Pero bajo la nieve, el debate persiste. Milano–Cortina 2026 no es solo deporte. Es territorio, clima y disputa geopolítica. Y también un recordatorio para el Pirineo aragonés de que el modelo olímpico, lejos de ser consenso, sigue siendo muy criticado.




