La narrativa occidental sostiene que la relación entre Israel y Palestina es muy compleja, si bien es fácil de entender: Israel existe para defender los intereses coloniales de las potencias occidentales en Oriente Próximo.
Nunca se ha descritola cuestión palestinacomo lo que realmente es: una relación de colonización, ocupación y limpieza étnica que justifica (ética, política y jurídicamente) la defensa de la causa palestina como respuesta a la montaña de crímenes que sostiene dicha relación.
El relato occidental sustituyó, desde finales de los años ochenta, “cuestión palestina”por “conflicto israelí-palestino”para describir la relación entre Israel y Palestina. Más tarde, en el colmo de esa manipulación, la expresión “conflicto árabe-israelí”comenzó a presentar a Israel como víctima amenazada para borrarel nombrePalestina del diccionario. El término conflictoes una etiqueta impuesta desde Occidente por el discurso orientalista para engañar e invisibilizar:
(1) los roles participantes (colonizadores, ocupantes y aliados, versus ocupados-colonizados)
(2) los derechos del pueblo palestino (pueblo ocupado y colonizado que tiene, según la legislación internacional, todo el derecho a defenderse) y la negación de dicho derecho a la potencia ocupante y colonizadora
(3) que la verdadera solución no puede ser una negociación entre ambas partes con EEUU como agente neutral, pues en una relación ocupante-ocupado no puede haber solución mediada. Esta falsedad oculta la verdadera solución: primero parar el genocidio que Israel comete con la enorme ayuda de los países occidentales que actúan a las órdenes de EEUU y, segundo, descolonizar Palestina
El eufemismo conflicto comenzó a usarse en el contexto de los Acuerdos de Oslo (1993) que crearon a la Autoridad Palestina como peculiar contraparte a la que se encomienda garantizar la seguridad del estado de Israel a cambio de nada. El plan ocultaba el verdadero objetivo perseguido por Israel desde 1948: el apartheid, la limpieza étnica y el genocidio del pueblo palestino.
EEUU no es un mediador legítimo sino parte interesada en la ocupación: sus intereses en la zona le convierten en genocida
Israel defiende los intereses geopolíticos de EEUU. Por eso el gobierno de Biden-Harris, en la línea de todos sus antecesores, “sigue ofreciendo un apoyo incondicional a Israel independientemente de sus últimos actos sangrientos en la franja de Gaza y Cisjordania”.
Hace años, en un extraño ejercicio de sinceridad, Biden llegó a afirmar que “si no existiera Israel, Estados Unidos tendría que inventar uno para proteger sus intereses en la región”.
No hay una “guerra” sino un genocidio
Las investigaciones de historiadores israelíes como IlanPappé han demostrado que el Estado sionista de Israel fue fundado sobre la expulsión y masacre de la población nativa palestina, lo que constituye una limpieza étnica y no una guerra entre dos contendientes.
El ejército israelí es uno de los más poderosos del mundo. La asimetría de fuerzas con la resistencia palestina es abismal. En la definición de guerra entendida como conflicto armado internacional, el Derecho Internacional Humanitario declara que deben participar dos o más ejércitos enfrentados y no un ejército ocupante contra una resistencia armada.
El proyecto de estado judío implicó el genocidio desde su origen. Como señala la relatora de la ONU Francesca Albanese, el genocidio es inherente a todo proyecto colonial de asentamiento. Sea en la “conquista del desierto” argentina o con la invasión del Lejano Oeste en Norteamérica, el genocidio comienza a pergeñarse la primera vez que se pronuncia la expresión “una tierra sin pueblo”.
En el caso que nos ocupa, tanto la Corte Internacional de Justicia (CIJ) como la ONU señalan que se está cometiendo un genocidio en Palestina, esa curiosa “tierra vacía” de gente que no para de ser masacrada.
No es cierto, pues, que el genocidio perpetrado hoy por Israel sea consecuencia de la acción que la resistencia palestina llevó a cabo hace un año. Al bloqueo impuesto por Israel en 2007 y el asedio por tierra, mar y aire se han sumado los bombardeos y consiguientes masacres de 2008-2009 (1.400 palestinos asesinados en 23 días), 2012 (170 palestinos asesinados en 8 días), 2014 (2.100 palestinos asesinados en 50 días), 2015-16 y 2021 (260 palestinos asesinados en 11 días).
El genocidio en curso ha roto todas las escalas del horror y la destrucción. Desde octubre de 2023, Israel lleva lanzadas sobre el gueto de Gaza más de 70.000 toneladas de bombas, superando la suma de los bombardeos de Londres, Dresde, Hiroshima y Nagasaki durante la II Guerra Mundial.
La masacre del pueblo palestino añade a la violencia física una clara intención de borrar su historia, cultura y futuro. La magnitud de la destrucción se refleja en terminología: urbicidio (la franja de Gaza reducida a 42 millones de toneladas de escombros), epistemicidio (asesinato, borrado y aniquilación de todo el conocimiento palestino), escolasticidio (lista de académicos asesinados por las FOI)…
… Y ecocidio (destrucción absoluta del ecosistema): una ecología de guerra que se basa en destruir la infraestructura física y los entornos biológicos y sociales.
El genocidio abarca toda una constelación de destrucción de hospitales (25 hospitales bombardeados y 986 sanitarios asesinados), escuelas (334 escuelas y 496 profesores), universidades (todas bombardeadas), así como ataques a la prensa (unos 200 periodistas) y ONGs (más de 200 empleados de NNUU).
El reciente informe del Relator Especial de NNUU sobre el derecho a la alimentación denuncia el uso del hambre por Israel como táctica genocida. El deterioro de las condiciones de salubridad ha hecho que enfermedades erradicadas hace 25 años, como la poliomielitis, vuelvan a acechar a los habitantes de la franja de Gaza y agraven la masacre producida por las bombas.
Los habitantes de los asentamientos ilegales no son “civiles” sino colonos
El artículo 49 de la IV Convención de Ginebra (1949) sobre la protección debida a las personas civiles en tiempo de guerra establece que “la potencia ocupante no podrá efectuar la evacuación o el traslado de una parte de la propia población civil al territorio por ella ocupado”.
Eso significa que tanto las expulsiones como los asentamientos son ilegales, como ha seguido recordando el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas desde 1967 hasta hoy. Entre otras: R242 (1967), R252 (1968), R267 (1969), R338 (1973), R446 (1979), R452 (1979), R465 (1980), R476 (1980), R478 (1980), R607 y R608 (1988), R636 y R641 (1989), R904 (1994), R1397, R1402 y R1435 (2002), R1515 (2003), R1544 (2004), R1850 (2008), R2334(2016)...
El mayor de todos ellos es el formado por los “barrios judíos” de Jerusalén. En el resto del territorio ocupado, la mayoría de los colonos ha formado grupos paramilitares armados por su gobierno y protegidos por las FOI.
En los últimos 11 meses, soldados y colonos han asesinado a más de 700 personas en Cisjordania y desplazado forzosamente a 5.000. Más de 1.200 propiedades palestinas han sido demolidas. El gobierno de la ocupación ha aprobado 83 planes con más de 15.000 viviendas para colonos en Cisjordania y Jerusalén.
Un número creciente de colonos “importados” a los terrenos ocupados y a las casas robadas es condición necesaria para que el estado sionista siga “limpiando” Palestina de palestinos y se apropie de todo el territorio tras 57 años violando todas las normas del derecho internacional.
Nada de eso sería posible sin la complicidad de las empresas que se lucran contribuyendo al avance de la ocupación, el robo de tierras, la segregación y la expulsión. En 2020, la oficina de DDHH de la ONU publicó una lista de más de 100 compañías que operan en los asentamientos de Cisjordania y Jerusalén Oriental. Ni las colonias son sostenibles sin esas inversiones ni la ocupación israelí puede existir sin las colonias.
Es una simple cuestión de números: individuos, ingresos, costes, beneficios, toneladas de bombas, de escombros, de cadáveres…
Ni legalmente ni de facto, la figura de un colono no ha sido nunca la de un “civil” ni lo será jamás. Un colono es por definición “ciudadano de un estado-ladrón”, siempre de un estado segregador y a menudo de un estado genocida. En el caso de la ocupación de Palestina, el colono tiene licencia para matar y es invitado a participar en primera línea de un proyecto sostenido por la perpetración de crímenes de guerra y lesa humanidad.
El año 2024 ha batido todos los récords en miles de hectáreas robadas: desde el 7 de octubre de 2023, los colonos israelíes han ocupado 3.570 m² de tierras palestinas por hora.
Más información del genocidio en Palestina en este especial.

