La transición: un maravilloso cuento de hadas

Cincuenta años más allá de cualquier fecha, me doy de bruces con un cuento fantástico, de esos en que, como cualquier relato que se precie, aparece una nota en pequeño: “Basado en hechos reales”. Es tan seductor el relato, que no puedo despegar mis ojos de sus páginas hasta la última palabra. Pues, señor, señor, hubo un país que salió de la más cruel dictadura, con cientos de miles de asesinados a lo largo de cuarenta años, con una policía política que seguía matando al amparo de unos jueces que seguían juzgando con el brazo en alto. Llegó un momento …

Exhumación cuento
Javier Ruiz, arqueólogo. Foto: Pablo Ibáñez

Cincuenta años más allá de cualquier fecha, me doy de bruces con un cuento fantástico, de esos en que, como cualquier relato que se precie, aparece una nota en pequeño: “Basado en hechos reales”. Es tan seductor el relato, que no puedo despegar mis ojos de sus páginas hasta la última palabra.

Pues, señor, señor, hubo un país que salió de la más cruel dictadura, con cientos de miles de asesinados a lo largo de cuarenta años, con una policía política que seguía matando al amparo de unos jueces que seguían juzgando con el brazo en alto.

Llegó un momento en que una parte de esos asesinos, aquellos que habían comprado en los saldos un disfraz de cordero, asediados por las manifestaciones de los ciudadanos que pedían libertades y, pese al goteo continuado de muertos en aquellas, se puso de acuerdo con aprendices de Pinocho, algunos llevaban puesto el antifaz de demócrata. Acordaron, entonces, barnizar el país con una pátina resistente a los años, un barniz que diera el pego, incluso a gran parte de esas personas que exigían libertad y justicia. La iglesia, esa que había bendecido los crímenes bajo palio, glosó la gran idea.

Y, a eso, comenzaron a llamarlo Transición.

Y convinieron en olvidar a los cientos de miles de asesinados en cunetas, acordando que los policías torturadores y asesinos, los jueces que asentían, blanqueando a los asesinos, los gobernantes que regulaban el tinglado, los hombres y mujeres importantes, ideólogos de ese fascismo anacrónico, fueran promocionados en sus carreras: ascendiendo a los policías, premiando a los jueces comparsas, pasando el testigo del Poder a los mismos personajes con distintas siglas y regalando jugosos negocios oscuros a los mismos ricos de entonces.

Y, a eso, lo llamaron Amnistía.

Y, para que el nuevo cobertizo se mantuviera, permitieron que los partidos entraran en el negocio, partidos pringados y partidos aseados. Los pringados, terminaron de ensuciarse. Unos, los que vestían traje de cordero con patitas de alimaña, al amparo de dineros persas y arábigos; otros, los que se dijeron socialistas, al rebufo de dólares americanos, alemanes o venezolanos. El resto, los de izquierda, los que batallaban por un horizonte de utopía, los demócratas repletos de presos, torturados, exiliados, asesinados durante la larga noche de la dictadura, aceptaron a regañadientes, confundidos con el señuelo de algunas zanahorias.

Y, a eso, lo llamaron ya, sin cortarse, Transición democrática.

Y, entre casi todos, consintieron a otro sátrapa, heredero del anterior, al que llamaron rey; aceptaron una Constitución muy bonita con tantas mentiras prácticas como páginas tenía; consintiendo una ley electoral cicatera y falsa llamada d´Hont. Y los líderes de los dos partidos, disfrazados de demócratas —las izquierdas cayeron en la trampa—, se dispusieron al reparto del nuevo chiringuito —hoy por ti, mañana, por mí— frotándose las manos alegremente.

Y, a eso, lo llamamos democracia.

Durante mucho tiempo, más de cuarenta años, las expectativas de aquellos tramposos que querían cambiar algo para que no cambiara nada, se cumplieron.

Y los policías asesinos de entonces, se murieron en la cama con más medallas; y los jueces de entonces, con la manos teñidas de sangre inocente, murieron en su cama con más prebendas; y los aprendices de dictador de entonces, parieron aprendices del mismo oficio antes de morirse en su cama, con más medallas y prebendas; y los ricos que alzaban el brazo al estilo fascista de entonces, fueron más, mucho más ricos, heredando sus alevines los imperios económicos.

Y el sátrapa, aquel al que llamaron rey, multiplicó sus genes a la manera bíblica, convirtiéndose, además, en ladrón y sus parientes en ladroncillos. Hasta se revolvió en el fango del golpe de estado, ¡otro más! Y los corruptos, abundantes ya antes del tiempo llamado Transición, se volvieron tan numerosos que la sola relación de sus nombres duraba años, y sus corruptelas sumaban cientos de miles de millones.

Y la iglesia, la misma que bendijo a los fascistas, la misma que robó a manos llenas en la dictadura, la misma que predicaba amor, pero vendía odio, atesoró más bienes terrenales amparada por el cinismo y la hipocresía de siempre, siguió vendiendo parcelas de un paraíso inexistente mientras robaba y robaba hasta convertirse en el mayor multimillonario del país.

Y, a eso, lo llamaron…, creo que no se atrevieron a llamarlo de ninguna manera.

Y las gentes normales se convirtieron en pobres, los pobres en míseros y muchos en alienados, tanto, que una buena parte de ellos votaban, en el colmo de las incongruencias, a los mismos que mentían y robaban, creyéndose las historias del patriota envuelto en banderas y los dineros en paraísos. Y los demócratas, los que siguen teniendo en su horizonte, todavía, la utopía, esperando que la mayoría recobre la razón y la verdad.

Y los periodistas, una buena parte de ellos, callaron sobre el rey, callaron sobre la iglesia, callaron sobre muchas corruptelas y mentían, y desinformaban al amparo del dinero, lanzando cuantas cortinas de humo fueran necesarias para seguir con el cobertizo de siempre.

Y, a eso, se le llamó objetividad y libertad de prensa.

Y, muchos de los prohombres, de los insignes hombres y mujeres con nombre en el país, de los hombres y mujeres que movían los hilos de los títeres que contaban la historia, de los patriarcas con cruces y cinismo a mansalva, de los que hacían de la política una carrera, de los miles y miles de corruptos, de los que movían a su antojo las informaciones, siguieron ensalzando, sin el menor apuro —sus rostros de cemento armado aguantaban toneladas de mentiras— aquello que habían llamado Transición.

De repente, embelesado como estaba con la lectura, me encontré con la palabra. Con una palabra que paralizó mi éxtasis lector y, quizá, el del resto de lectores: “Continuará”.

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