El personal de pistas se afana en recoger las toneladas de basura que acumula la actividad esquiadora tras una temporada irregular, de altas temperaturas que han batido récords en pleno enero y con unas precipitaciones que llegaron tarde y que permitieron unos 60-80 días de esquí más o menos normales. Bastantes menos en las estaciones turolenses.
Por si alguien aún lo ignora, la ingente inversión pública en la industria del esquí permite a gente con una economía saneada (no nos engañemos, el esquí sigue siendo un deporte para élites) disfrutar, con suerte, de dos a dos meses y medio de practicar este deporte en pistas.
Para los más aguerridos practicantes del fuera de pistas la temporada es más amplia, pero hablamos de la minoría dentro de la minoría y de una práctica que no afecta al paisaje ni necesita infraestructuras especiales.
Con el buen tiempo se reparan carreteras, se desmontan las instalaciones temporales, parte de la hostelería cierra hasta el verano y el ganado (el poco que queda) sube a los pastos frescos.
También parece que, cuando acaba la temporada de esquí, las instituciones sacan del cajón nuevas ideas en las que derrochar dinero.
Como la unión de estaciones no parece tener ya mucho predicamento y es muy impopular (el propio presidente Azcón en una entrevista en la Cadena SER afirmó haberla guardado de momento en un cajón) hay que mover el asunto y se lanza una nueva idea: más inversión en innivación artificial, 77,8 millones de euros nada menos.
Esto no quiere decir que la unión de estaciones y el daño a la Canal Roya no siga presente. Simplemente se amaga un poco el asunto y se tira por nuevas vías en un ejercicio de realismo que pone los pelos de punta.
Hablo de realismo porque el plan admite una realidad palpable: el cambio climático está aquí, cada vez nieva menos y las pistas no son viables sin fabricar nieve.
La solución pasa porque siga haciendo frío y, paradojas de la industria, no demasiada humedad para que la nieve cultivada aguante lo más posible. Todo ello a base de un gasto sobre el que se pasa de puntillas de agua y energía y sin nombrar los eventuales aditivos retardantes.
Para ello se tira, una vez más, de 61 millones de fondos autonómicos y casi 13 del Fondo de Inversiones de Teruel (FITE), esos fondos que parecen servir para cualquier cosa menos para combatir los problemas reales de las comarcas del sur.
Las estaciones de esquí aportarán una mínima parte de la inversión, siguiendo una dinámica larga veces repetida, como es que la industria esquiadora se sostenga sobre fondos públicos.
El caso de las estaciones turolenses es especialmente llamativo en una provincia que pasa por serios problemas de escasez de agua y con las mismas zonas donde se ubican las estaciones, Gúdar-Javalambre y Valdelinares, padeciendo sequías estacionales que amenazan incluso la misma existencia de sus masas arbóreas.
En el caso del Pirineo es más de lo mismo: se anuncian planes integrales pero se insiste en el mismo modelo de turismo y se ignora que, los datos lo indican, la zona más beneficiada por alojamientos y actividad turística es el entorno del Parque de Ordesa, donde, precisamente, no hay esquí.
Los presupuestos ya están lanzados. Aramón y sus voceros los jalean. El negocio del ladrillo, verdadero ganador de estos gastos del erario, se frota las manos.
Las gentes de Aragón, una vez más, seremos espectadoras del gasto, mientras esperamos que vuelva a llover esta primavera.

